27/01/2026
Desde que llegué aquí, el pasado septiembre,
mi cuerpo responde distinto al tiempo.
Meses antes, en Barcelona, algo ya se estaba moviendo.
En las clases de canto que tomé durante el último año,
mi sistema recordó que aprender no siempre es acumular teoría,
sino dejar al cuerpo probar, errar, repetir, sentir.
A veces se avanza rápido.
Otras, bajar el ritmo también es parte del proceso.
El ritmo que recordé no era el musical,
Ese ya lo conocía.
Era el ritmo vital.
El ritmo en el que la vida habla
y el cuerpo indica qué hacer
y cómo hacerlo.
En la ciudad, ese tempo existía,
pero quedaba ahogado entre ruido, estímulos y urgencias.
Aquí, en Tailandia, el ritmo se percibe más fácilmente.
La naturaleza lo muestra con claridad:
las pausas, que no son estancamiento, sino reorganización,
y las expansiones, que se encuentran en cada amanecer y en cada florecer.
Aun así, tengo que confesar que hay veces que me acelero.
Otras que aparecen obsesiones.
Y otras donde la emoción es tan intensa que me desborda.
En todos esos momentos,
con calma, observo
y vuelvo al centro, a la neutralidad.
Dejar de vivir empujando,
o imponiendo,
está siendo uno de los regalos más profundos
de esta experiencia.
¿Cómo se siente hoy el ritmo en tu cuerpo?