28/01/2026
La transferencia y contratransferencia pueden ser un dispositivo difícil y peligroso con los pacientes.
Con profunda tristeza hoy levantamos la voz por el as*****to de la psicóloga Rebeca White, en Orlando, Florida, presuntamente a manos de un ex paciente. Más allá del impacto mediático, este hecho nos confronta con un dolor que atraviesa a toda la comunidad clínica y humana.
Este suceso nos obliga a recordar que el espacio terapéutico no es un territorio neutro ni aséptico. En él se movilizan afectos intensos, transferencias profundas, fantasías de amor, dependencia, odio o abandono. El encuadre clínico existe precisamente para contener esas fuerzas psíquicas; cuando algo de ese lazo se desborda hacia la actuación violenta, no estamos ante “un conflicto personal”, sino ante el fracaso de los diques simbólicos que sostienen la palabra frente al acto.
La violencia no se explica por la práctica clínica, sino por la imposibilidad subjetiva de quien actúa de tramitar su malestar por la vía simbólica. El pasaje al acto aparece allí donde el lenguaje cae, donde el otro deja de ser sujeto y es reducido a objeto de descarga.
Este crimen también nos enfrenta a una realidad dolorosa: quienes cuidan, escuchan y sostienen el sufrimiento ajeno no están exentos de vulnerabilidad. El ideal romántico del terapeuta “fuerte”, “neutral” o “siempre a salvo” se quiebra ante hechos como este. Hay duelo, hay miedo, hay enojo, y hay una tristeza legítima que merece ser nombrada.
Hoy, la nota no es para teorizar en exceso, sino para guardar silencio respetuoso, acompañar el dolor de sus seres queridos y de la comunidad profesional, y recordar que el psicoanálisis, justamente apuesta por la palabra para evitar que el sufrimiento se transforme en destrucción.
Que este hecho no se banalice. Que duela. Y que ese dolor también nos convoque a seguir pensando cómo cuidar mejor los encuadres, a los profesionales y, sobre todo, la vida.