17/02/2026
🌿🕊️ LA BENDICIÓN DE MI PADRE 🕊️🌿
Por Erik Zúñiga
Recuerdo con claridad que, hace poco más de seis años —a fines del 2019—, mi papá comenzó a sentirse mal. No era algo alarmante al inicio, pero su cuerpo, estaba intentando decir algo. Junto a mi mamá acudieron al médico; aunque lo atendieron en esa primera visita, fue derivado a otro especialista. Tras algunos exámenes, llegó un diagnóstico difícil de asimilar: cáncer de próstata.
La noticia cayó como un silencio pesado. Buscamos una segunda opinión, quizá con la esperanza de que la realidad fuera distinta, pero el diagnóstico fue confirmado. Nos recomendaron entonces acudir a un hospital especializado. Allí, luego de más estudios, los médicos fueron contundentes: le daban solo unos cuantos meses de vida por lo avanzado de su cáncer.
Ese momento marcó un antes y un después. Fue un golpe emocional profundo para mí y para mis hermanos, pero especialmente para mi madre, su compañera de vida, la mujer que había caminado a su lado en las luces y en las sombras, en lo cotidiano y en lo eterno.
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Cuando era niño, debo admitir que le tenía miedo. No sé bien por qué. Mi papá tenía un carácter fuerte; no era un hombre gritón ni violento, pero su presencia imponía respeto. Su energía llenaba la casa apenas cruzaba la puerta, y yo, desde mi sensibilidad infantil, lo percibía como algo abrumador.
Con el tiempo he comprendido que no era dureza, sino una forma de estar en el mundo, una manera de proteger, de sostener, de marcar límites desde lo que él sabía y podía. Hoy miro atrás con otros ojos, con más compasión y entendimiento.
A pesar de ello, mis recuerdos más vivos están llenos de amor sencillo. Todos los lunes eran día de supermercado, y siempre regresábamos con dulces que para mí sabían a fiesta. Los viernes eran sagrados: pizza para todos. Aún hoy siento que jamás he vuelto a probar una tan deliciosa como la que compartíamos entonces, quizá porque estaba sazonada con presencia, familia y risas.
Con frecuencia nos llevaba al cine, y las vacaciones familiares eran parte de nuestra vida al menos dos veces al año. Además, una vez al mes regresábamos a Axutla, el pueblo que vio nacer a mamá y a papá, un lugar donde las raíces hablan, donde la historia del linaje se siente vivo y donde, sin saberlo, íbamos tejiendo nuestra identidad.
Hoy comprendo que todo eso —los silencios, el carácter, los gestos simples, los viajes, la rutina compartida— eran formas de amor. Y que incluso, en ese proceso tan delicado y profundo que atravesaba su cuerpo, mi padre seguía bendiciéndonos, enseñándonos a mirar la vida con más verdad, más humildad y más alma.
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Pese a que el pronóstico inicial hablaba de poco tiempo de vida, los médicos recomendaron iniciar radioterapias y un tratamiento farmacológico al cual mi papá se apegó con disciplina.
Paralelamente, como familia, exploramos muchas otras terapias alternativas: energéticas, naturistas y holísticas, confiando no sólo en la medicina, sino también en la capacidad del cuerpo y del alma para sostener la vida.
Fueron meses intensos y complejos, marcados además por las visitas constantes al hospital en plena pandemia. Todo era incertidumbre, miedo y cansancio. Sin embargo, contra todo pronóstico, ocurrió algo que solo puedo describir como un milagro: el cáncer quedó encapsulado, detenido, sin avanzar. La noticia fue un respiro para el alma. No significaba que la enfermedad hubiera desaparecido, pero sí que había entrado en una pausa, una tregua sagrada que nos regalaba tiempo.
Durante los siguientes años, su estado se mantuvo estable. Aquel diagnóstico que en un inicio hablaba de meses se transformó en años. Años de seguimiento médico, de estudios constantes, de vigilancia amorosa. Años que hoy reconozco como un regalo inmenso de la vida.
