26/03/2026
Un hecho reciente en México, donde un adolescente cometió un acto de violencia dentro de su escuela, no solo nos impacta… nos confronta.
Nos confronta con una realidad que durante mucho tiempo hemos intentado suavizar con discursos: no basta con hablar de prevención, necesitamos intervención real, profunda y constante.
Porque estos casos no aparecen de la nada. No son hechos aislados ni inexplicables. Son el resultado de emociones acumuladas, de heridas no atendidas, de silencios prolongados… y de un sistema que, aunque intenta hacer algo, muchas veces se queda corto.
Hoy en día, las escuelas hablan más de emociones. Hay pláticas, campañas, actividades, incluso contenidos en libros de texto. Y sí, eso es un avance.
Pero no es suficiente.
Porque entender qué es la tristeza no enseña a atravesarla.
Porque hablar de empatía no repara una historia de violencia.
Porque escuchar una conferencia no sustituye un espacio terapéutico seguro, constante y profesional.
En la mayoría de las escuelas, la atención psicológica profunda simplemente no existe.
Hay orientadores comprometidos, sí. Pero están rebasados. Atienden a demasiados alumnos, con problemáticas cada vez más complejas, sin el tiempo ni los recursos para dar seguimiento real.
Y entonces, lo que debería atenderse… se posterga.
Lo que debería contenerse… se acumula.
Y lo que debería acompañarse… se silencia.
¿El resultado?
Alumnos que cargan enojo, tristeza, ansiedad o frustración sin saber cómo procesarlo.
Niños y adolescentes que aprenden a sobrevivir emocionalmente, pero no a vivir con bienestar.
Docentes que enfrentan crisis dentro del aula sin herramientas ni respaldo.
Padres que quieren ayudar, pero no saben cómo hacerlo.
Y poco a poco, se construye un escenario donde el riesgo crece… en silencio.
Por eso, hoy más que nunca, es urgente replantear el modelo educativo en México.
Necesitamos integrar psicólogos en las escuelas, no como un recurso ocasional, no como apoyo únicamente académico, sino como parte estructural del sistema.
Profesionales que puedan intervenir, dar seguimiento, contener, escuchar, orientar y trabajar de la mano con alumnos, docentes y familias.
Porque la salud mental no se resuelve con una plática.
Se trabaja, se acompaña y se sostiene en el tiempo.
Incorporar psicólogos en las escuelas no solo protege a los estudiantes, también cuida a los docentes, fortalece a las familias y construye comunidades más sanas.
Educar no es solo transmitir conocimientos.
Es formar seres humanos capaces de entenderse, regularse y vincularse de manera saludable.
Y para lograrlo, la salud mental no puede seguir siendo un complemento.
Tiene que ser una prioridad.
Porque cuando no se atiende a tiempo… las consecuencias no solo se sienten, se lamentan.
Y eso, como sociedad, ya no podemos seguir ignorándolo.
Psicóloga Irene Rocha
MIND Care Center
Colegio de Psicólogos y Psicólogas Victorenses