22/02/2026
Es realmente triste que todavía, en pleno 2026, el envejecimiento femenino siga siendo tratado como un escándalo.
Cuando una mujer crece, cambia su cuerpo, cambia su rostro, cambia su energía, inmediatamente aparecen comentarios sobre si está “irreconocible”, si “el tiempo pasó”, si “ya debería retirarse”. Como si la juventud fuera un requisito obligatorio para existir públicamente. Como si la belleza fuera el único valor posible.
Y no. No lo es.
A los hombres no les hacen eso. A un artista que envejece lo llaman leyenda. A un empresario con canas lo llaman referente. A un actor mayor lo llaman interesante, maduro, sólido. Nadie les sugiere que se retiren porque ya no lucen como a los 25.
¿Por qué con las mujeres sí?
¿Por qué se asume que cuando una mujer pierde juventud pierde relevancia? ¿Desde cuándo el talento, la trayectoria, la inteligencia, la experiencia y la capacidad de reinventarse dependen de la firmeza de la piel?
Ahí es donde se ve lo estructural. La mujer históricamente fue valorada por su apariencia. Cuando esa apariencia cambia, pareciera que cambia su valor. Y eso es profundamente injusto.
Además, es una trampa cruel. Si una mujer interviene su cuerpo para sostener una imagen juvenil, la critican por “no aceptar su edad”. Si no hace nada, la critican por “descuidada”. Siempre está mal. Siempre hay algo que señalar.
Pero envejecer no es un error. Es un privilegio. Significa haber vivido. Haber atravesado etapas. Haber acumulado experiencia, criterio, profundidad.
Yo hace nada era una chica de 20. Hoy soy una mujer con una hija adolescente. Tengo otro cuerpo, sí. Otra energía, sí. Pero también tengo más claridad, más seguridad, más inteligencia emocional, más mirada crítica. ¿Por qué eso no se celebra con la misma fuerza con la que se lamenta una arruga?
No tenemos fecha de vencimiento.
No somos productos de góndola que se descartan cuando cambia el envase.
Una mujer puede envejecer y seguir siendo talentosa, deseable, creativa, poderosa y vigente. El problema no es el paso del tiempo. El problema es la mirada que insiste en reducirnos a algo que inevitablemente va a cambiar.
Quizás ya sea momento de dejar de preguntarnos si una mujer debería retirarse por su edad… y empezar a preguntarnos por qué todavía medimos su valor de esa manera.