21/06/2025
Hace un tiempo, cuando la gente me preguntaba por qué practico yoga, yo comenzaba, a modo de respuesta, una larga enumeración de beneficios físicos, psíquicos y emocionales que aseguraba obtener.
Hoy en día creo que la repuesta más rápida y más corta: porque soy más feliz.
No es un secreto como fue mi primer clase de yoga donde todo me dolía y llegué a casa con un sentimiento de frustración porque en mi mente decía que no pude hacer nada en esa clase. Pero desde hace algunos tiempo entendí que yo no fui buscando hacer yoga. El yoga llegó a mi en el momento justo. Me acerqué sin saber muy bien por qué, o qué buscaba. Pasé por muchos estados en la práctica y como resultado de la práctica en la vida, y si hay algo que está garantizado es que pasaré por muchos más.
Cada vez que despliego mi mat, el yoga abre esa puerta de acceso a mí misma que es el cuerpo, y a través de él me lleva de viaje a lugares de mí que no sabía que existían. Aceptar esa invitación silenciosa es una aventura profunda y fascinante. Quizás la mayor aventura a la que podamos aspirar: conocernos.
El viaje no siempre es placentero. Pero es siempre valioso. Hay días que con facilidad puedo hacer una flexión donde la frente llega hasta las pantorrillas, pero hay días que el cuerpo dice “hoy no quiero”, que incluso forzar la postura es dolorosa. Y de eso se trata de amar cada faceta , de escucharlo lo que tú cuerpo puede en ese momento, abrasarlo y seguir.
Es invitar a todas las partes de mí misma a hacerse presentes, a participar del encuentro. Sin dejar a nadie afuera. Es descubrir un músculo que no se estira. Es encontrarme con la respiración agitada y angustia en la boca del estómago. Es verme una y otra vez temblando en un asana con mi miedo por toda compañía. Y también, es justo decirlo, ser testigo de cómo se fortalecen el abdomen y la voluntad.
Yoga es conocerme sin intermediarios.
Yoga es comprender que la vida tiene dolor. Que lo malo del dolor no es que duele, es la batalla que libro con él. Yoga es comprender que la vida tiene alegría y que la alegría se vuelve agria cuando me aferro a ella con uñas y dientes.
Yoga es comprender que lo que ocurre en mi corazón ocurre en todos los corazones. Yoga es dejar de expulsar a los demás de mi vida, por el contrario, es sacar el candado e incluirlos, con todo lo que eso implica. Yoga es entender que todos, desde un mosquito, el árbol de la esquina, tú y yo, queremos ser felices. Yoga es hacerme cargo de mi felicidad y querer contribuir a la felicidad de todos los seres.
Yoga es empezar a ver los hilos invisibles de esta red que nos une a todos.
Yoga es que me duela a mí el daño que le hago a alguien.
Yoga es descubrir a Dios doblando la esquina.
Cuando digo que soy más feliz no es porque las cosas, ahora, me van siempre como a mí me gustan. Es ver felizmente las cosas como son. Y hacerme amiga de mis rasgos más inaceptables. Y hacer lo mismo con las otras personas.
Y abrir las manos y pedirle a Dios que todo lo que no es necesario se siga soltando, me siga alivianando. Y sentir, y saber, y confiar en que lo que realmente vale la pena, lo que de verdad es valioso, siempre estuvo ahí. Y siempre lo estará. Porque es indestructible.
Yoga nunca se ha tratado de llegar a tocarse los dedos de los pies, sino de todo lo que se aprende en el camino….