26/01/2026
Podemos pasar años sin darnos cuenta de que muchas de nuestras elecciones no nacen del presente, sino de una herida antigua que sigue pidiendo ser vista. La ausencia de un padre no solo se vive como un vacío, también se convierte en una forma de mirar el amor, el esfuerzo, el valor propio y la seguridad.
Cuando ese reconocimiento no llegó, aprendimos a buscarnos afuera. En el aplauso, en la pareja, en el trabajo, en la exigencia. No porque seamos ambiciosas o intensas, sino porque una parte nuestra todavía pregunta si ahora sí es suficiente.
Este carrusel no habla de culpa. Habla de comprensión. De entender que lo que hoy duele en vínculos adultos muchas veces tiene raíces infantiles. Que no elegimos desde la lógica, sino desde lo que fue familiar. Desde lo que el cuerpo aprendió como amor, aunque haya dolido.
Sanar no es borrar al padre ni negar lo que fue. Es dejar de repetir su ausencia en nuestras relaciones. Es dejar de confundir tensión con pasión, control con cuidado, esfuerzo con amor.
Sanar es empezar a darnos lo que faltó. Mirarnos con ternura. Reconocernos sin tener que demostrar nada. Elegir distinto sin traicionar a nadie, sobre todo sin traicionarnos a nosotras.
Si este texto te resonó, no es casualidad. Tal vez tu historia esté pidiendo ser entendida, no juzgada. Y ese ya es el primer paso para dejar de vivir desde la herida y empezar a vivir desde la elección.