02/01/2026
❤️UN BOLILLO PA’L SUSTO❤️
Hay una escena que se repite cada vez que tiembla en el centro de México y que dice más de nosotros que mil manuales de sociología.
La tierra se mueve.
La gente sale.
El pulso se acelera.
Y alguien, casi siempre una señora o un vecino cualquiera, dice:
“Dale un bolillo”.
Risas.
Memes.
Desdén ilustrado.
El ritual moderno de superioridad moral:
“Jajaja, qué ignorantes”.
Y ahí está el error. El mismo de siempre.
El bolillo no es magia.
Nunca lo fue.
No es superstición.
No es pensamiento premoderno luchando contra la ciencia.
Es algo más incómodo: una solución que funciona sin pedir permiso intelectual.
El susto no es metáfora.
Es cuerpo.
Es adrenalina.
Es temblor fino, vacío en el estómago, respiración desordenada.
Y el bolillo hace algo muy concreto:
– Aporta carbohidrato rápido.
– Obliga a masticar.
– Ancla al cuerpo.
– Baja la activación.
– Devuelve control.
Eso no es creencia.
Es fisiología básica.
Pero como no viene en un PDF, como no lo dice un influencer médico, como no suena elegante, se descarta.
No porque esté mal.
Sino porque lo dijo “la gente”.
Aceptar que el bolillo sirve implicaría:
– Reconocer que el saber popular no es tonto.
– Aceptar que no todo lo eficaz es sofisticado.
– Admitir que el cuerpo sabe cosas que Twitter no.
Y eso incomoda.
Más fácil decir:
“Pinches supersticiones”.
Como si reírse fuera un argumento.
Como si burlarse estabilizara a alguien en shock.
El bolillo no promete trascendencia.
No cura el alma.
No explica el universo.
Solo hace algo muy humilde y muy serio:
te devuelve al cuerpo cuando el mundo se movió.
Y quizá por eso molesta.
Porque no necesita likes.
No necesita estudios que nadie va a leer.
No necesita validación.
Funciona.
Y sigue funcionando.
Cada vez que tiembla.
No es el bolillo en sí.
Es algo simple, comestible y disponible que le diga al cuerpo: ya pasó.
Las civilizaciones no solo se distinguen por lo que saben,
sino por a qué saberes desprecian para sentirse superiores.
El día que entendamos por qué seguimos comiendo bolillo después de un sismo,
entenderemos muchas más cosas
sobre cómo pensamos,
a quién escuchamos,
y por qué seguimos creyendo que pensar bien
siempre tiene que sonar complicado.
A veces no.
A veces solo hay que sentarse,
respirar,
masticar,
y dejar que el cuerpo haga su trabajo.
Aunque el que lo sugirió no tenga permiso para tener razón.
-Tony Rodríguez-
̃onuevo