Empieza de a 3

Empieza de a 3 Consejería Familiar AUTISMO - TDAH - La crianza es un viaje lleno de desafíos.

Aquí compartiré el "por qué" de muchas de tus preguntas de una forma clara y sincera. Con amor y fuerza podemos superar cualquier obstáculo, que NADIE te diga lo contrario.

🟧🤍🟧 EL PECADO DE TENER UN CORAZÓN BLANDO (con TDAH).Cuando el dolor empezó en casa.​Antes de buscar nombres para lo que ...
31/01/2026

🟧🤍🟧 EL PECADO DE TENER UN CORAZÓN BLANDO (con TDAH).

Cuando el dolor empezó en casa.

​Antes de buscar nombres para lo que le pasa o discutir por la pastilla y las notas del colegio, hagamos algo que te revuelva el estómago. Hagamos preguntas de esas que se quedan vibrando en el silencio de los pasillos.

¿Cuándo fue la última vez que usaste tu voz como un látigo para marcarle el cuerpo sin tocarlo? ¿En qué momento decidiste que era buena idea burlarte de su físico o de su torpeza, olvidando que él se mira en tus ojos para saber quién es? Dime, ¿cuándo fue que reemplazaste su nombre por etiquetas como 'vago', 'estorbo' o 'bueno para nada', y esperaste que después de eso él te sonriera?

​¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste sentir que vivir en tu casa es un favor que te debe y no un derecho que tiene? ¿Cuántas veces has descargado en su cara una furia que no era suya, gritándole por tus propios fracasos mientras él se hacía pequeño frente a ti? ¿Cuándo fue que las amenazas de echarlo a la calle o el espectáculo de tus gritos con su madre se volvieron el ruido de fondo de su infancia? No lo ignores: cada vez que restaste valor a su mundo, le enseñaste que su refugio es, en realidad, su primera trinchera.

Y sí… podemos seguir. Muchas preguntas más. Demasiadas. Pero este texto no es para acusar. Es para detenernos. Porque hay algo que muchos padres no saben (o no quieren ver): el corazón emocional de una persona con TDAH es blando. No débil. Blando.

Eso significa que no rebota. No se endurece con facilidad. No olvida rápido. Cada palabra queda. Cada gesto se imprime. Cada herida se suma. Y no, no todo empieza en la escuela. No todo empieza afuera. Muchas veces, todo empieza en casa.

Empieza con frases que parecían normales. Con gritos que se justificaron por el cansancio. Con amenazas que “nunca se cumplirían”. Con comparaciones y silencios. Nada de eso es menor en un niño con TDAH. Nada. Porque en el TDAH lo emocional no tiene marcha atrás; no hay botón de borrar, no hay un “ya pasó”. Lo que dolió… dolió. Y se quedó.

Esto no va de culpas. Va de responsabilidad emocional. Va de aceptar que el entorno (empezando por los padres) puede sanar… o puede romper. La genética puede explicar el TDAH, pero no explica la depresión.

La depresión aparece cuando un niño sensible crece sintiendo que molesta, que estorba, que decepciona o que nunca es suficiente. Y eso no lo enseña el ADN. Eso lo enseña la experiencia. Si algo de este texto incomoda, no es para atacar; es porque toca una verdad que casi nadie quiere mirar.

Aquí viene lo más duro de aceptar: muchas personas con TDAH no son salvadas emocionalmente por sus padres. Son salvadas por terceros. Un profesor que sí escuchó. Una amiga que no juzgó. Una pareja que no gritó. Un terapeuta que sostuvo. Mientras tanto, la familia (sin darse cuenta) pasó a ser un acompañante lejano: presente en lo cotidiano, pero ausente en lo emocional.

Eso duele. Duele aceptarlo y duele leerlo. Pero duele mucho más vivirlo. Porque cuando un niño con TDAH aprende que fuera de casa es más seguro sentir, algo se quiebra para siempre. La genética no explica eso, ni el diagnóstico lo justifica. Lo explica el entorno, la historia y todo lo que no se reparó a tiempo.

