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CUANDO EL LLANTO FUE LA ÚLTIMA ORACIÓNLa Biblia cuenta un momento muy profundo en la vida del rey Ezequías.Un momento qu...
26/03/2026

CUANDO EL LLANTO FUE LA ÚLTIMA ORACIÓN

La Biblia cuenta un momento muy profundo en la vida del rey Ezequías.

Un momento que muchos también han vivido:
cuando el cuerpo se debilita,
cuando la muerte parece cercana,
cuando los días se sienten contados.

En aquellos días Ezequías enfermó de muerte.
Y vino a él el profeta Isaías… y le dijo:
Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás.”
(Isaías 38:1)

Qué mensaje tan fuerte.
No venía de un médico.
No venía de la gente.
Lo decía Dios mismo.

Era una sentencia definitiva:
Prepárate. Tu tiempo en la tierra termina.

Cualquiera se habría derrumbado.
Cualquiera habría dicho: “Ya no hay nada qué hacer.”

Pero Ezequías hizo algo que cambia destinos:

“Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared, e hizo oración a Jehová…”
(Isaías 38:2)

Se dio la vuelta.
Dejó de mirar al mensajero.
Dejó de mirar el diagnóstico.
Dejó de mirar la cama, el dolor, la situación.

Puso sus ojos en Dios.

No gritó delante de la gente.
No llamó a los soldados.
No ordenó oro, médicos ni ejércitos.

Solo oró.

Y oró desde el corazón.
Desde la verdad.
Desde la memoria de su caminar con Dios.

“Oh Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón.”

No estaba negociando.
No estaba discutiendo.
No estaba exigiendo.

Solamente estaba abriendo el alma.
Reconociendo su dependencia.
Mostrando que lo único eterno que tenía era Dios.

Y dice la Escritura algo que toca el alma:

Y lloró Ezequías con gran lloro.” (Isaías 38:3)

No era un llanto de derrota.
Era un llanto de entrega.
Era un llanto de hijo delante del Padre.

Y cuando un hijo llora delante de Dios con sinceridad…
el cielo no queda callado.

Porque Dios no es indiferente.
Dios no es frío.
Dios no es lejano.

Mientras el hombre lloraba en silencio,
Dios estaba escuchando.

Y entonces, antes de que Isaías siquiera saliera del palacio,
vino palabra de Jehová:

“Ve y di a Ezequías: He oído tu oración, y visto tus lágrimas.”
(Isaías 38:5)

Dios no dijo: "He oído tus palabras."
Dijo: “He visto tus lágrimas.”

Las lágrimas hablan.
Las lágrimas son oración sin voz.
Las lágrimas son el alma derramándose delante de Dios.

Dios las vio… y se conmovió.

Y declaró:
“He aquí que yo añado a tus días quince años.”

Cuando el hombre dijo: “Es el final”,
Dios dijo: “Voy a empezar algo nuevo.”

Cuando la muerte parecía segura,
Dios dijo: “Aún no.”

Cuando la historia parecía cerrada,
Dios escribió otro capítulo.

La oración cambió un destino.
La oración movió el cielo.
La oración abrió una puerta donde no había ninguna.

Si tú estás cansado… ora.
Si tú estás enfermo… ora.
Si tú estás asustado… ora.
Si sientes que algo está por terminar… ora.

Pero ora como Ezequías:
No con apariencia.
No con palabras bonitas.
No con religiosidad.

Ora con verdad.
Ora con el alma.
Ora con lágrimas si es necesario.

Porque Dios sigue siendo el mismo.
El Dios que escuchó a Ezequías…
te escucha a ti también.

Él ve tu corazón.
Él ve tus batallas.
Él ve tus lágrimas.

Y Él dice hoy:

“He oído tu oración.”

No todo está perdido.
No todo ha terminado.
Dios puede darle años a lo que ya parecía acabado.

Cuando el hombre dice: “No se puede”,
Dios responde: “Yo haré”.

Amén.
Datos: Escribiendo Con Fe

Dejó sus sueños a los 23 para que su bisabuelo no muriera solo. En 1974, Dan Jury entró a un hogar de ancianos y encontr...
23/03/2026

Dejó sus sueños a los 23 para que su bisabuelo no muriera solo. En 1974, Dan Jury entró a un hogar de ancianos y encontró a su bisabuelo, Frank Tugend, reducido a un número más, en silencio, olvidado por el mundo pese a haber sobrevivido guerras, pobreza y la Gran Depresión, y en ese instante tomó una decisión que pocos se atreverían: sacarlo de allí y cuidarlo él mismo, sin experiencia, sin guía, solo con paciencia; mientras otros perseguían carreras, él aprendió desde cero a alimentarlo, bañarlo, vestirlo y, sobre todo, devolverle dignidad, acompañándolo incluso en los días en que la confusión lo hacía sentirse una carga, a lo que Dan siempre respondía que en realidad estaba aprendiendo lo más importante de la vida. Durante esos años capturó momentos reales del envejecimiento que luego se convirtieron en el libro Gramp, una obra que no solo vendió miles de copias sino que ayudó a cambiar la forma en que muchas personas entendían el cuidado de los adultos mayores, impulsando una visión más humana donde el final de la vida no tiene que ser en soledad; en 1977, Frank no murió en un hospital ni rodeado de desconocidos, murió en casa, en brazos de su bisnieto, y Dan entendió algo que pocos descubren a tiempo: cuidar no es perder el tiempo… es darle sentido.

