27/01/2026
He pasado media vida intentando traducirme, cambiando palabras, gestos y silencios para que otros me comprendieran; y al final, terminé agotada de hablar idiomas que no eran míos.
Hoy siento que no quiero explicarme más.
Quiero alguien que entienda mis pausas sin preguntar, que sepa leerme en los ojos sin obligarme a escribir manuales.
Alguien que no huya cuando mis emociones sean torbellinos ni me juzgue cuando sean demasiado calmas.
Mis pensamientos son como estas aves que me acompañan: salen de mí cargados de mensajes que no todos saben recibir.
Algunos los dejan caer, otros los ignoran. Y, sin embargo, sigo enviándolos con la esperanza de que lleguen a la persona que pueda leerlos sin traducción.
No busco perfección, busco complicidad…
Esa sensación de hablar en un mismo lenguaje sin haberlo aprendido, de entendernos en medio del ruido sin necesidad de aclarar nada.
Tal vez sea mucho pedir, o tal vez no…
Pero prefiero quedarme sola con mi idioma que perderme en traducciones que nunca me devuelven completa.
Porque al final, quien de verdad me quiera sabrá escucharme incluso en silencio.
¿Eres de las que se traduce para que otros la entiendan?
Autor: José Luis Vaquero.