A veces nos escudamos en que "a nosotros nos criaron así y estamos bien". Pero estar bien no es solo producir o sobrevivir; estar bien es no cargar con un vacío que se intenta llenar con impulsividad o aislamiento. Un niño que no encuentra validación en sus padres, sale al mundo con un radar averiado, buscando desesperadamente en extraños la aprobación que le fue negada en su mesa. El TDAH ya es una batalla ruidosa por dentro; no permitamos que el hogar sea un campo de batalla por fuera.

La verdadera reparación no empieza con un "perdón si te dolió", sino con un "te creo". Reparar es mirar a ese hijo a los ojos y admitir que nuestras sombras fueron más grandes que su luz en aquel momento. Es entender que su cerebro funciona distinto, pero su corazón siente con una intensidad que a veces nos aterra porque nos obliga a ser mejores de lo que estamos listos para ser. El amor en el TDAH no es solo paciencia, es presencia absoluta en medio del caos.

Y aún así, si estás leyendo esto como madre o padre, no es tarde. Nunca lo es. Pero el primer paso no es defenderse; es reconocer. Porque en el TDAH, quien no es cuidado en casa, aprende a sobrevivir lejos de ella.

Ese corazón blando de tu hija o hijo siempre estará ahí, aunque intenten cubrirlo con capas de rebeldía o silencio. Y si crees que exagero, si piensas que es 'poca cosa', pregúntate: ¿Cuántas veces lo viste llorar de la nada? ¿Cuántas veces lo escuchaste sollozar en su cuarto, a escondidas, para no molestarte más?

Y si no lo has visto, no es porque no pase; es porque hay demasiado dolor guardado debajo de esa piel que tú mismo ayudaste a endurecer. Vaya que yo soy TESTIGO DE ELLO. He visto cómo se derrumban frente a mí, cómo las lágrimas que te esconden a ti inundan mi pantalla. He visto el peso de ese secreto que no se atreven a llevar a tu mesa. Reparar no es una opción, es una emergencia.

👤Pablo G.✌🏻


Escribo esto porque en cada videollamada recibo verdades que a ustedes les llegarían como un latigazo. Me parte el alma apagar el monitor y quedarme a solas con el secreto de un hijo que se siente un estorbo en su propia casa porque está harto de intentar ser "perfecto" para que dejen de gritarle. Yo escucho lo que ellos ya no se atreven a decirles a ustedes; escribo para que repares ese vínculo hoy, antes de que tu hijo aprenda a sobrevivir siendo un extraño bajo tu mismo techo, o próximo a irse.

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🧠✖️🌩️ IMPULSIVIDAD EN EL TDAH: UN CEREBRO QUE ACTÚA ANTES DE PENSAR​Cuando la vida adulta llega con una factura que no s...
30/01/2026

🧠✖️🌩️ IMPULSIVIDAD EN EL TDAH: UN CEREBRO QUE ACTÚA ANTES DE PENSAR

​Cuando la vida adulta llega con una factura que no sabe de diagnósticos, sino de consecuencias... ESTO ES LO QUE VIENE.

​La impulsividad en la adultez con TDAH no hace ruido. No grita, no se anuncia, no lleva cartel. Simplemente ocurre. Se cuela en decisiones que parecen voluntarias, en elecciones que desde afuera se juzgan como errores, en actos que otros atribuyen a falta de carácter, inmadurez o irresponsabilidad.

​Pero no. En muchos casos no es eso. Es un cerebro que responde antes de pensar, que actúa antes de frenar, que siente antes de medir consecuencias. Y cuando la adultez llega, ya no hay maestros que observen, ni padres que protejan, ni diagnósticos que expliquen. Solo hay consecuencias.

​Esa impulsividad tiene rostros distintos según quién la cargue. En él, se ve en el semáforo que decide saltar porque la espera le quema, en el "me rindo" que le suelta al jefe tras una crítica mínima antes de tener otro empleo, o en ese puñetazo a la mesa que corta una discusión pero rompe la confianza de su familia. Es la impulsividad que se nota, la que choca, la que se confunde con prepotencia.

