28/01/2026
No me da miedo fracasar ni equivocarme.
Me da más miedo mostrarme mi verdad, que seguir siendo la versión que los demás esperan.
Prefería seguir siendo esa versión, antes que asumir el coste de ser quien soy realmente.
Recuerdo esa época en la que parecía luchar contra el tiempo. Donde cada decisión debatía la lógica de arañar segundos al crono. Recuerdo la energía, las ganas, la ilusión. Esa fuerza descontrolada, imparable, imposible de calcular. Cuando no era nadie, y sin embargo, nadie dudaba, cuando sin haber dado un solo paso sabía que lograría llegar más allá de donde la vista alcanza. La pregunta no era: ¿será posible? Ni siquiera existía la pregunta. Solo un razonamiento: voy a hacerlo. Una razón justificaba cada paso, demostrar que solo era cuestión de tiempo. Pero como toda historia, cada momento de luz, aloja un lugar oscuro y siniestro. Desgaste, inmensidad… no es posible luchar por tus sueños sin resquebrajarte en el intento. Te preguntas. ¿Será este el final? ¿He de traicionar aquello en lo que creo?
Y entonces me di cuenta: no tenía miedo a terminar, no tenía miedo a fracasar, a abandonar aquello que tanto me costó construir. Mi único miedo, mi culpa y mi verdad, es dejar de ser quien soy.