10/08/2018
Buen día para todos mis lectores. quiero compartir una buena reflexión sobre liberación.
Dialo
APRENDER A SOLTAR, ES APRENDER A RECIBIR
A veces, soltar no es necesariamente un sacrificio ni un adiós, sino más bien un “gracias” por todo lo aprendido. Es dejar ir lo que ya no se sostiene por sí mismo para permitirnos ser más libres y auténticos y recibir así lo que tenga que llegar.
Si pensamos en ello durante un minuto nos daremos cuenta que las mejores decisiones, esas a las que les sigue un estado de grata felicidad, implican precisamente el tener que soltar algo. Puede que sea un miedo, una angustia, el poner distancia de un lugar o incluso de una persona. La renuncia es parte del proceso de la vida. Es algo natural, porque todos estamos obligados a elegir en qué y en quién invertimos nuestro tiempo y esfuerzo.
Suelto, entrego, confío y agradezco, porque hay que dejar ir lo que no quiere quedarse, lo que pesa, lo que ya es falso… Para permitir así que en nuestro corazón solo quede lo que es auténtico.
Un hecho a tener en cuenta también es que el acto de soltar, por sí mismo, no implica sólo cortar esos lazos que ponen vetos al crecimiento personal y a la felicidad. Soltar significa en ciertos casos tener que desprendernos y reformular muchos de nuestros constructos psicológicos, tales como el ego, el rencor, o incluso el propio miedo a la soledad.
Porque quien quiera recibir, debe tener preparado el corazón para acomodar esa nobleza que no entiende de egoísmos ni de tormentas interiores.
La ambición y la necesidad de acumular
En la sociedad actual hemos asociado la conquista de ciertas cosas con la idea de felicidad. “Seré feliz cuando haga ese viaje, cuando tenga pareja, cuando tenga mi propia casa, cuando me aumenten el sueldo, cuando tenga coche nuevo, teléfono nuevo, cuando pierda unos kilos, cuando estrenen la nueva temporada de mi serie favorita…”
Compramos libros y más libros para aprender a ser felices mientras esperamos que algo cambie, mientras aguardamos que en algún momento, todo lo acumulado nos ofrezca la respuesta que esperamos. Frédéric Beigbeder, un famoso escritor, creativo y publicista francés, dijo una vez que en el mundo de la publicidad nadie desea que las personas sean felices. Sencillamente, porque la gente feliz “no consume”.
La felicidad es algo que las sociedades modernas nos venden como una “ilusión”, algo que debe ser breve y efímero para obligarnos así consumir más. De ahí, la “obsolescencia programada” de los aparatos electrónicos, de ahí, la idea que para ser feliz hay que ser atractivos y llevar determinadas ropas, tener muchos amigos, y buscar el amor ideal en las páginas de contactos, donde las relaciones pueden iniciarse hoy y desecharse mañana en un solo “click”.
Hemos creado un mundo donde valores como la ambición y el inconformismo patológico nos alejan por completo del auténtico sentido de la felicidad. Vivimos pendientes de lo que nos falta, sin darnos cuenta de todo lo que en realidad, nos sobra. Todo aquello que deberíamos soltar para compensar el equilibrio, para ser nosotros mismos.
Dejar ir es aceptar tu historia, pero no tu destino
Hay personas que aparecen en nuestra vida como por arte de magia. Son maravillosas casualidades de felicidad efímera, caduca, son amores que no duran, y que hay que saber dejarlos ir, para poder vivir en equilibrio…
Dejar ir nunca es fácil. Requiere valentía y un convencimiento pleno y seguro que desprendernos de esa relación, de esa amistad o de esa situación, es algo vital para nuestro equilibrio y felicidad.
Saber reconocer la necesidad de cerrar un ciclo es ya de por si un acto de madurez. No obstante, del reconocimiento al acto hay un paso muy duro cargado de tristezas, y de un duelo personal que superar.
Dejar ir supone, en la mayoría de los casos, tener que “reconstruirnos”, tener que replantearnos a nosotros mismos, y en muchas ocasiones, incluso partir de cero.
Ahora bien, también hemos de tener en cuenta que mucha gente no termina de asumir y afrontar de forma correcta el fin de un ciclo, de una etapa.
Hay quien piensa que dar por finalizada una relación es el punto final a su propia vida. Tras ese adiós y esa separación, ya no hay nada más. Dejar ir es ese acto del destino que echa el telón a su vida afectiva.
Debemos tener cuidado con este tipo de pensamientos y actitudes derrotistas. Después de un punto final viene un espacio, y con él, nuevos senderos y oportunidades para ser feliz tal y como nosotros deseamos.
Hoy queremos invitarte a reflexionar sobre ello.
Claves para dejar ir con madurez y sabiduría
Al inicio del artículo te hemos hablado de valentía y de convencimiento. Ahora bien, el acto de dejar ir supone integrar muchas más dimensiones, muchas más estrategias personales que vale la pena conocer.
1. Las personas no son tu destino, tú eres tu propio artífice
Es posible que durante un tiempo hayamos creído que cierta persona apareció en nuestra vida porque así lo quiso la casualidad, porque así lo tejió el destino con sus hilos invisibles y sutiles.
