16/01/2026
Mientras escribo estas palabras, siento cómo la garganta se encoge un poco.
Tal vez porque, al fin, me permito expresar (sentir, recibir, vivir).
No he podido escribirles, ni hacer un video, ni responder mensajes, porque no he tenido la energía en el cuerpo ni la claridad en la mente para compartir desde un lugar honesto (atravesada por el caos, por el reorden).
Y los amo y los respeto demasiado como para hablar de algo tan profundo sin haberlo atravesado.
En este tiempo he estado trabajando mucho el desapego, y hubo días en los que volví a un polo que no había visitado en mucho tiempo: la tristeza, la ansiedad, el vacío profundo.
Ahí apareció algo claro: no necesito forzar estar bien.
Hubo una parte de mí que intentó hacerlo, usando herramientas, conocimiento, todo lo aprendido.
Soltar esa exigencia no fue fácil, pero es parte del proceso.
Decidí meterme en la cama, llorar un poco, guardar silencio.
Fueron días intensos, que aún continúan atravesándose.
Y después de permitirme sentirlos —el tiempo que sea necesario—, pude ver cómo emergían antiguos patrones, creencias, formas aprendidas.
Mientras estas emociones, sensaciones y acciones se movían, me abrí a recibirlas.
Verlo es fuerte, pero también profundamente revelador.
Hoy comparto esto como una evidencia viva:
estamos en procesos constantes.
Sentimos, observamos, reordenamos.
Con esto no quiero decir que pasemos sanando toda la vida, sino que somos seres sintientes.
Así como el agua no deja de ser agua y el viento no intenta ser otra cosa, nosotros tampoco podemos evitar nuestra esencia.
No importa el rol que ocupemos —maestros, guías, terapeutas, chamanes, monjes—,
quienes acompañan también atraviesan.
Y ahí está el punto: permitir sentir sin negarlo.
El equilibrio no evita la emoción.
Es el centro desde donde uno puede conversarse, incluso mientras la emoción atraviesa.
Y hoy, eso es suficiente.
🤍