26/12/2025
A veces no es tristeza.
No es ansiedad.
No es depresiĂłn.
Es otra cosa.
Una cosa sin nombre.
Una quietud que no descansa,
un silencio que no alivia,
una distancia que aparece
entre tĂş
y tu propia vida.
Es como si el corazĂłn hubiera aprendido
a latir despacio para no romperse,
como si el alma hubiera bajado la luz
para no arder.
Sigues respirando,
pero no sabes si estás viviendo.
Te mueves sin habitarte,
sonrĂes sin encontrarte,
funcionas…
pero algo adentro quedĂł suspendido.
Hay una niebla suave en el pecho,
una calma que pesa,
una ausencia diminuta
que nadie nota
pero tĂş sĂ.
Y aunque no se hable,
esto también duele:
no sentir también es una herida,
un cansancio antiguo,
una manera triste
de seguir existiendo.
A veces esta anestesia
no es debilidad,
no es fallo,
no es derrota.
Es el cuerpo diciendo:
“Era demasiado.
Tuve que protegerte.”
Y entonces apaga un poco la vida
para que tĂş no te apagues del todo.
Pero no viniste a este mundo
solo a resistirlo.
No viniste solo a sobrevivir.
Mereces volver.
Volver a habitarte,
volver a escucharte,
volver a sentir el pulso
de lo que eres.
Si estás ahĂ,
en ese lugar sin nombre,
no estás perdido,
no estás fallando.
Solo estás buscando camino
de regreso a ti.
Y volver
siempre lleva tiempo,
un poco de paciencia,
y un amor inmenso
con tu propia alma.
La vida te espera.
Y cuando regreses,
aunque sea de a poco,
algo en ti volverá
a respirar más hondo.
🤍