En el amor, debes mantener los pies en el suelo, el corazón atento y las alas de tu crecimiento personal, bien abiertas. Las relaciones afectivas no se nutren de la magia sino del bienestar cotidiano, del compromiso y de la ilusión.
El destino se construye en el “aquí y ahora”, y si en este momento no te sientes feliz o ilusionado, evita ser cautivo eterno del sufrimiento. Tú destino, y tu voz interior te están marcando otro camino que tomar: el de tu bienestar.
2. Dejar ir, supone evidenciar las propias necesidades
No tengas miedo de decir en voz alta que también tú tienes NECESIDADES. Nadie es egoísta por demandar respeto, por necesitar ser escuchado, amado o atendido.
En ocasiones, cuando las cosas no van bien, en lugar de ser conscientes de nuestro malestar emocional, seguimos aferrándonos a ciertos aspectos:
– Al miedo: miedo a qué pasará si hago o digo esto. Miedo al quedarme solo, miedo a equivocarme, miedo a los cambios…
– A menudo, pensamos que es mejor “esperar un poco más“, porque es posible que las cosas cambien, que la relación mejore, que de pronto se den cuenta de que yo me siento mal… Sin embargo, pasa el tiempo y nada de eso sucede. Nada cambia.
No temas reconocer tus propios vacíos, ni tengas miedo a decir en voz alta qué necesitas para ser feliz. No hay nada de orgullo o egoísmo en ello, sino una sinceridad valiente y madurez emocional
Las necesidades son parte de nuestra autoestima, parte de nuestro crecimiento personal y de nuestro bienestar.
Si no te percibes a ti mismo como una persona plena y feliz, no destruyas aún más tu integridad y reacciona. Cierra esa etapa… Deja ir.
3. Las personas no marcan tus puntos finales, nadie tiene derecho a cerrar tus puertas
Suele decirse que siempre guardaremos en nuestro corazón el recuerdo de aquella amistad perfecta que acabó perdiéndose o ese amor que tanto daño nos hizo, y que desde entonces, tanto nos cambió por dentro.
Es posible. Ahora bien, ninguno de esos hechos del pasado debe marcar puntos finales en nuestro día a día.
Porque alguien te fallara en el pasado no vas a negarte a mantener nuevas amistades. Y porque alguien te hiciera daño, tampoco te vas a permitir convertir en hielo tu corazón y echarlo al profundo pozo de tus desesperanzas.
Céntrate en tu aquí y ahora. Nadie tiene el timón de tu destino, ni aún menos el derecho a marcar un punto final en el libro de tu vida. Dejar ir es marcar un espacio para permitir que lleguen cosas nuevas. Cosas mejores.
Nunca te des por vencido/a cuando te veas obligado/a a dar por terminada una etapa. La clave está en aceptar que hay cosas que no pueden ser… y actuar.
Atiende siempre al interior de tu corazón, puesto que es ahí donde habita la verdad de tus sentimientos. Ellos son a los que debes atender con madurez, con equilibrio, sabiduría… Y mucha valentía
Para ser felices hay que tomar decisiones y… Soltar
La vida es muy corta para vivir permanentemente frustrados. Por ello, y si de verdad deseamos ser felices debemos ser capaces de tomar decisiones, de saber en qué y en quién deseamos invertir nuestro tiempo. Ahora bien, como ya puedes intuir, decidir implica muchas veces tener que renunciar, un ejercicio que deberá hacerse de forma consciente y madura asumiendo las consecuencias.
La vida es un eterno dejar ir, porque sólo con las manos vacías serás capaz de recibir.
Para ayudarte en el complejo camino de la renuncia y en el arte de soltar, vale la pena recordar que para la filosofía budista la felicidad no es más que un estado mental de calma y bienestar. Así pues, atiende con sosiego y sabiduría todo aquello que te envuelve para intuir qué te ofrece serenidad y qué ruido, qué y quién nutre tu alma con respeto y qué o quién te trae tempestades en días despejados. Decide, elige, confía en tu instinto y, sencillamente, suelta.
Otro aspecto que es preciso recordar es quien tiene la valentía para soltar también debe ser digno para recibir. De ahí, que valga la pena reflexionar unos instantes en estas dimensiones:
• Hemos de renunciar a nuestra necesidad por mantener siempre el control sobre los demás. Es necesario “ser” y “dejar ser”. Quien reclama libertad personal para crecer debe ser capaz a su vez de poder ofrecerla.
• Renuncia a la necesidad de tener siempre la razón. Asumir el equívoco es crecer y saber guardar silencio cuando el momento lo requiere es un acto de sabiduría.
• Suelta tu ego, libérate de la necesidad de impresionar, de tener que competir, de reclamar la atención cuando nadie te observa, de buscar cualquier falsa compañía cuando temes a la soledad. Suelta tu miedo para permitirse ser auténtico, para ser tú mismo, esa persona que es tan capaz de dar, como de recibir.
En conclusión, en esta compleja pero apasionante lucha cotidiana por ser felices, todos nosotros deberíamos practicar el saludable ejercicio de soltar lo que nos pesa, amar lo que ya tenemos y ser agradecidos ante todo lo bueno, que sin duda, está por llegar