​En ella, el riesgo es más silencioso pero igual de devastador. Es el "sí" impulsivo a una carga de trabajo que sabe que no puede cumplir solo por evitar el conflicto del "no", es la compra compulsiva de un curso o un objeto que promete "arreglarle la vida" en un momento de desesperación, o ese mensaje de texto hiriente que envía a su pareja en un pico de desregulación emocional y que borra un segundo después, cuando el daño ya caló.

​Ellas a menudo han aprendido a camuflarse, a sonreír mientras por dentro el impulso las devora, pagando con una fatiga crónica el precio de parecer "normales". Deudas que aparecen casi sin darse cuenta. El clic de “comprar” como una pausa al ruido interno, como una dopamina rápida que calma por minutos una mente acelerada. Luego viene la culpa, el miedo, el cálculo tardío. Pero el daño ya está hecho.

​No fue irresponsabilidad financiera, fue dificultad real para inhibir el impulso en el momento exacto en que debía frenarse. Las decisiones apresuradas también se visten de valentía. Renuncias abruptas, cambios de rumbo radicales, mudanzas sin red, proyectos que nacen con una intensidad hermosa y se abandonan con el mismo fuego.

​Desde afuera parece inconstancia; desde adentro, es urgencia. La sensación de que si no se hace ahora, se pierde para siempre. El TDAH adulto no vive bien con la espera. La espera duele. La pausa angustia. Y entonces se actúa. En las relaciones, la impulsividad se vuelve más peligrosa. Amores intensos, palabras dichas sin filtro, rupturas devastadoras que ocurren en un pico emocional.

​No porque no haya amor, sino porque regular la emoción en el instante crítico cuesta el doble. Se dice lo que no se quería decir, se rompe lo que se quería cuidar, se reacciona desde la herida y no desde la reflexión. El consumo también entra en este juego silencioso. No siempre desde la adicción clásica, sino desde el uso impulsivo para calmar, para dormir, para apagar, para sentir algo distinto.

​Sustancias, comida, s**o, pantallas, trabajo excesivo. Todo aquello que regala una gratificación inmediata se vuelve tentador para un cerebro que vive en déficit de freno. No es debilidad moral. Es neurobiología sin acompañamiento. Los cambios bruscos suelen ser la parte más visible. Personas que un día son una cosa y al siguiente otra. Que parecen reinventarse constantemente, que queman etapas, que se cansan rápido, que huyen sin saber bien de qué.

​No es falta de identidad. Es dificultad para sostener cuando el impulso inicial se apaga y llega la constancia, ese territorio donde el TDAH adulto suele sentirse perdido y solo. Lo más injusto es el juicio. “Ya es grande”, “ya debería saber”, “eso no es excusa”. Como si el diagnóstico caducara con la edad. Como si cumplir años enseñara automáticamente a frenar impulsos que nunca se aprendieron a regular.

​Muchos adultos con TDAH crecieron escuchando que eran exagerados, intensos, problemáticos. Nadie les enseñó a pausar, a anticipar, a regular. Solo les exigieron. Por eso, cuando trabajo con familias y respondo sus preguntas, incluso en algo tan cotidiano como un audio de WhatsApp, siempre hay algo que digo antes de avanzar.

​No como advertencia, sino como cuidado. En el TDAH hay que tener especial atención con las emociones y con la impulsividad, porque cuando ambas se aceleran, cualquier decisión, palabra o reacción puede terminar haciendo más daño del que se pretendía evitar. Ese recordatorio previo no es casual: es una forma de frenar a tiempo, de no responder desde el impulso, de proteger vínculos, procesos y personas antes de que las consecuencias vuelvan a caer siempre sobre los mismos.

​Y entonces llega la adultez con su factura completa. Problemas legales, económicos, laborales, afectivos. Y la persona se culpa. Se llama a sí misma desastre, error, problema. Sin entender que no es falta de valores. No es falta de amor. No es falta de ganas. Es dificultad para frenar en el segundo exacto en que el cerebro neurotípico sí puede hacerlo.

