10/12/2025
"La forma invisible del tiempo
Hay días en que el pasado no llega en forma de pensamiento, sino de tacto. No entra por la razón, sino por la piel. Como si algo, en el aire o en la luz, activara una memoria que no pasa por las palabras. Es curioso cómo los recuerdos, a veces, no se evocan: nos tocan.
Me ocurrió una tarde cualquiera, sin motivo especial. Estaba sentada frente a la ventana, viendo cómo el sol se retiraba lento, dejando un resplandor anaranjado sobre las paredes. De pronto, el aire cambió. No sabría decir si fue el olor de la madera tibia o el canto lejano de un pájaro, pero algo me llevó de vuelta a una infancia sin apuro, a esa época en la que el tiempo tenía textura, densidad, paciencia.
Recordé mis manos pequeñas recorriendo las vetas del suelo, la voz de mi madre llamándome desde la cocina, la brisa entrando por una rendija como un susurro amable. No era una imagen nítida, más bien una sensación difusa, un eco que no se puede nombrar pero que se reconoce en la piel. Y mientras lo sentía, entendí que los recuerdos no son del todo del pasado: viven en nosotros, encarnados, esperando un roce para despertar. He pensado muchas veces que lo vivido se acumula en nosotros como capas de barniz. No se ve, pero da brillo. Esa luminosidad que aparece sin saber por qué: al mirar una calle vieja, al oír una canción antigua, al oler un pan recién hecho; no viene del presente, sino de todas las veces que fuimos. Cada experiencia deja una marca táctil, un residuo invisible que nos acompaña.
Por eso, cuando el recuerdo llega, no duele tanto como antes. Algunos recuerdos que eran heridas abiertas; ahora son cicatrices suaves, mapas que orientan. Aprendí que la nostalgia puede ser un refugio si no se la confunde con pérdida. Lo que una vez fue, sigue siendo, solo cambió de forma: está en los gestos, en las voces que repetimos sin darnos cuenta, en la ternura con que miramos lo nuevo.
El tiempo, pienso, no destruye. Solo transforma. Lo que alguna vez tuvo color y sonido se convierte en textura, en sensación, en un modo de estar en el mundo. Esas luces que rebotan en el horizonte después del atardecer son como los recuerdos: no iluminan lo que fue, sino lo que aún somos gracias a ello."