11/03/2026
Los Hijos de la Esperanza: 221 Años de un Milagro en Suelo Costarricense, salvando millones de vidas humanas a lo largo del continente y del tiempo!!!
Han pasado 221 años desde que el mundo cambió para siempre. Corría el año 1803 cuando la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de la Viruela, financiada por la Corona Española, zarpó de La Coruña. ( enfermedad que mataba 1 de cada 3 niños que la padecían) . Pero la salvación no llegó a nuestras montañas de la noche a la mañana; fue una odisea que primero sanó a las Antillas, México y la Capitanía General de Guatemala. Desde allí, la linfa de la esperanza inició un descenso lento y valiente hacia el sur, atravesando San Salvador y Nicaragua, hasta que finalmente, en 1805, aquel "milagro" tocó suelo costarricense.
En una Costa Rica de adobe y cafetales primerizos, el miedo no era una metáfora; era una sentencia de muerte llamada viruela. Ser padre en Cartago, Heredia, San José o Alajuela en el siglo XIX significaba vivir con el alma en un hilo. Pero mientras el fatalismo nublaba nuestras tierras, la gesta del Dr. Francisco Javier Balmis desafiaba al océano. Él fue el arquitecto de una misión donde el "equipo médico" eran 22 niños huérfanos, usados como "cadenas de vida" para transportar la vacuna de brazo en brazo, pues en esa época no existía otra forma de mantenerla viva durante meses de navegación y selva.
Junto a ellos, la figura protectora de Isabel Zendal, rectora del orfanato de La Coruña. Isabel no solo administraba la vacuna; ella gestionaba el llanto y la soledad de 22 niños arrancados de lo poco que conocían. Llevó incluso a su propio hijo, arriesgándolo todo para que los hijos de otros —nuestros antepasados— pudieran vivir. Ella fue el refugio emocional que permitió que la cadena no se rompiera antes de llegar a nosotros.
Tras desembarcar en Puntarenas y recorrer caminos que hoy nos parecerían intransitables, la expedición y sus comisionados (como Francisco Pastor, sobrino de Balmis) llevaron la esperanza a la antigua capital, Cartago. Allí se detuvo el tiempo. Médicos y autoridades locales unieron fuerzas para convencer a una población de apenas 52,000 personas de que aquel pequeño pinchazo era un escudo sagrado. Con la creación de la Junta de Vacuna de Cartago, Costa Rica dejó de ser víctima del azar para convertirse en gestora de su propia supervivencia.
El costo fue altísimo. Algunos de esos niños nunca regresaron a España, algunos fallecieron en la travesía ; sus nombres se perdieron, pero su sacrificio quedó sembrado en nuestro suelo. Gracias a ellos, las epidemias que borraban pueblos enteros desaparecieron, salvando millones de vidas a lo largo de dos siglos.
Hoy, cada vez que un niño costarricense nace sano, hay un eco lejano de la valentía de 1805. Nuestra estabilidad y nuestra paz son el legado de una mujer valiente, un médico visionario y un grupo de huérfanos que nos enseñaron el verdadero significado de la palabra comunidad. Se dice que el Dr. Balmis murió en la pobreza y la enfermera Isabel Zendal después de regresar de su travesía por el continente desapareció de cualquier otro registro histórico en su natal La Coruña.
Sobre la fotografía voy a dejar un comentario del historiador y amigo mío personal:
Cartago, 1906.
«Un hermoso templo cartaginés, en ese entonces bajo la advocación de San Nicolás Tolentino, que fue destruído por el terremoto del 4 de mayo de 1910. En el sitio se emplaza el dia de hoy la Catedral de Cartago.»
Comentario del historiador Arnaldo Moya Gutiérrez. Angelo Azopardo foto