Creditos: Conocimientum

A veces un padre se equivoca, se cansa, se queda corto y hasta siente que no lo está haciendo bien… pero hay algo que lo...
20/03/2026

A veces un padre se equivoca, se cansa, se queda corto y hasta siente que no lo está haciendo bien… pero hay algo que los hijos jamás olvidan: el amor.

No te castigues tanto por tus errores. Corrige, aprende, abraza, pide perdón si hace falta y sigue presente.

Porque al final, tus hijos no recordarán cada caída… recordarán cuánto los amaste. ❤️

El romance de David y Betsabé Fue una historia que empezó con deseo… y terminó marcada por lágrimas.David no era un jove...
02/03/2026

El romance de David y Betsabé

Fue una historia que empezó con deseo… y terminó marcada por lágrimas.

David no era un joven pastor cualquiera. Era rey. Guerrero. Poeta. El hombre que había vencido gigantes y escrito salmos que aún estremecen el alma. Pero una tarde, cuando los reyes debían estar en la batalla, él se quedó en Jerusalén.

Desde la azotea del palacio la vio.

Betsabé se bañaba. No era una escena preparada para seducir; era una mujer en la intimidad de su hogar. Pero la mirada del rey se detuvo… y no quiso apartarse.

Preguntó quién era.

—Es Betsabé, hija de Eliam, esposa de Urías el hitita.

Esposa.

Ahí debió terminar todo. Pero no terminó. David la mandó a llamar. El poder hizo lo que el corazón no debió permitir. Se encontraron. El deseo ganó terreno sobre la conciencia.

Y luego vino el mensaje que cambió el rumbo:

—Estoy embarazada.

El miedo sustituyó al placer. David intentó cubrir su pecado trayendo a Urías de la guerra para que estuviera con su esposa. Pero Urías, hombre leal, se negó a disfrutar del descanso mientras sus compañeros combatían.

Entonces David cruzó una línea aún más oscura. Ordenó que Urías fuera puesto al frente de la batalla… y abandonado.

Urías murió.

Y David tomó a Betsabé como esposa.

Parecía que todo había quedado en silencio. Pero el cielo no guarda silencio ante la injusticia. El profeta Natán enfrentó al rey con una parábola que lo desnudó por dentro. David entendió. Se quebró. Lloró. Escribió palabras que aún hoy son un clamor de arrepentimiento: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio…”

El hijo nacido de aquella unión enfermó y murió. Dolor profundo. Consecuencia real.

Pero la historia no terminó ahí.

Con el tiempo, Betsabé volvió a concebir. Y de esa unión nació Salomón. Sí, el mismo que sería conocido como el rey más sabio de Israel.

Esta no es una historia romántica en el sentido dulce. Es una historia humana. Frágil. Real. Habla de poder mal usado, de culpa, de arrepentimiento sincero… y de un Dios que no aprueba el pecado, pero sí responde al corazón humillado.

No es un cuento de hadas.

Es una advertencia… y también una esperanza.

23/02/2026

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01/02/2026
Lo Que Siembras…Cosechas—Mamá, necesito que me ayudes.—Lo siento, hija… pero no te debo nada.Esas palabras quedaron flot...
31/01/2026

Lo Que Siembras…Cosechas
—Mamá, necesito que me ayudes.
—Lo siento, hija… pero no te debo nada.

Esas palabras quedaron flotando como un eco incómodo. Del otro lado del teléfono, el silencio se volvió espeso.

—¿Cómo que no me debes nada? ¡Eres mi mamá!

Ella respiró hondo y miró por la ventana. Las hojas secas caían lentamente, como recordatorio de que todo cambia… incluso lo que parece eterno.

—Estás vendiendo la casa. ¡La casa que construiste con papá! Toda tu vida está ahí, y ni siquiera me avisaste.

Se sentó en el sillón que había sido de su esposo, ese donde él leía cada tarde. Aunque ya no estaba, su ausencia pesaba como una presencia constante.

—¿Y por qué tendría que consultarte? —respondió con voz serena—. Es mi casa. Fue de tu papá y mía. Ahora… es solo mía.

—¡Pero es nuestra herencia! ¡El futuro de mi hija y el mío! ¿Y la vas a vender solo para irte a un departamento?

