26/11/2025
🧨 “La intuición falla… ¿o solo sigue un mapa viejo?”
Hay una frase que escuchamos en cada conversación de sobremesa:
“Pinche intuición femenina, nos sirve pa’ todo, menos pa’ escoger bien a un wey.”
Y suena chistosa… pero es falsa. Brutalmente falsa.
La intuición no es magia, ni mala suerte, ni un radar averiado.
La intuición es neurociencia filtrada por historia emocional.
Y ahí está el núcleo del problema.
Porque lo que solemos llamar “intuición” muchas veces es una mezcla de:
Patrones aprendidos desde la infancia (a veces heredados, a veces repetidos).
Vínculos tempranos que condicionan cómo interpretamos el afecto.
Memorias emocionales que se activan antes de que la razón alcance a decir “oye, ahí no es”.
Lealtades invisibles que nos empujan hacia lo familiar, aunque duela.
Creencias inconscientes sobre lo que “merecemos”.
Por eso, cuando escogemos a alguien, no elige la intuición…
elige la historia no resuelta.
Lo interesante es que las investigaciones más recientes en psicología clínica, apego y neurociencia afectiva dicen algo potentísimo:
👉 La intuición funciona perfectamente… cuando no está secuestrada por heridas viejas.
👉 Cuando sanas adentro, tu brújula interior deja de apuntar al desastre y empieza a apuntar a lo que sí.
Y entonces la frase cambia.
Ya no es “no sé escoger”.
Es: “Ah, esto no era intuición… era programación.”
Y cuando esa programación se actualiza —cuando entiendes de dónde vienen tus elecciones, por qué te prende lo que te prende y por qué confundes intensidad con vínculo— algo cambia.
No se siente como que alguien te enseñe a elegir.
Se siente como si, de pronto, la vida dejara de repetirse.
Como si tus ojos vieran cosas que antes estaban desenfocadas.
Como si tu cuerpo, sin pelear, sin pensarlo tanto, supiera exactamente hacia dónde sí.
Eso es lo que pasa cuando trabajas adentro.
No te dicen a quién escoger.
Es más sutil.
Más profundo.
Más tuyo.
Solo recuperas la capacidad de sentir lo que siempre estuvo ahí, pero enterrado bajo historias que ya no te pertenecen.