16/02/2026
En el mundo de hoy, el yoga rara vez es algo a lo que recurrimos si nuestras necesidades básicas no están cubiertas.
Es difícil hablar de liberación cuando hay miedo.
Es difícil hablar de introspección cuando el cuerpo está en modo de supervivencia.
Es difícil cerrar los ojos cuando no te sientes seguro en tu hogar, en tu cuerpo o en tu país.
El yoga nació como un camino para aliviar el sufrimiento y avanzar hacia la libertad interior.
Pero incluso los textos clásicos reconocen algo fundamental: la práctica comienza cuando el cuerpo está en una posición confortable —alimentado, cuidado y lo suficientemente estable— como para poder volverse hacia adentro.
La verdad es incómoda: quienes más sufren suelen ser quienes menos acceso tienen a la práctica.
Por eso esta reflexión no es una crítica.
Es un recordatorio.
Si hoy tienes tiempo para practicar,
si tienes un espacio seguro donde cerrar los ojos,
si tu cuerpo puede moverse con autonomía,
si puedes estudiar, leer o cuestionarte…
eso no es algo menor.
Practica.
No desde la culpa.
No desde la exigencia.
Practica desde la conciencia de que puedes hacerlo.
Tal vez, en este momento,
sea lo mejor que tengas para ofrecer.