​Hablar de impulsividad adulta con TDAH no es justificarlo todo. Es comprender para intervenir. Es dejar de moralizar y empezar a acompañar. Es entender que el riesgo más grande no es el impulso en sí, sino la soledad con la que se vive cuando nadie lo nombra, nadie lo explica y nadie ofrece herramientas reales.

​Porque el verdadero riesgo invisible no es endeudarse, ni amar de más, ni equivocarse. El riesgo es pasar la vida creyendo que uno es el problema, cuando en realidad lo que faltó fue comprensión, apoyo y tiempo para aprender a frenar sin romperse.

👤Pablo G.✌🏻


Escribo esto porque lo veo cada día en mi labor: la impulsividad no es un "error de crianza", es un motor sin frenos que termina chocando contra la vida adulta. Si al leer esto te viste a ti o viste a tu hijo, no lo ignores. Mi intención no es alarmarte, sino evitar que la factura llegue cuando ya no haya diagnósticos que valgan. Criar con TDAH es agotador, pero si el impulso ya está ganando la batalla y el silencio en casa es lo único que queda, es momento de intervenir. No permitas que el impulso rompa lo que todavía estás a tiempo de cuidar.

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⚪ ⚫⚪ EL SILENCIO QUE NO ES PAZ 🤫🖐🏻​Cuando un hijo se vuelve invisible, no es que haya aprendido a vivir; es que ha dejad...
29/01/2026

⚪ ⚫⚪ EL SILENCIO QUE NO ES PAZ 🤫🖐🏻

​Cuando un hijo se vuelve invisible, no es que haya aprendido a vivir; es que ha dejado de intentarlo con nosotros.

​El silencio no es bienestar. En muchos chicos con TDAH el silencio no aparece de golpe, se aprende. Empieza cuando ser expresivo cansa al entorno, cuando pedir ayuda genera tensión, cuando insistir trae más correcciones que contención. Poco a poco dejan de molestar, de pedir, de exigir. Desde afuera eso se ve como calma, pero desde adentro muchas veces es una retirada silenciosa.

​Imagina a esa niña que siempre perdía los útiles y preguntaba mil veces cómo hacer la tarea. Un día, simplemente deja de preguntar. El cuaderno llega vacío, pero ella no dice nada. Preferimos pensar que es distracción, pero la realidad es que aprendió que su duda genera un suspiro de agotamiento en su mamá o una mirada de reproche en su profesor. Prefiere el cero en la nota que el peso de sentirse una carga. O ese niño que llegaba del colegio con una injusticia atravesada en el pecho; antes explotaba y pedía explicaciones, ahora entra directo a su cuarto y se pone los audífonos. Afuera decimos con alivio que "por fin está controlando sus impulsos", pero adentro él está procesando solo una carga que no sabe llevar, convencido de que su voz solo trae problemas.

​Este silencio es, en realidad, un luto por la confianza perdida en el otro. Es el momento en que el niño entiende que su intensidad es "demasiado" para quienes lo rodean y decide que lo más seguro es podar su propia personalidad. Lo que muchos llaman madurez es una coraza de autoprotección: prefieren habitar un vacío absoluto antes que arriesgarse a ser señalados otra vez. El ruido que antes nos molestaba era su forma de decirnos "aquí estoy, necesito que me veas". Cuando ese ruido se apaga sin que haya una solución real de fondo, lo que queda es un chico que ha decidido que es mejor ser invisible para no ser rechazado.

​Con los años ese silencio cambia de forma, pero no desaparece; se endurece. En la adolescencia ya no se trata de obedecer, sino de guardarse bajo llave. Hablan menos, explican menos, prefieren no discutir porque saben exactamente cómo termina la conversación: con ellos sintiéndose inadecuados. Sienten muchísimo, pero comunicar se vuelve un gasto de energía que ya no están dispuestos a pagar. El joven que ya no pelea por la hora de llegada ni por el orden de su cuarto no es que esté de acuerdo, es que ya no quiere gastarse en intentar explicar su desorganización interna para terminar recibiendo un sermón sobre la falta de voluntad. Es el silencio del que ya se dio por vencido en la tarea de ser comprendido, un aislamiento que los deja vulnerables frente a un mundo que no perdona la diferencia.

