04/02/2026
Del muro de Julián Hernández
Por qué somos tan necesitados emocionalmente
Desde los primeros momentos de vida, recibimos impactos emocionales a través de nuestros cinco sentidos:
• Vista: la expresión de mamá/papá, sus gestos, su atención o indiferencia → conecta con el Hígado y la Vesícula Biliar. Si percibimos enojo o frustración, aprendemos a contener nuestra rabia o frustración.
• Oído: tonos de voz, palabras, silencios → conecta con Riñón y Vejiga. La inseguridad y el miedo se guardan aquí, moldeando nuestra capacidad de confiar.
• Olfato: aromas familiares o ausentes → Pulmón/Intestino Grueso. La tristeza no expresada, los duelos tempranos, dejan marcas en cómo recibimos o soltamos la vida.
• Tacto: caricias, abrazos o frialdad → Corazón/Intestino Delgado. La alegría bloqueada, el dolor emocional, surgen cuando el contacto físico y emocional fue inconsistente.
• Gusto: alimentación y cuidado → Bazo/Estómago. La preocupación, la sensación de carencia afectiva, la dificultad para recibir nutrición física y emocional nacen aquí.
Cuando estas primeras experiencias generan lesiones afectivas, se instalan patrones de apego:
• Apego ansioso: necesidad intensa de amor y aprobación, miedo al abandono.
• Apego evitativo: rechazo inconsciente a depender o abrirse, miedo a ser herido.
• Apego desorganizado: mezcla de miedo y deseo, confusión emocional.
Cada zona de nuestro rostro, cada color, tensión o brote, es un mensaje de estos primeros impactos emocionales, de cómo nuestro cuerpo recuerda lo que la mente olvidó.
El rostro habla lo que no pudimos expresar, y leerlo nos permite sanar desde adentro, comprender nuestras necesidades y liberarnos de patrones repetitivos.
Somos necesitados emocionalmente porque nuestro cuerpo guarda la memoria de lo que nos faltó o nos dolió, y cada emoción contenida busca ser escuchada y liberada.