12/11/2025
El matrimonio es un gran catalizador de sentimientos que nos guardamos durante nuestro desarrollo, todas las vivencias previas que atravesamos nos dejaron huellas, la mayoría de las cuales fueron imperceptibles en su momento. Sin embargo, al asumir el rol de cónyuges, los filtros se acaban y comenzamos a manifestar lo que por años nos guardamos en el corazón.
Convertimos a nuestra pareja en una proyección de nuestro padre o madre, y de alguna manera, replicamos una relación con la misma dinámica. Creamos expectativas, expresamos afectos, pero también frustraciones y reclamamos los errores.
Con todo esto, de manera asombrosa parece que la historia de nuestra familiar de origen parece repetirse (como un "deja vu"), pero al tener consciencia de ello, estamos a la vez frente a una gran oportunidad. El ciclo puede romperse para crear un nuevo capítulo, aunque no todos están dispuestos a cruzar ese puerta, la del perdón.
Nuestros padres nos dieron lo que tenían, y no me refiero sólo a lo económico, sino a lo emocional, ellos también llegaron a la vida de adulto con una historia familiar, los abuelos igual y así podríamos retroceder en una búsqueda interminable de culpables de generación en generación, o en vez de eso, en humildad decidir perdonar para entonces ser libres.