31/01/2026
🟧🤍🟧 EL PECADO DE TENER UN CORAZÓN BLANDO (con TDAH).
Cuando el dolor empezó en casa.
Antes de buscar nombres para lo que le pasa o discutir por la pastilla y las notas del colegio, hagamos algo que te revuelva el estómago. Hagamos preguntas de esas que se quedan vibrando en el silencio de los pasillos.
¿Cuándo fue la última vez que usaste tu voz como un látigo para marcarle el cuerpo sin tocarlo? ¿En qué momento decidiste que era buena idea burlarte de su físico o de su torpeza, olvidando que él se mira en tus ojos para saber quién es? Dime, ¿cuándo fue que reemplazaste su nombre por etiquetas como 'vago', 'estorbo' o 'bueno para nada', y esperaste que después de eso él te sonriera?
¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste sentir que vivir en tu casa es un favor que te debe y no un derecho que tiene? ¿Cuántas veces has descargado en su cara una furia que no era suya, gritándole por tus propios fracasos mientras él se hacía pequeño frente a ti? ¿Cuándo fue que las amenazas de echarlo a la calle o el espectáculo de tus gritos con su madre se volvieron el ruido de fondo de su infancia? No lo ignores: cada vez que restaste valor a su mundo, le enseñaste que su refugio es, en realidad, su primera trinchera.
Y sí… podemos seguir. Muchas preguntas más. Demasiadas. Pero este texto no es para acusar. Es para detenernos. Porque hay algo que muchos padres no saben (o no quieren ver): el corazón emocional de una persona con TDAH es blando. No débil. Blando.
Eso significa que no rebota. No se endurece con facilidad. No olvida rápido. Cada palabra queda. Cada gesto se imprime. Cada herida se suma. Y no, no todo empieza en la escuela. No todo empieza afuera. Muchas veces, todo empieza en casa.
Empieza con frases que parecían normales. Con gritos que se justificaron por el cansancio. Con amenazas que “nunca se cumplirían”. Con comparaciones y silencios. Nada de eso es menor en un niño con TDAH. Nada. Porque en el TDAH lo emocional no tiene marcha atrás; no hay botón de borrar, no hay un “ya pasó”. Lo que dolió… dolió. Y se quedó.
Esto no va de culpas. Va de responsabilidad emocional. Va de aceptar que el entorno (empezando por los padres) puede sanar… o puede romper. La genética puede explicar el TDAH, pero no explica la depresión.
La depresión aparece cuando un niño sensible crece sintiendo que molesta, que estorba, que decepciona o que nunca es suficiente. Y eso no lo enseña el ADN. Eso lo enseña la experiencia. Si algo de este texto incomoda, no es para atacar; es porque toca una verdad que casi nadie quiere mirar.
Aquí viene lo más duro de aceptar: muchas personas con TDAH no son salvadas emocionalmente por sus padres. Son salvadas por terceros. Un profesor que sí escuchó. Una amiga que no juzgó. Una pareja que no gritó. Un terapeuta que sostuvo. Mientras tanto, la familia (sin darse cuenta) pasó a ser un acompañante lejano: presente en lo cotidiano, pero ausente en lo emocional.
Eso duele. Duele aceptarlo y duele leerlo. Pero duele mucho más vivirlo. Porque cuando un niño con TDAH aprende que fuera de casa es más seguro sentir, algo se quiebra para siempre. La genética no explica eso, ni el diagnóstico lo justifica. Lo explica el entorno, la historia y todo lo que no se reparó a tiempo.
A veces nos escudamos en que "a nosotros nos criaron así y estamos bien". Pero estar bien no es solo producir o sobrevivir; estar bien es no cargar con un vacío que se intenta llenar con impulsividad o aislamiento. Un niño que no encuentra validación en sus padres, sale al mundo con un radar averiado, buscando desesperadamente en extraños la aprobación que le fue negada en su mesa. El TDAH ya es una batalla ruidosa por dentro; no permitamos que el hogar sea un campo de batalla por fuera.
La verdadera reparación no empieza con un "perdón si te dolió", sino con un "te creo". Reparar es mirar a ese hijo a los ojos y admitir que nuestras sombras fueron más grandes que su luz en aquel momento. Es entender que su cerebro funciona distinto, pero su corazón siente con una intensidad que a veces nos aterra porque nos obliga a ser mejores de lo que estamos listos para ser. El amor en el TDAH no es solo paciencia, es presencia absoluta en medio del caos.
Y aún así, si estás leyendo esto como madre o padre, no es tarde. Nunca lo es. Pero el primer paso no es defenderse; es reconocer. Porque en el TDAH, quien no es cuidado en casa, aprende a sobrevivir lejos de ella.
Ese corazón blando de tu hija o hijo siempre estará ahí, aunque intenten cubrirlo con capas de rebeldía o silencio. Y si crees que exagero, si piensas que es 'poca cosa', pregúntate: ¿Cuántas veces lo viste llorar de la nada? ¿Cuántas veces lo escuchaste sollozar en su cuarto, a escondidas, para no molestarte más?
Y si no lo has visto, no es porque no pase; es porque hay demasiado dolor guardado debajo de esa piel que tú mismo ayudaste a endurecer. Vaya que yo soy TESTIGO DE ELLO. He visto cómo se derrumban frente a mí, cómo las lágrimas que te esconden a ti inundan mi pantalla. He visto el peso de ese secreto que no se atreven a llevar a tu mesa. Reparar no es una opción, es una emergencia.
👤Pablo G.✌🏻
Escribo esto porque en cada videollamada recibo verdades que a ustedes les llegarían como un latigazo. Me parte el alma apagar el monitor y quedarme a solas con el secreto de un hijo que se siente un estorbo en su propia casa porque está harto de intentar ser "perfecto" para que dejen de gritarle. Yo escucho lo que ellos ya no se atreven a decirles a ustedes; escribo para que repares ese vínculo hoy, antes de que tu hijo aprenda a sobrevivir siendo un extraño bajo tu mismo techo, o próximo a irse.
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🙏🏻 Sigo respondiendo sus mensajes.