07/01/2026
Un día te acostumbras…
No porque deje de doler, sino porque el amor se vuelve más grande que las miradas.
Te acostumbras a esas miradas que llegan sin permiso.
En la fila del supermercado, cuando estás por pagar y tu hijo —que ya no es tan pequeño— salta de emoción, agita sus manos, sonríe con el cuerpo entero… y el mundo se detiene para observarlos. Algunos con ternura, otros con desconcierto, y muchos con ese juicio silencioso que pesa más de lo que dicen las palabras.
Te acostumbras a sentir los ojos clavarse en ti durante una crisis.
Miradas que preguntan sin hablar, que juzgan sin entender, que esperan una explicación que no siempre tienes fuerzas de dar. Unas pocas miradas son compasivas, sí… pero la mayoría no sabe qué hacer con lo diferente.
En el transporte público, una risa espontánea —de esas que nacen sin aviso y no saben apagarse— rompe el silencio. Las miradas se endurecen, como exigiendo calma, como preguntando: “¿de qué se ríe?”
Y tú solo piensas que esa risa también es una forma de existir.
En una reunión, en un restaurante, un sonido inesperado, una ecolalia, un grito corto que corta el murmullo general… y otra vez todas las miradas caen sobre ustedes. Como si tuvieran que disculparse por ocupar espacio. Por ser visibles. Por ser reales.
Y un día, simplemente, dejas de explicar.
No porque no importe crear conciencia, sino porque entiendes que no todos quieren aprender. Sigues informando cuando puedes, cuando tienes fuerzas, cuando tu corazón aguanta… pero ya no te rompes tratando de convencer a quien decidió no entender.
Y aun así, sigues adelante.
Con la frente en alto. Con el amor intacto. Con la certeza de que tu hijo no necesita encajar, ni justificarse, ni pedir perdón por ser quien es.
Porque un día te acostumbras…
Y descubres que no es resignación.
Es fortaleza.
Es amor.
Es elegir, todos los días, mirar a tu hijo con los mismos ojos con los que quieres que el mundo lo vea: con respeto, con empatía y con orgullo.