​Al llegar a la adultez, ese mutismo se convierte en una armadura pesada y dolorosa. Me toca ver a diario cómo llegan a virtualidad adultos con el alma llena de nudos, cargando dolores emocionales que han estado bajo llave por décadas. Son personas que aprendieron a funcionar como sombras, desconectados de sus propios deseos porque toda la vida se les pidió que "no incomodaran". En mi acompañamiento, he comprobado que cuando encuentran un espacio donde su intensidad no es juzgada, donde su caos es validado y donde por fin alguien se sienta a escuchar sin el dedo levantado, ese silencio se rompe. No se rompe con ruido, sino con lágrimas de alivio. Con una buena conexión, esos dolores empiezan a liberarse, porque por primera vez descubren que no tienen que apagarse para ser aceptados.

​Este repliegue tiene un precio altísimo. Como adultos, debemos aprender a leer la diferencia entre la quietud de quien está tranquilo y el mutismo de quien está exhausto. No celebremos la ausencia de conflicto si el costo es la ausencia de vínculo. Tenemos que estar dispuestos a recuperar el ruido, a validar la intensidad y a pedir perdón si fuimos nosotros quienes les enseñamos que callar era la única forma de ser aceptados. Cuidemos que el silencio de nuestros hijos sea porque están tranquilos, y no porque se cansaron de intentar que los entendamos.

​👤 Pablo G.✌🏻


​P.D. Cada post que escribo nace de mi lectura fina en la neurodivergencia con cada ser humano que atiendo; sé que muchos de ustedes siempre se encuentran y se reconocen en mis palabras. Mi intención aquí no es darte miedo, sino abrirte los ojos ante lo real que es la neurodivergencia. Tener un hijo con TDAH es complicado, lo sé, pero cuando él o ella cierran sus puertas y el silencio se vuelve el único lenguaje, es momento de pedir real ayuda.

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🍊TDAH ⚫🟨  EL PELIGRO DE LA ADOLESCENCIA TARDÍA: Enero se acaba y tu hijo sigue atrapado en lo mismo.Enero suele ser el m...
26/01/2026

🍊TDAH ⚫🟨 EL PELIGRO DE LA ADOLESCENCIA TARDÍA: Enero se acaba y tu hijo sigue atrapado en lo mismo.

Enero suele ser el mes de las grandes promesas, pero para quienes convivimos con el TDAH en jóvenes y adultos, es el mes donde la realidad golpea con una frialdad insoportable. Los procesos vuelven a interrumpirse y esa sensación de que el tiempo se escurre entre los dedos se instala de nuevo en la mesa del comedor. Solo hace falta mirar su cuarto para entenderlo: esa imagen del desorden, de la ropa acumulada, de los proyectos empezados y abandonados sobre el escritorio, es el reflejo exacto de lo que ocurre dentro de su cabeza.

Estamos frente a una adolescencia tardía que no se cura cumpliendo años. Científicamente, sabemos que el cerebro con TDAH puede presentar un retraso en la maduración de las funciones ejecutivas de hasta un 30% respecto a su edad cronológica. Esto significa que tienes a un adulto de 25 años con la capacidad de autorregulación y constancia de un adolescente de 17. No es un capricho, es una realidad neurológica: su "freno" y su "motor de largo plazo" no están sincronizados con el calendario. Mientras el mundo le exige que se comporte como el hombre o la mujer que dice su DNI, su cerebro sigue luchando por gestionar la frustración de un niño.

