03/12/2025
𝗛𝗲𝗿𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝘃𝗲𝗻 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗱𝗲𝗳𝗶𝗻𝗲𝗻 𝗻𝘂𝗲𝘀𝘁𝗿𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮.
Tenía unos cinco años cuando acompañé a mi mamá a visitar a una de sus comadres. Recuerdo ese patio como si fuera una fotografía vieja: una silla pequeña de madera, el olor a tierra húmeda y voces de adultos que parecían venir desde muy lejos. Los niños de la casa corrían y jugaban, pero yo preferí quedarme allí, sentado, silencioso, mirando el suelo como si ese fuera mi refugio.
Mientras mi madre y su comadre charlaban, yo me mantenía tan quieto que casi me olvidé de mí mismo… hasta que ellas dejaron de hablar de sus cosas y fijaron la mirada en mí.
—Qué bien portado es tu hijo —dijo la comadre.
—Sí, es muy obediente —respondió mi madre, con ese orgullo que a los niños nos sabe a premio.
Y algo pasó dentro de mí. Aquellas palabras, que parecían tan inocentes, se sembraron en mi mente como una etiqueta invisible: “Eres obediente. Eres tímido. Eres así.” Y yo, niño al fin, pensé que ese rasgo era una virtud absoluta, que ese era el camino para agradar, para pertenecer, para ser querido.
Con el tiempo entendí algo que la psicología moderna explica muy bien: muchas de nuestras creencias más profundas se forman antes de los 7 años. A eso se le llama programación temprana, y define cómo nos vemos y cómo creemos que debemos comportarnos ante el mundo. Sin darnos cuenta, convertimos la aceptación en una especie de contrato silencioso: “Si soy así, me van a querer”.
Crecí tímido. Crecí temeroso. Crecí obedeciendo no solo a las personas, sino también a una identidad que yo mismo había adoptado sin cuestionarla.
Y pasaron muchos años… demasiados.
Hasta que un día, sin una razón dramática ni un gran acontecimiento, simplemente me descubrí pensando:
“¿𝗬 𝘀𝗶 𝗻𝗼 𝘀𝗼𝘆 𝗲𝘀𝗮 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮? ¿𝗬 𝘀𝗶 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗼 𝘀𝗲𝗿 𝗺𝗮́𝘀?”
Ese momento fue mi pequeño despertar. Comprendí algo que ojalas todos pudiéramos aprender antes:
La personalidad no es una jaula. Es una historia que podemos reescribir.
Tuve que ir desarmando creencias una por una:
— Que ser obediente no es lo mismo que ser bueno.
— Que ser tímido no es lo mismo que ser respetuoso.
— Que callar para no incomodar también es una forma de apagar la propia vida.
Me tomó tiempo, claro. A veces, cambiar no duele por lo que dejamos atrás, sino por lo profundamente cómodas que se sienten nuestras viejas cadenas.
Hoy, cuando miro hacia ese patio de mi infancia, no lo hago con reproche. Lo miro con gratitud. Porque en aquel niño sentado y quieto también había fuerza, sensibilidad y una enorme capacidad para reinventarse… solo que él todavía no lo sabía.
Hoy lo sé. Y lo agradezco.
Y si tú también creciste con etiquetas que no elegiste —“tímido”, “fuerte”, “responsable”, “problemático”, “obediente”— recuerda esto:
No estás condenado a ser la versión que otros definieron cuando apenas aprendías a amarrarte los zapatos.
𝗟𝗮 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝘁𝗮𝗱 𝗲𝗺𝗽𝗶𝗲𝘇𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗰𝗶𝗱𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗮𝗿𝘁𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗵𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮 𝗱𝗶𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲.