08/04/2026
Hay algo muy común en querer una explicación que calme, una frase que encaje, una fórmula concreta o una solución para atravesar algo. A veces buscamos esto también en la terapia.
Una respuesta clara, una especie de manual que nos evite el esfuerzo, la incomodidad o el precio de tener que pasar por ciertos lugares dolorosos, amargos e incómodos.
El lenguaje adquiere tal fuerza en nuestras vidas que tratamos de encontrar respuestas a través de su velocidad.
La necesidad de esta inmediatez, es una de las formas que adquiere el control. Pero hay experiencias que no se aprenden así.
El duelo es una de ellas.
Tratar de controlar la sensación que emerge tras una situación que no elegimos, que la vida pone en nuestro camino.
Experiencias que no se pueden anticipar, por mucho que nos las hayan contado, las hayamos visto de cerca o creamos saber cómo son. Cuando suceden, lo hacen de una forma única en cada uno de nosotros. Y ahí, de nuevo el control se apodera para alejarnos de ello:
“Dime cómo hacerlo”.
”Dime cómo no sentirlo”.
”Dime qué hacer para que se acabe”.
Pero no siempre hay un “cómo” que pueda explicarse antes de vivirlo en persona.
Cuando tratamos de controlar algo tan incontrolable como lo que sentimos, es probable que el control esté presente en nuestras vidas de muchas otras maneras.
Anticipándonos a situaciones que aún no han ocurrido.
Dejando de hacer algo por miedo a lo que pueda pasar.
Tratando de organizar una vida ajustada a un ideal.
Incluso tratando de controlar a al otro.
La sensación de control es como el agua para una planta. Necesaria en su justa medida; pero si entra con fuerza puede hacer daño o encharcarse en rincones que necesitan oxígeno. Hasta el punto de que enseñamos a dejarse llevar por esta sensación a quienes tenemos al lado.
Es ahí, cuando frente a nosotros, alguien nos devuelve esa pregunta -”dime cómo hacer para superar esta pérdida”- que nos damos cuenta del espacio que ha ocupado esta práctica. En silencio, sin respuestas, sin palabras.
(Continúa en comentarios)