01/10/2025
DOS MÁS DOS, CASI SIEMPRE DA CUATRO
(Reflexión sobre el as*****to de las tres chicas en Florencio Varela)
Es difícil escribir sobre el terrible final de estas tres chicas en Florencio Varela. Tortura, violación, mutilación y, finalmente, un as*****to brutal.
Por un lado, me siento obligado a escribir lo que me hace pensar, a partir de lo que por los medios se sabe. Porque la muerte de estas tres chicas nos interpela como sociedad. Tenemos la necesidad de decir algo, de dar una palabra ante semejante salvajada, propia de la capacidad única del ser humano y ausente del mayor depredador de entre los animales, cuyas acciones se dirigen a garantizar su supervivencia...
Por otro lado, toda palabra se siente impropia, falsa, fuera de lugar. Ni la palabra que con razón afirma que no se merecían esas chicas semejante fin, y que corresponde ahora que la Justicia juzgue y dicte sentencia, ni aquella otra palabra, degradación, que es en la que aquí me quiero instalar, y que reflexiona acerca de los componentes culturales que gravitan alrededor de este hecho.
Décadas de degradación, marginación, exaltación de la marginalidad, corrupción política, banalidad, superficialidad, tener en vez de ser, arrogancia, desparpajo, desinversión en educación, dificultades en el acceso a la salud y más aún si se trata de salud de calidad, entornos barriales abandonados, sucios, violencia, machismo, dr**as, utilización de esas personas degradadas por parte de los políticos a través del clientelismo, un constante incentivo a consumir bienes y servicios, aun sin tener los medios para hacerlo, obligados a usar las marcas truchas de las ferias marginales. Falta de una espiritualidad verdadera en la sociedad toda.
No ha habido cultura del trabajo, porque esas personas se quedaron sin trabajo.
No ha habido una actitud hacia el cultivo de sí mismos, porque el acceso a la educación ha sido insuficiente, salteado de días, flojo en contenidos. Y sin una educación adecuada de la persona y sus familias, más difícil se hizo el acceso al mercado de trabajo.
Y sin trabajo y sin los recursos necesarios para vivir que este otorga, cuando el salario es digno, esas personas se fueron agrupando en entornos barriales irregulares: desde el punto de vista de la ley, pero también desde la planificación urbana. Y así están sin cloacas, sin calles adecuadas, sin iluminación pública que brinde seguridad, con dificultades de acceso al transporte público por la degradación del barrio, y de este modo también a la escuela, al hospital, a las instituciones de la sociedad.
Se generaron estos guetos degradados, marginados, aun cuando pudieran estar casi en el centro de la ciudad, como la antes llamada Villa 31.
Y en estos enclaves marginales de sobrevivencia, se creó una subcultura, también marginal, degradada. No podría ser de otro modo. Acaso una subcultura que recoge lo más negativo de la cultura de la polis: machismo (no solo en hombres, también en mujeres), violencia, resentimiento, consumo de dr**as como sedante y como coraje, narcomenudeo, exaltación de los instintos básicos, delincuencia oportunista y como profesión, resignación.
Pero, por otro lado, gran parte de la sociedad que está integrada y puede disfrutar de los bienes y servicios que circulan se ha dedicado a exaltar la cultura marginal, violenta, básica, animal. Se la baila y canta en los boliches. Se la escucha a todo volumen en los autos, en las fiestas. Ritmos básicos y repetitivos, letras que exaltan la violencia, el robo, el machismo, la cosificación de la mujer, la droga, la arrogancia, el egoísmo.
Y así es como vivían estas tres chicas en el barrio en el que se encontraban. Así es como se engancharon en un pantano de disvalores, del cual no eran conscientes de estar y del cual, por lo menos en la etapa de la vida en la que se encontraban, no pensaban salir.
Disfrutaban de esa historia de marginalidad y degradación, de la cual de tan jóvenes que eran todavía no se habían chocado con el daño que se estaban provocando a sí mismas al vivir de esa manera.
Y en esa fantasía en la que se creían que eran las dueñas del mundo, se engancharon con el narco, e incluso pensaron que podían engañarlo y aprovecharse de él.
Y el golpe con la realidad de que no eran más que pibas a las que usaban no pudo ser más fuerte. Y más terrible y cruel. Violación, tortura y muerte, de un modo en que uno creería que no es propio de los seres humanos, imagen y semejanza de su Creador.
Considero que ha sido todo una debacle, escalón tras escalón, hacia el fango más bajo de lo humano, en donde las sustancias psicoactivas suman la alteración del funcionamiento de la corteza prefrontal del cerebro, y así el potencial de la mente termina siendo utilizado para cometer actos atroces.
Y ya basta.
La vida y la muerte de estas chicas, y todo lo que las rodea, nos interrogan con firmeza en nuestra misma cara como sociedad.
Nos preguntan si vamos a seguir así.
Sin el Creador como fundamento de lo humano y del universo.
Construyendo, entonces, desde nuestros antojos y pareceres, modos de vida que poco tienen que ver con hacerse bien a uno mismo y a los demás.
Con el dinero como meta para alcanzar en la vida, y así conseguir autoestima y valía.
Con la fama en las redes publicando perspectivas superficiales y banales para ser importantes y ganar dinero.
Con el consumo y el gastar como modos de sentirse alguien, de pertenecer, de tener valor, de realizarse en la vida.
Con el invento de autopercibirse a partir de lo que surja de una historia desajustada, pretendiendo que el resto del mundo nos dé la razón.
Con el placer irrestricto como norte, sin frenos, sin un proyecto de vida que responda a las expectativas que el Creador ha puesto en cada uno de nosotros y como sociedad, y que nos llama a abrirnos hacia adelante, hacia el horizonte infinito de lo eterno (y ser como un instrumento musical que debe afinarse para sí mismo y para ensamblar con la orquesta a fin de lograr un objetivo común).
Estamos viviendo de este modo, y los resultados, lógicos, aunque nos espanten y horroricen, no pareciera que nos hicieran volver de nuestro desquicio.
Y el resultado de dos más es cuatro.
.. Casi siempre dos más dos da cuatro...
Casi... porque el Creador, que sorprendió en Jesucristo, el Crucificado y Resucitado, sigue sorprendiendo y dándonos oportunidades de cambiar, tanto como personas y como sociedad, de lo que pareciera ser un determinismo fatal.
¿Cuál será nuestra respuesta a su llamado?