07/04/2025
Nadie nos preparó para ver envejecer a nuestros padres!
Pasamos gran parte de nuestra vida viéndolos como héroes y heroínas, figuras inquebrantables que todo lo pueden. Hasta que un día, casi sin darnos cuenta, algo cambia.
El padre fuerte y decidido ahora se pierde en sus pensamientos, protesta en voz baja y habla de cosas sin sentido. La madre incansable empieza a olvidar palabras, se frustra con facilidad y se irrita sin razón aparente. ¿Cuándo ocurrió? ¿En qué momento dejaron de ser los pilares inquebrantables de nuestro hogar?
Envejecieron… Nuestros padres envejecieron. Y nadie nos había preparado para ello.
De pronto, pierden esa compostura que siempre los definió. Se vuelven más frágiles, más vulnerables, con manías que no entendemos. Se cansaron de cuidar y ser ejemplo; ahora es su turno de ser cuidados y mimados por nosotros. Tienen muchas historias vividas y, cuando la memoria les falla, las reinventan. Ya no hacen grandes planes, prefieren pequeñas aventuras, como darse el gusto de comer lo que el médico les prohibió.
Los vemos más lentos, más distraídos, más nostálgicos. Pero no están caducos… Los caducos somos nosotros, que nos resistimos a aceptar el ciclo natural de la vida. Nos cuesta ver que quienes fueron nuestra fortaleza ahora necesitan la nuestra. Nos desespera su fragilidad, nos impacienta su torpeza con la tecnología, nos fastidia escuchar la misma historia una y otra vez.
Nos enoja, pero en el fondo es miedo. Miedo a perderlos. Miedo a perdernos. A darnos cuenta de que nosotros también envejeceremos.
Es hora de dejar de exigirles lo imposible y, en cambio, devolverles lo que tanto nos dieron: paciencia, amor y comprensión. Porque si alguna vez fueron nuestros héroes, ahora nos toca a nosotros ser los suyos.