02/02/2026
Aprendiendo a vivir con los años
Hugo Rizzo
Hubo un momento de mi vida en el que entendí que el amor no era lo que me habían contado.
No era solo mirarse a los ojos, ni prometer eternidades en voz alta.
El amor verdadero empezó a revelarse cuando aprendí que también es sostenerse las manos, y que si uno cae, el otro no juzga ni se aparta: se queda y ayuda a levantarse.
Con los años uno descubre que todo cambia.
El cuerpo, las fuerzas, el ritmo.
Llegará un día —porque llega— en que los pasos serán más lentos y el entusiasmo no tendrá la misma energía. Los hijos habrán hecho su propia vida, y aquello que antes llenaba la casa de ruido y movimiento ya no estará. Entonces, cuando el mundo deje de empujar, solo quedarán dos personas frente a frente.
Pero llegar a esa vejez compartida, a esa complicidad silenciosa, no es casualidad ni premio.
Es construcción.
Es una obra que empieza mucho antes, en lo cotidiano, en los días comunes, en las discusiones mal resueltas, en los silencios, en la decisión —a veces incómoda— de seguir eligiendo al otro incluso cuando no es fácil hacerlo.
Porque amar también es caminar juntos cuando el mundo corre,
y quedarse cuando todo se vacía.
Con el tiempo entendí que el amor que vale la pena no acelera ni exige, no arrastra ni empuja.
Acompaña.
Y que la vida, con todas sus versiones y sus múltiples comienzos, se camina mejor cuando no se la enfrenta solo, sino tomados de la mano,
caminando juntos,
junto a la Vida.
Hugo Rizzo
Caminando junto a la Vida