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Así transcurrió el tiempo hasta que, en diciembre de 2025, seis años después del primer diagnóstico, algo comenzó a cambiar. Mi papá empezó a presentar episodios de dolor severo, desorientación y alucinaciones. Tras visitar a varios médicos y realizar nuevos estudios, llegó una verdad dolorosa: el cáncer, que nunca se había ido del todo pero permanecía contenido, se había diseminado por su cuerpo. Había hecho metástasis en los huesos.
Desde aquel primer diagnóstico hasta ese momento, la vida había seguido su curso. Nos veíamos, convivíamos, celebrábamos cumpleaños, el Día del Padre, las fechas importantes. Había risas, encuentros, rutinas compartidas. Pero no todo era luz.
Su carácter, firme y a veces áspero, seguía siendo un punto de fricción. Hubo discusiones, silencios incómodos, enojos que emergían casi sin aviso. En lo personal, muchas veces sentía que se reactivaban heridas antiguas: palabras dichas cuando yo era más joven, momentos que me marcaron y que, en el fondo, no había terminado de perdonar.
Y aun así, el amor nunca dejó de estar presente. No fue un amor idealizado ni perfecto; fue un amor real, humano, atravesado por heridas. Porque el amor en una familia no siempre es suave, pero sí es profundo. A veces duele, a veces incomoda, pero permanece. Se sostiene incluso cuando el perdón está en proceso, incluso cuando el corazón aún está aprendiendo a sanar.
Hoy comprendo que estos años no solo fueron un tiempo extra de vida para mi padre, sino también un tiempo sagrado para nosotros: para mirarnos, confrontarnos, amarnos imperfectamente y, poco a poco, abrir el camino hacia una comprensión más profunda del vínculo que nos une.
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Quizá, al inicio de este tramo final, yo no quise ver la realidad. Me aferré al optimismo como una tabla de salvación. Pensaba que con tratamiento médico, podría estabilizarse, que volveríamos a una cierta normalidad. Aunque las señales estaban ahí, mi corazón todavía no estaba listo para leerlas.
Conforme pasaban los días, los síntomas se volvían más evidentes, la verdad comenzó a mostrarse sin máscaras. Mi papá estaba entrando en una fase terminal. Ya no se trataba de ganar tiempo, sino de comprender el sentido de ese tiempo.
Existía la alternativa de llevarlo nuevamente al hospital, someterlo a más tratamientos, a quimioterapias, a procedimientos invasivos. Pero entonces apareció una voz clara y compasiva entre tantas opiniones médicas. Una profesional fue contundente, no desde la frialdad, sino desde la honestidad amorosa: lo único que se lograría sería prolongar el proceso, no transformarlo. Y, probablemente, hacerlo más doloroso para él.
Su recomendación fue sencilla y profundamente humana: cuídenlo en casa. Rodéenlo de amor. Permítanle transitar este tiempo con dignidad. Lo que queda por hacer es acompañar, aliviar, sostener. Cuidados paliativos para lo que restaba de su vida.
Ese día, sin decirlo en voz alta, algo en mí comenzó a despedirse, y algo más profundo empezó a nacer: la certeza de que acompañar a alguien en su final también es una forma sagrada de amar.
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Pasaron los días. Algunos muy difíciles, otros apenas sostenibles. Jornadas llenas de crisis, de dolor intenso, y otras en las que, por momentos, parecía posible simplemente estar. El tiempo comenzó a sentirse distinto, más denso, más frágil.
En medio de ese tránsito, estando a su lado, ocurrió algo que quedó grabado en mi corazón. Mi papá me dijo que pronto se iría. No lo dijo con miedo, sino con una serenidad que desarma. Me dijo que quería darme su bendición.
Me hinqué a los pies de su cama. A pesar del dolor que atravesaba todo su cuerpo, hizo un esfuerzo inmenso por inclinarse hacia mí y bendecirme amorosamente. Fue un gesto lento, consciente, cargado de una fuerza que no venía del cuerpo, sino del alma.