Inician estudios, trabajos o rutinas con una convicción que parece inquebrantable, pero a las pocas semanas algo se corta de tajo. Aparece un nuevo interés, una idea que brilla más que la anterior o una promesa interna de que ahora sí encontraron su verdadero camino, y lo anterior queda ahí, tirado, como un cadáver más en el historial de cosas inconclusas. El desinterés existe, y aunque no es total ni permanente, es lo suficientemente fuerte como para romper la continuidad que la vida adulta exige.

Esta incapacidad de sostener genera un dolor sordo que nadie ve. Cuando el joven o la chica intentan encajar y fracasan una y otra vez, el agotamiento es tal que empiezan a buscar "anestesia". Aquí es donde la adolescencia tardía se vuelve peligrosa: si no hay un acompañamiento que entienda esta brecha, el refugio será lo inmediato. Los videojuegos, el aislamiento extremo o el consumo de sustancias no aparecen por vicio inicial, sino como un intento desesperado de apagar el ruido de una mente que se siente defectuosa.

A veces hablamos de adultos de 25, 30 o incluso 40 años. Son perfiles diferentes, pero todos cargan con el peso de muchísimos años de frustración acumulada sobre sus hombros. Es aquí donde muchas familias, presas del pánico, llegan pidiendo prisa, exigiendo soluciones mágicas para "ayer". Pero son justamente esas familias las que más deben aprender a esperar. Su presión actual es la misma presión que asfixió a sus hijos durante años. Les dieron todo lo que quisieron, pero cuando la vida se complicó y llegaron las facturas de la adultez, los apuros por encontrar una salida rápida solo sirvieron para confundirlos más. No les dijeron lo que semana a semana yo, Pablo, les explico: que el tiempo del DNI no es el tiempo del cerebro.

Es un proceso de reconstrucción que no entiende de prisas externas. A veces el avance parece lento porque estamos tocando puntos que abren la puerta a diez conflictos más; estamos llenando esa cabeza de conciencia y de una comprensión cruda de las consecuencias que antes no existía. Es un trabajo de saturación que busca sostener lo que antes se caía solo. Mientras ese trabajo ocurre, la diferencia es clara: hay una mente en formación, frente a otra que afuera sigue sin nada, hundiéndose en un vacío absoluto porque nadie logra acercarse a ella sin que estalle la guerra en casa.

​La mayoría de estos hijos e hijas saben que abandonan y saben que repiten la misma historia cada año. Por eso eligen el silencio, un aislamiento que muchos padres confunden con flojera. Ese error de interpretación es el que fractura la relación para siempre. Llega un punto en que el TDAH ya no está en manos de los padres. Si no se comprende esta adolescencia tardía hoy, los quiebres reales se verán cuando la red familiar esté agotada y el margen para volver a empezar se haya terminado.

👤Pablo G.


Abordaje y Estrategia para familias con TDAH y Autismo
📱WhatsApp: +51 952 037 361



Revisión de mensajes de noviembre 2025, diciembre 2025 y enero 2026 al 70% (yo no borro sus mensajes, no se sorprendan si respondo).

🤍 Seguir aunque el cuerpo pida parar...​A pesar de la enfermedad, del dolor físico y emocional, de las malas rachas que ...
24/01/2026

🤍 Seguir aunque el cuerpo pida parar...

​A pesar de la enfermedad, del dolor físico y emocional, de las malas rachas que parecen no terminar, del peligro y de las adversidades que se acumulan sin pedir permiso, los padres y madres con hij@s neurodivergentes seguimos. No porque seamos héroes, sino porque no tenemos el lujo de rendirnos. Estos últimos días estuve ausente y sin comunicación porque, a veces, la vida golpea de una forma que te deja sin palabras y sin explicaciones para dar. Simplemente, hay que sobrevivir al momento.

​Seguimos incluso cuando el cuerpo duele, cuando el ánimo está cansado, cuando el dinero falta, cuando la vida golpea más de lo justo. Seguimos porque nuestros hijos no pueden esperar a que estemos bien para necesitar de nosotros. Ellos nos necesitan presentes, de pie, humanos… aunque estemos rotos por dentro. No es fácil sostener la mirada y la mano de un hijo cuando uno mismo siente que se está desmoronando, pero lo hacemos.
​Seguir no significa negar el dolor, significa avanzar con él. Seguir no es ser fuerte todo el tiempo, es levantarse aun temblando. Hay días en los que el agotamiento es tal que el silencio es la única respuesta posible. Por eso, tras estos días de ausencia, aquí estoy de nuevo.

