22/02/2026
¿CÓMO HAGO PARA VER LA BOLETA DE LUZ?
¡Qué angustia! Pronto me llega la boleta de luz y quizás ya haya llegado. No quiero abrir la puerta del departamento, como si del otro lado no hubiera un sobre sino un animal agazapado. Siento que le tendría menos miedo a una viuda negra, o a que me llegue una carta documento diciéndome que debo presentarme a la comisaría más cercana con carácter urgente. Nunca temí tanto a una boleta. No soy héroe de guerra, bastante fue atravesar casi sesenta años en este subibaja donde siempre parece que del otro lado está sentado uno más gordo que nosotros y nos deja eternamente abajo, con los pies raspando la tierra.
¿Pero miedo a la boleta de luz? Tendré que calibrar mejor la medicación psiquiátrica. Quizás el nivelador del humor ya no me esté alcanzando. O quizás tenga que aceptar que valentía no es cruzar los Andes caminando sino abrir este sobre blanco con ventanita transparente que horrorosamente descubro tras mi puerta.
Un agujero me perfora el estómago, ¿Por qué hoy? Justo un día antes de que llegue el resumen de la tarjeta de crédito. Ya estoy haciendo cuentas de cuánto dejaré para el mes que viene, dejar que se vaya amasando una bola de nieve que, con el clima actual, ya no es bola sino alud. Pero no debo temer. Siempre después que llovió paró. ¿Quién habrá dicho semejante frase optimista? Porque después que paró también volvió a llover. Y ahora con el cambio climático las rarezas son permanentes: primero la luz, después la tarjeta, luego la prepaga, luego los demás gastos, hay que ir uno por uno, y no tomarlos todos juntos.
Creo que el problema fueron las vacaciones. No tendría que haberme ido esos días. Aunque uno se vuelva gasolero, el gasoil ya no existe y ahora se llama diésel, y está tan caro como la nafta, como la carne. ¿En qué momento dejó de ser llamado gasoil y por ende dejamos de poder llamarnos gasoleros? Cambian los nombres, pero estos tiempos son raros.
Yo no me quejo, claro. Pero algunos amigos dicen que la culpa es de los anteriores gobiernos, que hay que esperar, que esto es una transición, que hay que aguantar. Me doy cuenta de que empiezo a tenerles miedo a esos amigos. No se puede hablar mucho con ellos porque para ellos parece que no le temen al presente. Siempre tienen una respuesta preparada, como si el sufrimiento viniera con instructivo de culpas pasadas. No entiendo esa aceptación del destino. ¿Seré un inadaptado? ¿Se estará revelando ahora la verdad de la milanesa?
Vengo del supermercado. Por eso lo de la milanesa, soy hijo de la milanesa pero ahora la carne parece cotizar en oro. Y la milanesa es de carne. Despliego estrategias de supervivencia frente a la góndola, me agazapo, agarro un corte más chico, o uno que parece desparramado en mil pedazos para ocupar más bandeja. La bolsa será más pesada me digo: al menos se ve llena. Así los vecinos me verán llegar y mi barriga se llenará de orgullo. Y ahí me dará el coraje para levantar la boleta la luz. No me están mordiendo las facturas por detrás como una jauría silenciosa.
Cierro la puerta y ahí está el sobre. Blanco. Quieto. Lo levanto pero pesa más que las bolsas. Me dijeron que las boletas vinieron terribles. Yo les dije a los chicos que usaran menos el aire acondicionado, pero la pieza era un horno. Fui varias medianoches a apagarlo y a la mañana parecían una sopa humana. Sábanas empapadas como cuando eran chicos. Entonces sí, seguro que esta boleta vendrá con más kilovatios.
Encima en enero nos metieron una antes de tiempo. Nos robaron quince días. Siempre vencía un día y de repente apareció otra con fecha insólita. Enero es el mes perfecto para sacudirte. Uno está distraído, con protector solar que también aumentó una barbaridad, así que baje el factor sin decirlo en voz alta. No quiero asustar a mis hijos. El cáncer de piel viene con los años, supongo. Aunque el dermatólogo ya me dijo que tengo que sacarme un lunar porque puede ser el germen de... Otro que me asusta. Morir por un lunar. Hay muertes más románticas. Pero primero hay que pagar la prepaga, que solo aumentó 2,7 por ciento.
Llego a mi pieza, prendo la luz. ¿Qué pasa? Apenas iluminan las bombitas. Dicen que bajan la tensión en los barrios cuando hay mucho consumo. Es así: la sal no sala, el azúcar no endulza y las lamparitas no iluminan. Entonces, ¿cómo hago para ver la boleta?
Tengo más de cincuenta y tantos y los números se me mueven como peces en agua salada. ¿Cinco ceros o seis ceros? Los ceros no se mantienen igual a sí mismos, no tienen identidad, se multiplican, como si tuvieran proyecto de vida propio. Mi corazón empieza a latir. No estaría mal terminar con tanto sobresalto, pienso, pero enseguida me doy cuenta de que no es la muerte lo que quiero, es un poco de claridad. Un poco de luz que no venga tan imposible de ser pagado. Tal vez deba ajustar la medicación. O cambiarla. O aceptar que el miedo no es sólo la boleta sino a no poder sostener todo lo demás que viene detrás. Pero antes que nada, necesito saber algo básico, casi infantil: ¿Cómo hago para ver el monto de la boleta de luz si la luz no alcanza para iluminarla?