18/01/2026
En la sierra mixe de Oaxaca, cuando cae la noche, el silencio no es vacío.
Es escucha.
Allí, en un pueblo donde las nubes bajan más que la señal del teléfono, vivía Florentina López, una mujer pequeña, de voz suave, que durante años fue considerada “solo” ama de casa.
Pero Florentina estaba haciendo algo que casi nadie veía.
Cada noche, cuando el pueblo se apagaba, encendía una vieja radio comunitaria. No una estación oficial. No una frecuencia potente. Una señal débil, apenas suficiente para atravesar cerros cercanos.
Y hablaba.
No en español.
Hablaba en ayuujk, la lengua mixe.
Contaba historias.
Recuerdos.
Palabras antiguas que ya casi nadie usaba.
No lo hacía por nostalgia.
Lo hacía por urgencia.
Florentina había notado algo antes que muchos maestros: los niños ya no hablaban su lengua. La entendían, sí. Pero les daba vergüenza usarla. En la escuela no se enseñaba. En la televisión no existía. En los papeles oficiales no tenía valor.
Y una lengua que no se habla… se muere.
Así que Florentina decidió hablarle a la noche.
No tenía estudios lingüísticos.
No tenía apoyo institucional.
No tenía micrófonos nuevos.
Tenía memoria.
Cada programa era distinto. A veces narraba cómo su abuela nombraba las montañas. Otras, explicaba palabras imposibles de traducir, esas que solo existen en una cultura porque nombran algo que solo allí se siente.
Nunca anunciaba horarios.
Nunca pedía audiencia.
Pero la señal viajaba.
Un anciano escuchaba desde su cama.
Una mujer la dejaba sonar mientras cocinaba.
Un niño la oía a escondidas con audífonos, sin decir nada.
Con el tiempo, algo inesperado ocurrió.
Los niños empezaron a repetir palabras antiguas en el recreo.
Las abuelas sonreían al oírlas.
Los padres preguntaban de dónde habían salido.
—De la radio —decían—. De la señora que habla bonito.
Florentina no lo supo hasta meses después.
Un día, una joven llegó a su casa.
—Quiero aprender a hablar como usted —le dijo—. Para enseñarle a mis hijos.
Luego otra.
Luego otra.
La radio dejó de ser solo radio.
Se volvió semilla.
Años después, lingüistas de la universidad llegaron a la región. Hablaron de “preservación cultural”, de “rescate de lenguas originarias”. Preguntaron cómo había empezado todo.
Señalaron a Florentina.
Ella bajó la mirada.
—Yo no quise rescatar nada —dijo—. Solo no quise que se quedara en silencio.
Hoy, el ayuujk sigue vivo en esa región. Se enseña. Se escribe. Se nombra sin vergüenza. Y aunque hay programas oficiales, libros y proyectos…
los más viejos saben la verdad.
Que una lengua no se salva en congresos.
Se salva cuando alguien la pronuncia con amor
aunque crea que nadie escucha.
Florentina nunca grabó sus programas.
Nunca los archivó.
Nunca buscó reconocimiento.
Decía que las palabras antiguas no están hechas para guardarse.
Están hechas para pasar de boca en boca
antes de que la noche se las lleve.
Y gracias a una mujer que habló cuando nadie parecía escuchar…
un idioma entero
decidió quedarse.