Entonces hablé con él. Le dije, con la verdad nacida del corazón, que había sido un buen hombre. Un hombre profundamente generoso, de esos que dan sin medir, que ayudan sin calcular el retorno, que se entregan desde la convicción íntima de que compartir es una forma natural de estar en el mundo. Le dije que siempre que tuvo la oportunidad de tender una mano, lo hizo, muchas veces sin hacer ruido, sin buscar reconocimiento, movido únicamente por el impulso sincero de ayudar.
Le dije que su vida estuvo marcada por actos de servicio silencioso, por decisiones que beneficiaron a otros, por una generosidad que brotaba desde el amor y no desde la expectativa. Que su manera de dar hablaba de su grandeza interior, incluso cuando no todos supieron verlo, comprenderlo o valorarlo.
También le dije que, aunque tengo pocos parámetros para comparar y afirmar que había sido el mejor padre del mundo porque sólo se tiene uno, sí puedo decir con absoluta certeza que fue el mejor padre que yo pude haber escogido para mí. El que mi alma necesitaba para aprender, crecer y transformarse. Y que, sin duda, también lo fue para mis hermanos.
Le dije que fue el mejor esposo que mi madre pudo haber elegido para caminar la vida a su lado. Un compañero que sostuvo, que proveyó, que permaneció, que amó desde su manera única y auténtica. También reconocí que su matrimonio no estuvo exento de errores, que hubo palabras que pudieron herir y momentos en los que su carácter fue duro. Pero, aun con sus imperfecciones, eligió quedarse. Eligió construir, resistir, volver a intentar. Y que amar durante casi cincuenta y tres años, con luces y sombras, también es una forma profunda de fidelidad.
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Mi padre vino a enseñarme, a veces desde la dureza y el apego, porque así fue como él aprendió a amar y a proteger. Desde la exigencia que busca preparar para la vida, desde el control que nace del miedo a perder, desde la rigidez de quien cree que ser fuerte es la única forma de sobrevivir. En su manera de educar había límites firmes, silencios largos y expectativas altas, no como castigo, sino como una forma de decir: quiero que estés bien, quiero que seas fuerte, quiero que no te falte nada.
Hoy comprendo que esas palabras también venían de sus propias heridas: de una infancia difícil, marcada por la ausencia de sus padres y una niñez vivida en una escuela apostólica, lejos del hogar, lejos del abrazo. Él me enseñó desde lo que supo, desde lo que pudo, desde lo que la vida le permitió aprender.
Otras veces, su enseñanza venía desde un amor que no siempre se decía en palabras, pero que se expresaba de forma constante en los actos. En levantarse cada día para sostener a la familia, en cumplir sin aplausos, en estar presente sin necesidad de ser visto. Su amor estaba en lo cotidiano, en lo práctico, en lo que no hace ruido. Un amor que no abrazaba mucho, pero que nunca abandonaba. Su forma de amar era más parecida a un pilar que a un refugio blando, más estructura que consuelo, más acción que palabra.
Y sí, también aprendí desde palabras que dolieron. Frases dichas sin intención de herir, pero cargadas de su propia historia, de sus carencias, de sus heridas no sanadas. Palabras que, durante mucho tiempo, resonaron en mí como juicio, como distancia, como falta de ternura.
Pero he comprendido que incluso esas palabras formaban parte de su enseñanza. Me mostraron qué duele, qué pesa, qué necesita ser sanado. Me empujaron a buscar una forma distinta de amar. Sin saberlo, él me entregó no solo lo que supo dar, sino también la oportunidad de trascenderlo.
Así fue como me enseñó: no desde la perfección, sino desde la humanidad. No desde un manual, sino desde su propia experiencia. Y hoy, al mirarlo con los ojos del alma, reconozco que cada gesto, cada límite, cada silencio y cada error, fueron piezas necesarias del aprendizaje que mi espíritu vino a vivir junto al suyo.
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Hacia Año Nuevo, él ya estaba muy débil, muy cansado, con mucho dolor a pesar del tratamiento que habían indicado los médicos. Mi madre, por deseo de él, quiso preparar una cena especial para despedir el año. Él decidió convivir en esa celebración tan significativa por última vez con sus hijos, con sus nietos, bisnietos y seres queridos.
Apenas probó bocado. Su cuerpo ya no respondía con la misma fuerza, pero su presencia estaba ahí, consciente, mirando, absorbiendo cada instante.
