23/02/2026
Siempre pensé que debía ser equilibrada. Quizás hasta neutra. Pero hay tanta sabiduría en esas emociones que aparecen como olas, que se sacuden y piden ser. Permitirles expresarse en todos sus colores genera una transformación mucho más rápida que resistirlas.
Durante mucho tiempo cargué etiquetas: complicada, sensible, inmadura. Como si emocional fuera sinónimo de menos. Pero me encanta ser sensible. Me encanta sentir con intensidad.
Pienso en Kali, la destructora de mundos. Es en esa destrucción, en el caos que sacude todo, donde se encuentra el nuevo orden. El cambio que necesito.
Crear es mi forma de sostener esa intensidad sin ahogarme en ella. Darme permiso para que lo que vive adentro se muestre. Para que mis colores—todos, incluso los que incomodan—existan sin disculparse.
Y es ahí, en ese permitir sin censurar, donde empiezo a reconocerme.
Todavía estoy conociendo mi paleta completa. Mi verdad sin filtros. Mi voz sin moldearla para que sea más digerible.
Hace poco entendí profundo lo que significa que el valor me lo tengo que dar yo. Que hay magia en este mundo que habita en mí, en mi visión única de la vida y de sus colores. Que desde ahí soy mi más grande tesoro.
Dejar de cuestionarme si soy suficiente es valorar lo que soy y lo que llevo adentro. Es honrarme a mí, mi historia y también a quienes me precedieron, que habitan en mí.
Esta soy yo aprendiendo a solo ser, a permitirme errar y aprender. Esta soy yo liberándome del miedo.