Bajó la mirada hacia la foto en la pared. Su esposo le sonreía desde ahí, como cuando empezaron a levantar esa casa con sus propias manos.

—Mi niña… me estoy ahogando aquí. Esta casa me queda demasiado grande. Me pesa la soledad.

—¡Pues vente con nosotros! ¡Ya te lo hemos dicho!

Sí, se lo habían dicho… pero también había escuchado:
“El espacio ya no alcanza”,
“El carro no da para más”,
“La niña necesita su propio cuarto”…

—No, ya tomé una decisión. Voy a vender la casa y mudarme cerca del centro…

—¿Y el resto del dinero? —interrumpió la hija.

Ahí fue cuando algo se rompió. ¿De verdad eso era lo que le importaba?

—¿Por qué te interesa?

—¡No te hagas! —explotó—. ¡Mi esposo necesita un carro nuevo! Íbamos a pedir un préstamo, pero si tú vendes la casa…

—Ah… ya entiendo —dijo, levantando la cabeza con una calma firme—. Quieres que use ese dinero para resolverles la vida.

—¡Podrías ayudarnos! ¡No necesitas tanto! Nosotros tenemos una familia, un hijo, gastos…

Cada palabra dolía como una piedra lanzada al pecho.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, algo se iluminó dentro de ella.

—Tienes razón —dijo con claridad—. Estoy sola. Y por eso, es hora de pensar en mí. He vivido más de cuarenta años para los demás: para tu papá, para ti… y ya fue suficiente. Ahora quiero vivir para mí.

—¿Qué estás diciendo?

—Que voy a vender la casa. Y sí, voy a usar ese dinero. Siempre quise viajar. Tu papá y yo lo soñamos, pero nunca pudimos. Ahora es mi momento.

Se escuchó un golpe seco. Tal vez la hija golpeó la mesa…
Después, el silencio.

Moraleja:
Una madre no deja de amar por poner límites.
A veces, amarse a una misma es el acto más valiente… y también el más necesario.

Viví con el durante 19 años. Mi perro, mi amigo, mi fiel compañero de vida.Era viejo, le dolía el cuerpo, la artritis le...
01/01/2026

Viví con el durante 19 años. Mi perro, mi amigo, mi fiel compañero de vida.
Era viejo, le dolía el cuerpo, la artritis le dificultó caminar. Pero él todavía estaba allí... Conmigo.
El agua fue lo único que le alivió. Así que lo llevaba al lago todos los días. Me quedaba allí con él, inmóvil, solo para que pudiera dormir en paz, sin dolor.
No pude curarlo, pero todavía podía darle esto: mi cercanía, mi gentileza y mi amor hasta el final.
Porque cuando amas de verdad, te quedas, incluso en el silencio, incluso en el dolor...
-autor desconocido-

21/12/2025
21/12/2025

Pasamos por momento de gran vulnerabilidad, pero al mismo tiempo, Dios nos da una fortaleza espiritual impresionante.
Esa imagen de la mariposa es muy poderosa: nos recuerda que el proceso de cambio y crecimiento a men**o ocurre en la oscuridad y el aislamiento del capullo, pero el resultado final es la libertad del vuelo. Es totalmente válido sentir que las fuerzas se agotan; reconocerlo no es debilidad, es el primer paso para permitir que esa "gracia" divina tome el relevo.
Valora las "pequeñas dosis de cariño". Hay una belleza enorme en eso. Cuando el panorama general se siente pesado, centrarse en el presente (un suspiro, una mirada, un abrazo) es lo que realmente nos mantiene a flote. Esas son las "estaciones de combustible" para el alma.
La resiliencia y la fe
* Dios: "mis sentidos te los entrego", estás practicando un acto de confianza radical. Soltar el control suele ser lo más difícil, pero también lo que más paz trae.
* El perdón: Decidir "olvidar las heridas" no significa que no dolieron, sino que eliges no cargar con ese peso para poder caminar más ligero hacia adelante.
La actitud de "adelante, siempre adelante" es mirar lo invisible, es inspirador, motivador y se siente en el aire que se respira.
Conclusión: A veces, ser valiente no es rugir como un león, sino ser como esa mariposa que, a pesar de su fragilidad, permanece aleteando hacia la luz.

