28/03/2026
“¿Qué hicimos mal?” se preguntan los padres de Jamie al final de Adolescence.
Pero la respuesta no es un misterio: hicieron exactamente lo que el patriarcado espera. Y ese es el verdadero problema.
A él lo criaron “como hombre” para creer que el mundo —y las mujeres— le pertenecen. Rechazaron su sensibilidad (a Jamie le gustaba dibujar), no porque fuera un error, sino porque no encajaba en el ideal masculino. Por eso el papá trató de meterlo en deportes y cuando se da cuenta que el niño no era bueno para ello, prefiría mirar a otro lado y que su hijo no viera la vergüenza que le le producía verlo fracasar en “cosas de hombre”. Jamie aprendió a cosificar desde temprano: modelos en Instagram, burlas, manipulación. Incluso a su psiquiatra intenta someterla con su mirada, con sus palabras.
A Lisa, su hermana, la educaron para complacer. Para hacer felices a los otros. Para no molestar. Ella no explota, no impone: se adapta, calla, llora en silencio. Como tantas de nosotras, moldeada para servir, no para ser. Vemos que incluso trata de verse bonita para el cumpleaños del padre en un momento muy difícil. Ambos fueron criados bajo el mismo techo, sí.
Pero el techo no es neutral: el patriarcado vive en cada rincón.
Y es él quien realmente los educa.
No basta con “ser buenos padres”. Hay que desobedecer al sistema que premia a los hijos por dominar y castiga a las hijas por existir.
Él no está perdido.
Él aprendió exactamente lo que el mundo le enseñó:
Que puede desear, poseer, desechar.
Ella fue criada y domesticada para agradar. Para no incomodar.
Y ahora nos quieren vender la idea de que fue “un error”.
No.
Fue el patriarcado funcionando a la perfección.
Sumado a que no solo la casa educa, sino también la escuela, la sociedad y el internet. Tenemos un resultado nada alejado de la ficción.
Es el vivir de las mujeres todos los días. Nos matan por ser mujeres y todavía nos echan la culpa.