10/12/2024
Ayer me llevaron al bebé de un mes porque tenía fiebre. O al menos eso decía termómetro.
Lo traían en brazos, papá, mamá y tía Gertrudis. Ya saben, en todas las familias tenemos una tía Gertrudis que se encarga de envolver al bodoque en dos o tres cobijas más de las necesarias.
Cuando terminé de quitarle todas las cobijas, los guantes, el doble calcetín, el gorro, el mameluco y los tres pañaleros, encontré un bebito empapado en sudor, con el pelito apelmazado en la frente, somnoliento y sí, con fiebre.
No obstante, a cada prenda que le retiraba, venía un sobresalto de la madre, un respingo del padre y una interjección de tía Gertrudis. Realmente se angustiaban, a pesar de que a los 24 grados centígrados en el interior de mi consultorio, el pequeño se estaba cocinando en sus jugos.
Mi termómetro marcó 37.9 grados.
Lo terminé de desvestir y lo revisé cuidadosamente. El pequeño despertó y sonrió, supongo que agradecido. Estaba clínicamente sano. La fiebre en estos casos se produce por el exceso de abrigo. Los bebés no controlan bien su temperatura, son lábiles.
A los 20 minutos de estar sólo con el pañalero, la temperatura dio 36.8 grados. No, les aseguro que no se resfrió.
“Una capa más que el adulto” les dije. “Esa es la regla. Si no hace frío, no abriguen”.
No sé si me van a hacer caso. La compulsión por sobreabrigar parece ser instintiva. De ser así, mejor sí vayan en contra del instinto.
Pobres bebés.
¡Saludos!