22/09/2023
Hay una clase de conexión extraña, superior, casi simbólica entre mi querido "Nostradamus" y yo. Tal vez por eso las personas llegan a querer más a su perro que a sus semejantes: porque no nos critican, no nos juzgan, no nos humillan. Y si lo hacen, no nos enteramos de ello, nos dejan vivir, nos aceptan como somos, hasta con nuestros defectos y nuestros pedazos rotos. Nunca he visto en una persona esa clase de bondad que tiene un can o un gato. A veces uno se muere por dentro y el mundo ni se entera, ni siquiera las personas que dicen querernos. En cambio "Nostradamus" es el primero en darse cuenta de mi dolor callado, de mi mudez escandalosa. Por eso creo fervientemente que ellos entienden mejor el mundo que nosotros, no se complican mucho la vida ni desean nada, no saben de posesiones ni del valor del dinero ni de sobrevivir por un trabajo. Ellos sólo existen para vivir en su mundo tan alejado del nuestro; bajo otras reglas, bajo otros ojos, bajo otros tratos. Y luego sin querer, estos seres venidos de otro mundo, vaya uno a saber de dónde, se meten sin permiso en tu corazón y después ya no puedes sacarlos de ahí, se ganan ese sitio por merito propio. Ahora bien, atendiendo a sus costumbres o modales, son seres sencillos en un mundo complicado, donde la gente anda perdida. Ellos saben a dónde van, quiénes son y lo que quieren. Lo único que no saben es su nombre, sólo el que les inventamos. Sólo los gatos saben su verdadero nombre. Lo más extraño de todo es que ellos no son conscientes sobre la muerte, no saben que un día morirán, sólo viven el día al día. Nosotros vivimos temerosos, sabedores de nuestra mortalidad, fugaz, finita...
—El Diario De Isaac, Joseph Kapone (Novela)