​Empezamos otra vez (el lunes). Aunque duela. Aunque cueste. Porque cuando eres madre o padre de un hijo neurodivergente, rendirse no es una opción… pero pedir respeto, apoyo y humanidad, sí lo es. Gracias por estar ahí y por entender que, a veces, el silencio y el descanso es parte del camino.

Pablo G.


🟢⚪🟡 "YA SE LE PASARÁ": EL PELIGRO DE ESPERAR 🔴Cuando creer que el tiempo lo cura todo termina rompiendo a nuestros hijos...
18/01/2026

🟢⚪🟡 "YA SE LE PASARÁ": EL PELIGRO DE ESPERAR 🔴
Cuando creer que el tiempo lo cura todo termina rompiendo a nuestros hijos

​A veces, el mayor daño que le hacemos a un hijo no nace de un grito o de un golpe, sino de un silencio cómodo: el de creer que no actuar es una forma de respeto al tiempo. Como padres, nos seducimos con la idea de que somos "pacientes", cuando en realidad solo estamos siendo espectadores pasivos del dolor ajeno. Existe una frontera invisible entre dejar que un hijo madure y dejar que un hijo se rompa mientras nosotros miramos hacia otro lado por miedo a incomodarnos. Esta es la patología de la espera, una trampa donde tanto papá como mamá suelen refugiarse creyendo que el tiempo es un filtro que todo lo depura, sin entender que el tiempo, sin presencia, solo profundiza la herida.

​Nos convencemos de que los silencios de un niño o niña son "paz", que los estallidos de la adolescencia son solo "etapas" y que el distanciamiento es una parte natural del crecimiento. Pero, bajo la mirada de la psicología vincular, la espera no es una pausa; es una omisión activa que va erosionando los cimientos de la identidad. Lo que comienza como una pequeña distracción en la infancia, se convierte en un abismo en la adolescencia y termina cristalizando en una desconexión gélida en la adultez joven.

​Esta negligencia adquiere tintes trágicos cuando nos enfrentamos a la neurodivergencia. Para un hijo o hija con Autismo o TDAH, tu "espera" no es solo falta de atención, es un abandono en medio de un incendio. Ellos no se van a "normalizar" con el tiempo porque su sistema nervioso opera bajo otras leyes que no conocen de pausas parentales. Esperar a que un hijo neurodivergente encaje por sí solo, sin apoyos, sin que tú seas su intérprete en un mundo que lo aturde, es condenarlo a una vida de trauma complejo. Al no intervenir, estás permitiendo que su cerebro se cablee bajo el miedo y la soledad, obligándolo a crear mecanismos de defensa que, años más tarde, llamarás "problemas de conducta", cuando en realidad son cicatrices de una batalla que libró solo mientras tú mirabas el reloj.

​Ese vacío de presencia no se queda en el ayer; viaja con ellos y muta en formas cada vez más difíciles de ignorar. Al llegar a la adolescencia, el hijo deja de pedir ayuda con palabras y empieza a hacerlo con síntomas, porque el desamparo se vuelve ruidoso. Si el adulto sigue mirando hacia otro lado, justificando el consumo de alcohol, normalizando el encierro o ignorando el primer cigarro por "no pelear", el joven entiende que su mundo interno es irrelevante para quienes deberían protegerlo. Se rompe el espejo: el adolescente deja de buscarse en tus ojos porque solo encuentra indiferencia o miedo a la verdad.

