27/01/2026
Don Ricardo, de 68 años, siempre se consideró un hombre “de roble”. Sin embargo, una mañana de martes, mientras caminaba al mercado, sintió que el mundo se encogía. No fue un dolor agudo, sino un peso opresivo, un “elefante sentado en el pecho” que se irradiaba hacia su mandíbula.
En la sala de urgencias, el diagnóstico fue tajante: Infarto Agudo al Miocardio. Las arterias, tras décadas de trabajo silencioso, habían pedido un alto. Gracias a una intervención rápida, el flujo de sangre volvió a su corazón, pero la cicatriz de la batalla estaba por manifestarse
Días después de la estabilización inicial, cuando la familia empezaba a respirar tranquila, el monitor cardíaco comenzó a cantar una melodía distinta. Don Ricardo no se sentía bien; sentía un “palpitar apresurado”, como si un pájaro estuviera atrapado en su caja torácica.
El equipo médico identificó el problema: Flutter Auricular. El corazón de Ricardo había perdido su brújula rítmica. En lugar de latidos coordinados, las aurículas giraban en un bucle eléctrico incesante, amenazando con cansar a un corazón que ya estaba herido.