18/11/2025
LOS NIÑOS DE SPITZ, LA HERIDA INVISIBLE DE LA CARENCIA AFECTIVA.
René Spitz fue uno de esos investigadores que no solo describen la realidad, sino que la desgarran. No trabajó con conceptos abstractos ni con teorías flotantes; trabajó con cuerpos frágiles, con llantos detenidos, con silencios que pesaban más que cualquier diagnóstico. Formado en Viena como psiquiatra, pediatra y psicoanalista, discípulo cercano de la tradición freudiana, llegó a Estados Unidos huyendo del clima europeo previo a la guerra. Allí, en el Hospital General Judío de Nueva York y más tarde en el Orfanato de México, encendió una cámara y dejó que las imágenes hablaran. Lo que filmó se convertiría en uno de los testimonios más crudos y necesarios sobre la vida emocional del ser humano en sus primeras etapas.
Su obra no se limita a artículos; incluye libros como “El primer año de vida del niño” y “El concepto del yo en el psicoanálisis”, pero su legado más estremecedor es el film “El hospitalismo”, donde documentó lo que hoy la psicología moderna entiende como el rostro más cruel de la privación afectiva. Frente a su lente, bebés perfectamente alimentados y atendidos desde lo médico empezaban a decaer como si una sombra invisible los fuera apagando. No tenían fiebre. No tenían infecciones. Tenían algo peor, no tenían amor.
Spitz fue minucioso. Describió primero el anaclitismo, esa dependencia vital del bebé hacia la figura materna o primaria. No una dependencia tóxica, como suelen malinterpretarla algunos adultos, sino una base emocional indispensable. El bebé no nace terminado, su arquitectura psíquica se construye desde afuera hacia adentro. La mirada de la madre, su voz, su contacto, su calor, funcionan como los primeros ladrillos de la identidad. El yo no se forma en el vacío; se forma en los brazos de alguien.
Pero ¿qué pasa cuando esos brazos no están? ¿Qué ocurre cuando la única presencia humana es técnica, distante, rotativa, institucional? Spitz llamó hospitalismo a ese deterioro progresivo que sufren los bebés privados del afecto constante. Lo estudió entre niños que habían sido separados de sus madres por motivos sociales, judiciales o de salud. Lo que observó fue devastador.
En las primeras semanas, los bebés lloraban sin consuelo, como si la garganta intentara retener lo poco que les quedaba de vínculo. Después llegaba una calma sospechosa, dejaban de llorar. No porque mejoraran, sino porque se resignaban. Más tarde perdían peso, tono muscular, gestos espontáneos. Olvidaban habilidades adquiridas, dejaban de balbucear, de fijar la mirada, de responder al contacto. El rostro se volvía plano, casi inmóvil, como si la vida interior hubiera sido desconectada.
Y lo peor es que muchos morían. No de hambre.
No de una enfermedad infecciosa. Morían de ausencia.
Spitz dejó claro que un bebé podía recibir cuidado médico impecable y aun así deteriorarse hasta la muerte si no tenía un vínculo afectivo estable. En su film, los planos son lentos, documentales, sin dramatismo artificial. Y aun así, nada puede ser más dramático que un niño pequeño dejando de existir porque nadie lo abraza. Sus hallazgos fueron ampliados luego por autores como Winnicott, quien habló de la “madre suficientemente buena”, aquella presencia sensible y coherente que funda la seguridad interna del bebé. También por John Bowlby, quien con la teoría del apego demostró que la relación temprana con la figura cuidadora define la manera en que la persona se vinculará durante toda su vida. Sin embargo, Spitz tuvo el mérito sombrío de ser el primero en mostrarlo con evidencia directa, empírica e imposible de ignorar.
Y lo revolucionario de Spitz no fue solo la descripción de síntomas; fue la inversión ética que obligó al mundo a mirar. Hasta entonces, la infancia institucionalizada se veía como una solución, orden, higiene, alimentación. Pero Spitz demostró que podía ser una condena silenciosa. Y que no bastaba con dar leche y techo, había que dar humanidad.
Y esta enseñanza trasciende los orfanatos. Porque hospitalismo no es solo un fenómeno institucional, puede nacer en cualquier casa donde la presencia está pero el afecto no. Un niño criado por padres emocionalmente ausentes, absorbidos por el conflicto, por el estrés, por sus propios duelos, por sus separaciones irreconciliables, puede desarrollar cicatrices similares, retraimiento, tristeza crónica, problemas cognitivos, dificultad para confiar, inhibición afectiva, conductas autodestructivas.
La falta de contacto emocional no siempre mata el cuerpo, pero muchas veces mata la alegría, la creatividad, la confianza básica. Deja un vacío que en la adultez suele ser difícil de nombrar, un hueco primario, un silencio que la persona arrastra sin saber de dónde viene.
La ciencia de Spitz nos obliga a asumir algo incómodo, los niños no son seres resilientes por naturaleza. La famosa frase “los chicos se adaptan” ha sido la coartada emocional de demasiados adultos. Los niños sienten todo. Registran todo. Sufren lo que no pueden entender y cargan lo que no pueden expresar. Spitz lo mostró sin adornos, cuando falta el amor, el desarrollo se detiene. Y cuando se detiene en los primeros años, el mundo interior nunca vuelve a ser el mismo.
Por eso su legado no es solo clínico; es moral. Spitz nos llama a mirar a los niños como seres cuya vida psíquica depende de un otro estable, cálido y presente. A entender que cada abrazo, cada palabra, cada sostén afectivo es una intervención estructurante, tan importante como un alimento o un tratamiento médico..Y nos recuerda que la mayor pobreza no es la económica, sino la afectiva. La mayor negligencia no es la material, sino la emocional. Y la mayor responsabilidad que tiene un adulto ante un niño es simple y enorme, ser su primer hogar.
Un hogar no en el sentido arquitectónico, sino en el sentido profundo, ese lugar donde uno es mirado, sentido, tomado en cuenta. Ese lugar donde la vida psíquica puede empezar a crecer. René Spitz encendió su cámara para que el mundo viera lo que prefería negar. Y desde entonces, su mensaje sigue intacto, duro y verdadero y es que un niño puede vivir con poco, pero no puede vivir sin amor.