​Esta ruptura emocional es el caldo de cultivo donde hoy germinan diagnósticos que quiebran familias enteras. No es casualidad que esos hijos, al llegar a la juventud, carguen con trastornos de ansiedad generalizada, depresiones distímicas o Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). No son enfermedades que aparecieron de la nada; son intentos desesperados de una psique por controlar un entorno que siempre sintió caótico y vacío. Las adicciones (al alcohol, a las sustancias o a la evasión digital) no son vicios, son anestésicos. Tu hijo se pierde en un consumo porque nunca fuiste el ancla que le permitiera habitar su propia realidad sin sentir que se asfixiaba.

​Sin embargo, aunque el daño sea profundo, aún estamos a tiempo de soltar el reloj y empezar a mirar; la presencia es la única medicina que llega antes que la cicatriz. Llegados a la adultez, muchos padres se jactan de tener hijos "independientes" que no piden nada, sin darse cuenta de que esa autonomía es el resultado de un trauma. El hijo adulto que ya no te busca, que no te cuenta sus logros ni te pide un consejo, aprendió a base de decepciones que estar "solo acompañado" era mucho más doloroso que estar solo de verdad. No es que no te necesite porque haya crecido; es que se cansó de esperar a que estuvieras presente. Su frialdad es su armadura, y su distancia es el costo de tu larga espera.

​Lo verdaderamente aterrador no es el grito de un hijo que te manda al diablo; eso, al menos, es un vínculo vivo que aún reclama algo. Lo trágico es el silencio perpetuo que le sigue. Ese momento en que el reclamo se apaga porque el hijo finalmente aceptó que no tiene padre o madre, aunque vivan bajo el mismo techo. Hay trastornos que, ante la falta de contención, se vuelven muros infranqueables en la conducta. Lo vemos constantemente en el TDAH: cuando el agotamiento emocional llega al límite, el hijo simplemente deja de desear saber de ti. Se aparta. Ya no existe el espacio para la disculpa o el perdón, ni siquiera para la lógica que tú, como adulto, necesitas desesperadamente para aliviar tu conciencia. Simplemente se alejan. Se borran de tu vida para poder sobrevivir a la tuya.

​Mira a tu hij@ hoy, sea cual sea su condición o su edad. Si estás esperando a que el problema "se le pase", lo que realmente haces es esperar a que ell@s aprendan a vivir como si tú no existieras. Y te aseguro que lo hará. Los hijos no se vuelven ingratos de la noche a la mañana; se cansan de ser invisibles y terminan por cerrar el libro para siempre. Algún día entenderás que no se le pasó el problema; se le pasó la vida esperando a que tú despertaras. Y para entonces, cuando quieras por fin mirar, el único que seguirá esperando en una casa vacía, serás tú.

​👤Pablo Guerra ✌🏻


📱 Consejería Familiar Neurodivergencia: +51 952 037 361

⚫🟨⚫ ​A quienes hoy buscan desesperadamente un lugar para sus hijos:​En el delicado cruce entre las adicciones y la neuro...
16/01/2026

⚫🟨⚫ ​A quienes hoy buscan desesperadamente un lugar para sus hijos:

​En el delicado cruce entre las adicciones y la neurodivergencia, el refugio jamás debe ser el sitio donde se apague la luz de un ser humano. Tras 21 años de labor social acompañando a familias, he visto con dolor cómo el sistema intenta doblegar la voluntad usando la culpa como moneda de cambio; ignoran que el TDAH y el autismo no se gestionan con castigos, sino con una validación profunda que muchas instituciones han olvidado.

​Mi vínculo con "mis chicos" es el puente que sostiene su esperanza. Incluso en la distancia de una videollamada, esa conexión es la herramienta más poderosa que tengo para guiarlos; es el espacio sagrado donde el juicio se detiene para que su identidad finalmente respire. Si ya hemos logrado que miren hacia arriba, mi labor es proteger ese cielo. Volcarlos de nuevo al suelo del error bajo el pretexto de "enseñar" no es psicología, es desmoronar el milagro de lo construido. No entreguen la fragilidad de sus hijos a métodos que confunden el rigor con la humillación. Escribo desde la mirada de quien ha dedicado su vida a entender estos mundos, para proteger lo más sagrado: la dignidad de volver a empezar.

👤​Pablo G.




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