24/03/2026
Hoy, a 50 años del golpe, necesito compartir algo muy íntimo.
Durante 45 años viví con una sensación que no sabía explicar…
una incomodidad silenciosa, constante…
como si no terminara de pertenecer a mi propia historia.
Había algo en mí que buscaba.
Algo que no cerraba.
Y en lo más profundo, una pregunta que dolía:
¿y si soy hija de desaparecidos?
Ese sentir me acompañó durante años… en silencio.
Hasta que un día gracias a la formación en Constelaciones Familiares, me animé a mirar de frente eso que tanto miedo me daba.
Recuerdo ese momento con una claridad que todavía me estremece:
el cuerpo temblando, el corazón latiendo fuerte…
y al mismo tiempo, una valentía desconocida para mí.
Decidí ir sola.
Necesitaba hacerlo así.
Pero la vida… tenía otro plan.
Cuando llegué a la estación de Retiro, ella estaba ahí.
Mi hermana de la vida.
Esperándome.
Fue una sorpresa… pero también una certeza.
Como si todo mi cuerpo dijera:
“gracias Dios… que estás acá para sostenerme”.
Sin preguntas. Sin palabras.
Solo su presencia… sosteniéndome en un momento que me atravesaba por completo.
En CONADI encontré una humanidad difícil de explicar.
Una contención que abraza el alma.
Personas que sostienen historias que pesan… pero que también acompañan con un amor inmenso.
Me hicieron el ADN.
Esperé. Sentí. Temblé.
El resultado fue otro.
No era hija de desaparecidos.
Pero algo dentro mío ya había cambiado para siempre.
Porque entendí que no se trata solo de la sangre…
hay memorias que viven en el alma.
Hay dolores que se sienten propios, aunque no sepamos de dónde vienen.
Y una parte de mí… siempre va a estar ahí.
Con ellos.
Con su historia.
Con su ausencia.
Con su memoria.
Nunca más. 🤍