23/01/2026
Hace un tiempo, mi cuerpo fue un territorio asediado, un espacio donde la bata blanca pretendió ser testigo del abuso.
Me sentí vulnerada: mujer, profesional, alma expuesta, pero fue en el silencio de aquel cubículo donde el miedo echó raíces.
Hoy honro el instinto de mi madre, ese hilo invisible y sagrado: su mano la mano, que como loba protegiendo su cría, se negó a soltar la mía.
Ella fue el muro, el NO rotundo, la guardiana que no se retiró.
Gracias a su decisión, mi historia no se fue al abismo, pero la huella... la huella se quedó.
Esa marca no se borró con el tiempo.
Se convirtió en un mapa de huidas, en un desierto de médicos evitados, en piedras en mis riñones que no eran más que lágrimas sólidas, cristales de un inconsciente que gritaba: “No vayas, que es peligroso”.
Preferí el dolor del cuerpo antes que el riesgo del alma.
Pero hoy, la mirada se expande más allá de mi propio rastro. Pienso en las que no tuvieron ese escudo de protección, en las que el silencio las devoró y el abuso las habitó.
Si mi huella pesa, la de ellas es un grito que quema la garganta.
El silencio se rompió. La olla se destapó.
El dolor ha vuelto, sí, pero ya no viene a esconderse: viene a transformarse.
Hoy me uno al coro de las mujeres que sobrevivieron, a las que por años, inclusive décadas cargamos una culpa que nunca tuvo nuestro nombre, una vergüenza que le pertenece solo al agresor.
Me despojo de la carga. Me limpio el rastro del miedo. Hablo para que mis órganos dejen de filtrar sombras y empiecen a filtrar luz.
Alzo la voz por mi sanación, por mi libertad,
y por la memoria de cada cuerpo vulnerado, por la sanación colectiva y por la transformación de esta energía.
Desde mi centro, desde mi útero, desde mis riñones, desde mi verdad:
Ni una más. Ni una sombra más sobre nuestra piel.