Después de la cena, pidió algo muy especial. Llamó a uno de sus nietos de corazón —aquel que, aunque no compartiera su sangre, compartía su amor— y le pidió que le cantara su canción favorita. Esa canción que en cada celebración le solicitaba una y otra vez, casi como un ritual familiar. Esta vez no fue la excepción.
Seguramente sabía que sería la última vez que la escucharía con sus oídos.
La canción era “Mi viejo”. Y su nieto la cantó con amor, con emoción, con esa entrega que nace del vínculo verdadero. No era sólo una canción: era un puente entre generaciones, una despedida envuelta en melodía.
Cuando comenzaron los primeros acordes, me levanté para abrazarlo y besar su frente. Todo fue sollozo. Pero no un sollozo desesperado, sino uno necesario. Era como si toda la familia estuviera permitiéndose, por fin, una despedida consciente. En unión. En amor. Sin máscaras.
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En el mes siguiente su estado se fue deteriorando aún más. Y como siempre, su compañera de vida —su amor más grande— no se despegó de él ni un instante. Lo cuidó con una entrega absoluta, con una devoción silenciosa que sólo se entiende cuando se ha amado durante más de medio siglo.
Llegó el momento en que su cuerpo ya casi no respondía. Apenas se movía. Ya no abría los ojos. La respiración era lenta, profunda, como si cada aliento fuera una conversación íntima entre su alma y el misterio.
Hasta que, el 14 de febrero de 2026, pasada la medianoche —en los primeros minutos de ese día—, trascendió.
Pareciera que resistió todo lo que pudo: el dolor, el cansancio, el sufrimiento… para llegar justo a esa fecha. El día en que, junto con mi madre, cumplían 53 años de matrimonio. Su aniversario.
Quiero creer —y así lo siento en el corazón— que deseaba honrar su amor hasta el último instante. Honrar aquella promesa hecha exactamente cincuenta y tres años antes: “hasta que la muerte nos separe”.
Y así fue.
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Ahora él ya no está físicamente.
Lo sepultamos en su pueblo, como fue su voluntad: en Axutla. Un lugar que parece escondido entre cerros, ríos y caminos de tierra, pero que para nosotros es el centro del mundo. Un pueblo que, aunque pequeño en el mapa, es inmenso en memoria y raíces.
El sepelio fue triste y profundamente doloroso, pero también estuvo lleno de amor. Fue hermoso ver a tantas personas acompañarlo, personas que lo conocieron y lo amaron desde distintos lugares de su historia.
Mientras el repicar de las campanas de la iglesia resonaba por todo el pueblo, parecía que no sólo nos despedíamos nosotros, sino que la tierra misma lo llamaba de regreso. Como si los ancestros, el viento, los cerros y el río estuvieran preparados para recibirlo nuevamente en sus brazos.
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Ya frente a su tumba, lo despedimos arrojando la misma tierra que lo vio nacer sobre su ataúd. El sonido de la tierra cayendo tiene algo definitivo, algo que duele en lo más profundo.
Y entonces, una vez más, ocurrió algo profundamente simbólico.
Su nieto volvió a cantar “Mi viejo”. Pero esta vez era diferente. Ya no estaban sus oídos para escucharla, sólo su cuerpo reposando en el ataúd. Aun así, él la escuchó de otra manera, desde el cielo que ya lo estaba recibiendo.
Esta fue la despedida del cuerpo:
Pero no de su amor.
No de sus recuerdos.
No de sus bromas repentinas.
No de sus rabietas.
No de su manera particular de estar en el mundo.
Él vive en nuestra sangre.
En nuestras expresiones.
En nuestros silencios.
El patriarca se ha ido. El hombre que, junto a mi madre, dio vida a tres hijos, nueve nietos y seis bisnietos. Y también a tantos hijos y nietos de corazón que lo amaron como propio.
Su linaje continúa.
Ahora descansas en paz, amado padre.
Tu bendición permanece.
Y yo, de rodillas en el recuerdo, la sigo recibiendo.
— Erik Zúñiga