Una tarde, un padre llegó sin previo aviso a la casa de su hijo. Tocó la puerta, como lo había hecho miles de veces ante...
18/12/2025

Una tarde, un padre llegó sin previo aviso a la casa de su hijo.
Tocó la puerta, como lo había hecho miles de veces antes, pero esta vez con una bolsita en la mano. Adentro, había unas empanadas aún tibias, de esas que solía hacerle a su hijo cuando era niño.
—Hola, hijo —dijo con una sonrisa suave.
—Hola, papá… pasa —respondió el hijo, mientras sostenía el teléfono en la oreja y tecleaba con rapidez en su laptop.
El padre entró, miró la sala ordenada, los papeles sobre la mesa, la taza medio vacía de café. Se sentó con cuidado, sin molestar.
El hijo seguía hablando, apurado, estresado.
—Sí, claro, mándame eso antes de las cinco. No, todavía no termino el informe. Tengo tres reuniones más… sí, ya sé…
Pasaron diez, quince, veinte minutos.
El padre seguía ahí, en silencio, mirando por la ventana.
Cuando por fin colgó, el hijo dijo:
—Perdón, papá. Estoy hasta el cuello de cosas. ¿Te pasó algo?
El padre negó con la cabeza.
—No, nada grave. Solo… pensé que podíamos almorzar juntos. Como antes.
—Hoy imposible. En serio, tengo muchísimo por hacer —dijo el hijo, mientras miraba su agenda.
Hubo un silencio. Largo. Tranquilo. Duro.
Entonces el padre miró a su hijo y, con voz serena, dijo:
—¿Sabes qué es lo más duro del tiempo?
Que no hace ruido cuando se va.
El hijo lo miró en silencio.
—Yo también tuve días como los tuyos.
Mil pendientes, estrés, llamadas, trabajo...
—Yo también vivía como tú. Siempre apurado. Siempre diciendo “después”.
Decía que lo hacía por ustedes. Y sí… les di una casa bonita, comida en la mesa, ropa limpia. Pero...
Hizo una pausa.
—No estuve cuando aprendiste a andar en bicicleta.
Tu madre me lo contó. No estuve la primera vez que fuiste al teatro del colegio. Tampoco el día que te enfermaste y pedías por mí.
El hijo bajó la mirada. Se quedó quieto.
—Tu madre me esperaba con la cena caliente… y yo llegaba cuando ya la había guardado.
Tú me decías “¿jugamos un ratito?” y yo respondía “mañana, hijo, hoy no puedo”.
Mañana… mañana… mañana.
Volvió a hacer silencio. Pero esta vez, con los ojos húmedos.
—Y un día… la mesa ya no estuvo puesta.
Tu madre ya no cocinaba.
Tú ya no jugabas.
Y yo me di cuenta de que había trabajado toda la vida…
para darles una vida que me perdí.
El hijo apretó los labios. Sentía ese n**o en la garganta que uno no sabe si tragar o dejar salir.
No vengo a quitarte el tiempo…
Solo a recordarte que no se puede vivir aplazando lo importante.
Porque llega un momento… en que lo importante ya no está.
Y con una sonrisa suave, añadió:
—Hoy, hijo, tú eres yo.
Solo espero que no termines olvidando lo mismo que yo olvidé.
Entonces el padre se acercó, puso la bolsa sobre la mesa y dijo:
—Aquí te dejo las empanadas. Aún están tibias.
Si puedes… caliéntalas después. Pero si tienes un rato, hijo, me encantaría comerlas contigo. Como antes.
El hijo cerró la laptop. Miró a su padre. Y no bajó la mirada.
La sostuvo… como quien intenta detener el tiempo, aunque sea un segundo más.
—Quédate, papá —dijo con la voz entrecortada.
—Hoy… sí quiero almorzar contigo.
A veces creemos que dar tiempo es perderlo. Hasta que nos damos cuenta de que lo más valioso que podemos regalarle a alguien es nuestra presencia.
El trabajo puede esperar. Un almuerzo con papá… no siempre.
Haz espacio hoy. Porque el tiempo no espera.
Ni avisa cuando será la última vez.

De la red…

No sé quién lo escribió, pero me fascinó…Cada minuto, alguien deja este mundo atrás.Y aunque no lo notemos, todos estamo...
17/12/2025

No sé quién lo escribió, pero me fascinó…

Cada minuto, alguien deja este mundo atrás.

Y aunque no lo notemos, todos estamos en una fila invisible.

Una fila donde:

No sabemos cuántos están delante.

No podemos retroceder.

No podemos salirnos.

No podemos evitar avanzar.

La vida es esa fila.

Y mientras esperamos nuestro turno, solo nos queda una opción: hacer que cada momento valga la pena.

✨ Haz que los momentos cuenten.

✨ Haz prioridades.

✨ Haz tiempo.

✨ Haz que tus cualidades brillen.

✨ Haz que otros se sientan importantes.

✨ Haz oír tu voz.

✨ Haz cosas grandes con cosas pequeñas.

✨ Haz sonreír a alguien.

✨ Haz cambios.

✨ Haz amor.

✨ Haz paz.

✨ Arréglate por dentro y por fuera.

Y sobre todo…

Dile a tu gente que la amas.

Vive sin arrepentimientos.

Mantén tu corazón listo, porque de él brota la vida. Prov 4.23

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