16/02/2026
En octubre de 2014, conocí a Jeff Foster en un seminario que dio en Berriz, Bizkaia, organizado por quien era en aquél entonces mi maestro de Yoga, Javier García de Andoin. Le traducía el filósofo de la ciencia y escritor Jordi Pigem, a quien tengo en gran estima.
Fue un bonito seminario, en forma de diálogos, al que también acudió mi primer maestro Zen, Rafa Redondo. Tenía como título "Enamorarse con aquello donde estés: Abandonando el Sueño de la Perfección y Descansando en la Presencia”.
Jeff emanaba un gran carisma y una gran bondad, era una gozada escucharle. Al finalizar el encuentro, le pregunté a Rafa qué le había parecido, y me contestó: "es una buena persona, y ha tenido una gran experiencia espiritual, pero aún le falta que le pasen más cosas en la vida". Me impactó esa frase, llena de compasión y experiencia vital. Me ha ayudado más de lo imaginable a lo largo de mi vida, a la hora de encajar lo que me va sucediendo en mi cotidianeidad y mi práctica de meditación. Aunque no tanto como la profunda enseñanza del ejemplo de vida de Rafa a lo largo de los años que, junto al acompañamiento de mi maestro Pedro Vidal, ha sido un pilar fundamental para encontrar sentido a mi camino.
Cuando tienes la suerte de contar con el acompañamiento continuado de maestros de la talla de Rafa y Pedro, es como un catalizador para el desarrollo espiritual. Sin embargo -tal y como ellos siempre han recordado-, tanto si tienes esa suerte como si no, el Maestro Interior te va guiando, si tu interés y tu entrega son sinceros.
Y eso es lo que veo en lo que le ha ido ocurriendo a Jeff a lo largo de estos años: la propia Vida le ha ido enseñando que el camino espiritual se desarrolla en lo cotidiano, sin separación. En octubre de 2014, él tenía una potente intuición de esto, y cierta experiencia, aunque aún mediatizada por el "embelesamiento hacia lo espiritual".
"Enamorarse con aquello donde estés: Abandonando el Sueño de la Perfección y Descansando en la Presencia” era un bonito título, que iba muy bien encaminado. Lo que dijo Jeff entonces era muy cierto. Y lo que dijo Rafa, aún más.
Todo esto viene a raíz de que hoy he visto en Facebook esta publicación de Jeff, de la que he copiado el texto, aunque -para variar- ha desaparecido de mi vista y no soy capaz de volverla a encontrar para poner el enlace.
Pablo Garmendia
Publicación de Jeff Foster:
"Tengo que confesar algo.
Durante muchos años subí al escenario en conferencias y retiros espirituales y hablé sobre la presencia, la consciencia y las alegrías del despertar espiritual. Viajé por el mundo como el "maestro no dual". El del lenguaje inspirador. El de las "respuestas". (¡Bueno, al menos para algunos!).
Entonces la vida me quebró. En su extraña e implacable compasión, me hizo caer de rodillas. Enfermé. Más enfermo que nunca. Más enfermo de lo que jamás hubiera creído posible.
La enfermedad de Lyme me aplastó. Sentí una humildad que superó cualquier cosa que pudiera imaginar.
Hubo momentos en que creí que nunca volvería a caminar, y mucho menos a enseñar.
Día a día, me centraba solo en sobrevivir. En sanar. En poner un pie delante del otro. Sé que muchos de ustedes se identifican.
Afortunadamente, finalmente encontré el diagnóstico y el tratamiento adecuados. Estoy eternamente agradecido a todos los ángeles que estuvieron a mi lado y me ayudaron a sobrevivir y sanar.
Entonces sucedió algo más. Me enamoré perdidamente. Me casé. Me convertí en un esposo devoto, y luego en padre. La vida familiar se convirtió en mi prioridad absoluta. Estar presente y defender a mi esposa e hija. Lavando platos también. Pagando facturas. Cambiando pañales. Noches de insomnio. Lágrimas. Risas. Aprendiendo cada día a ser un mejor padre y compañero. Sorprendido y humilde, desafiado y renovado, una y otra vez.
Responsabilidad ordinaria e incesante.
La alegría más profunda de mi vida no estaba en un escenario. No estaba en un párrafo bellamente escrito sobre la consciencia. Ni en un podcast ni en un retiro. Ni en la aprobación de los demás. Ni en una brillante realización espiritual. Ni en la "trascendencia" misma.
Estaba aquí. Justo aquí. En la cocina. En el desorden. En el férreo compromiso de la vida familiar.
El "maestro espiritual" que había en mí murió. Menos mal.
Y lo que ha nacido en su lugar es algo mucho más arraigado y mucho más humano. Lo que enseñé en el pasado no era falso. Simplemente era incompleto, pues aún no había sido probado por completo.
Todo lo que hablé y escribí en aquel entonces era profundamente sincero. Era la mejor verdad que podía expresar en aquel momento, pero , ahora, vivo profundamente arraigado en una espiritualidad que no escapa al cuerpo. Que no niega la ira, el dolor, la confusión ni la duda. Que no pretende estar más allá de la necesidad, del amor, del apego, de la humanidad, de la responsabilidad.
No estoy por encima de la vida. Estoy EN la vida. Plenamente en ella. Ya no me importa ser espiritual ni especial. Ya no quiero ser el sabio. Preferiría, mil veces más, ser un esposo que está presente. Un padre que protege y apoya a su hija. Un hombre que está presente cuando es incómodo.
La vida ordinaria no es una distracción del despertar. Es el horno que lo forja. Es su fruto. Su alfa y su omega.
Sí, pasé por un in****no para llegar aquí. Perdí los últimos vestigios de mi personalidad espiritual. Perdí la certeza. Perdí mi imagen. Perdí cualquier interés en tener razón. O en ser admirado. O en ser un "maestro" en absoluto.
Toda esa identidad se desvaneció.
Lo que queda es más simple, más extraño, más fuerte y más alegre que cualquier cosa que haya conocido.
Me inclino ante esta vida ordinaria. Me inclino ante su extraordinario y trascendental lodo. Ante lo sagrado y lo profano de todo. Ante la salvaje, hilarante y escandalosa ternura de ser plenamente humano.
Me inclino cada sagrado día ante el amor que me abrió y me rehizo.
Ahora, por fin, puedo "enseñar" de verdad.
Precisamente porque ya no lo necesito."
- Jeff Foster