11/08/2025
La mente no se abre por obligación.
Y esto es especialmente cierto durante la adolescencia.
Como madre de una adolescente y como profesional comprometida con la salud mental, esta es una de las lecciones más complejas y valiosas que he aprendido:
no podemos forzar el cambio emocional de otro, por mucho que lo amemos.
En la adolescencia, el sufrimiento emocional puede expresarse de formas que descolocan: aislamiento, irritabilidad, apatía, conductas de riesgo.
Y es natural —y humano— querer intervenir cuanto antes. Llevarlos a terapia, buscar respuestas, encontrar soluciones.
Pero desde el enfoque clínico sabemos que la motivación para el cambio es un componente central en cualquier proceso terapéutico (Miller & Rollnick, 2012).
La intervención psicológica solo puede ser efectiva si existe un mínimo grado de disposición interna.
Cuando un adolescente no se siente parte de esa decisión, la terapia se convierte en una obligación externa más… y el efecto puede ser el contrario al deseado: mayor resistencia, cierre emocional, desconfianza.
No lo hacemos por ignorancia. Lo hacemos por amor.
Pero, a veces, en el intento de ayudar, corremos el riesgo de invadir su proceso.
Como madres, padres o adultos significativos, nuestro rol no es empujar, sino acompañar.
Ser una presencia estable, accesible y no intrusiva. Estar disponibles sin imponer.
Acompañar implica confianza en el otro, en su ritmo, en su capacidad de elegir cuándo y cómo recibir ayuda.
Los adolescentes, con su estilo único y su lenguaje propio, muchas veces nos lo hacen saber… aunque no siempre de forma fácil.
De eso va crecer. Y de eso va acompañar.
Desde el respeto, la escucha y el vínculo.