28/12/2025
Que en estas fechas las mujeres vivamos más agobiadas, cansadas y estresadas no es casualidad. Es consecuencia directa de la desigualdad.
Yo crecí en una familia así. En una familia donde siempre veía a las mujeres levantarse una y otra vez de la mesa para cocinar, servir, limpiar y organizar, mientras los hombres permanecían sentados. Desde muy chica se me metió en la cabeza que ese era mi rol: servir. Y si yo no lo hacía, o si quería sentarme un rato a descansar y disfrutar, parecía que estaba haciendo algo mal.
Pero yo no lo veía justo. Nunca me cerró. No entendía por qué todas las mujeres estaban de pie, ocupadas, agotadas, y los hombres siempre sentados, tomando algo, riendo a carcajadas, jugando, mirando la televisión, disfrutando. Esa escena se repetía una y otra vez como si fuera natural, como si no hubiera otra forma posible.
Y eso no empezaba el día de Navidad. Empezaba mucho antes. Las fiestas se organizaban sobre el cuerpo y el tiempo de las mujeres. Desde días o semanas previas, ellas se ocupaban de todo: pensar el menú, hacer las compras, elegir los regalos, envolverlos, decorar la casa, coordinar horarios, resolver detalles, anticiparse a cualquier cosa que pudiera salir mal. Un trabajo invisible, mental y emocional, que nadie suele ver ni valorar.
Y cuando llegaba el día, además de cocinar y servir, también se ocupaban de registrar el momento. Sacar fotos, organizar a todos, capturar recuerdos. Por eso después vemos álbumes llenos de imágenes de padres jugando con sus hijos, de abuelos disfrutando, riendo, relajados. Y casi no vemos a las madres ni a las abuelas. No porque no estuvieran, sino porque estaban en la cocina, o arreglando algo, o resolviendo algún problema, o simplemente demasiado cansadas para sentarse a disfrutar.
Muchas de las mujeres que sostenían todo eso además trabajaban fuera de casa. Tenían un empleo, una jornada laboral, responsabilidades. Y aun así, en estas fechas, cargaban también con todo el trabajo doméstico y de cuidados, como si no fuera trabajo, como si no agotara, como si no tuviera consecuencias.
El cansancio, el mal humor, los estallidos, muchas discusiones familiares nacían ahí. No de mujeres exageradas, ni conflictivas, ni malagradecidas, sino de mujeres desbordadas, sobrecargadas, invisibilizadas.
Que no, que ni a tu madre, ni a tu suegra, ni a tu hermana, ni a tu mujer les gusta levantarse cien veces de la mesa.
Que no, que no elegimos dedicar horas a cocinar, limpiar, ordenar y organizar en lugar de descansar y disfrutar.
Que no, que no es un argumento válido pensar que “a ella le gusta” para no hacerte cargo de tu parte.
Que no, que no es tradición. Es desigualdad.
Todo lo que sucede fuera de la Navidad ocurre también dentro de ella. Y muchas veces, de forma aún más acentuada.
Mujeres al servicio de otros mientras los otros disfrutan. Mujeres cansadas, agobiadas, sosteniendo todo. Mujeres violentadas de maneras sutiles y no tan sutiles, normalizadas bajo la excusa de las fiestas y la familia.
Es muy fácil decir “si no quieren hacerlo, que no lo hagan”. Mucho más difícil es animarse a decir “no lo hacemos porque no nos da la gana”, romper el mandato y sostener ese límite, incluso cuando incomoda.