19/01/2026
Hay una forma de violencia que no grita,
no golpea,
no insulta.
Es la que reformula el daño como crecimiento,
el abuso como aprendizaje,
el aguante como fortaleza,
la anulación como amor propio.
Ocurre cuando el sufrimiento deja de ser una señal de alarma
y pasa a ser leído como entrenamiento,
Cuando tolerar lo intolerable se vuelve mérito,
y si algo molesta, la pregunta ya no es qué está pasando ahí,
sino qué “vino a mostrarle” eso a quien lo padece.
A veces, esa violencia adopta una forma aún más sofisticada:
la espiritualización del sometimiento en nombre del crecimiento personal.
Asi, el dolor se eleva a prueba,
la desigualdad a elección consciente,
y el sacrificio a virtud.
La legitimización del daño no niega la violencia:
la reviste de sentido.
La vuelve narrativa.
La moraliza.
La espiritualiza.
Y así, lo que debería interrumpirse, se sostiene.
Lo que debería doler, se justifica.
Lo que debería terminar, se perpetúa.
Porque la medalla no se la lleva quien tuvo los recursos para aguantar.
Eso, tarde o temprano, se cae
y conduce al colapso.
Si alguna medalla existe,
no es para quien entrenó habilidades para tolerar lo intolerable,
sino para quien asume que hay batallas que,
en nombre de su crecimiento personal,
no va a pelear.
Soportar no sana. Nunca sana.
No todo lo que se resignifica repara.
No todo lo que se llama amor, cuida.
De hecho, la verdadera salud psíquica
no está en aprender a aguantar más,
sino en saber retirarse a tiempo
y, un escalón mas arriba aún: en no entrar
en escenarios donde tolerar el daño es el costo que nos hacen creer, deberíamo pagar, como mérito personal.
Aprender a convivir con el elefante en el living jamás debería ser la meta....ni siquiera pretender no enamorarse de ese animal. El verdadero acto que denota reparación y trabajo interior, es no dejarlo entrar.
¿Cómo saberlo de antemano?
Mirando. Creyendo en lo que el cuerpo dice.
Si no hay duda alguna, es que un elefante, siempre se deja ver con claridad.
Autor:Lorena Pronsky Lorena Pronsky