Espacio MI ALMA Saluda A TU ALMA

Espacio MI ALMA Saluda A TU ALMA Para equilibrar las emociones y recuperar la armonia interior.

Ofrezco un espacio terapéutico donde podés conocerte, valorarte y reconectar con tu poder personal.

Brindo un espacio profesional de orientación y acompañamiento emocional para personas que atraviesan procesos de cambio,...
25/02/2026

Brindo un espacio profesional de orientación y acompañamiento emocional para personas que atraviesan procesos de cambio, situaciones de ansiedad o conflictos vinculares.
Trabajo desde un enfoque centrado en la persona, priorizando la escucha activa, el respeto y la confidencialidad.
Las sesiones se realizan en modalidad online y presencial.
Para más información o coordinación de una entrevista inicial, podés contactarme al 011 15-6477-9301



Aveces todo lo que necesitamos es alguien que nos escuche sin juzgar.Eso es el counseling 💬Un espacio para conectar con ...
05/02/2026

Aveces todo lo que necesitamos es alguien que nos escuche sin juzgar.
Eso es el counseling 💬
Un espacio para conectar con vos, tus emociones y tus decisiones.
Agenda tu sesión : 1564779301
Atención virtual

01/02/2026

Una historia mas .....

No pedí el divorcio por otra mujer. Lo pedí por una pastilla, una caja de pizza fría y una frase que me dejó temblando por dentro.

No me voy de un monstruo. Me voy de un “buen hombre”. De esos que caen bien en la carne asada, que cuentan chistes, saludan a todos y hasta te abren la puerta del coche como si fueran un caballero. Pero en casa… en casa viven como invitados, esperando instrucciones, como si la vida fuera un servicio que alguien más debe administrar.

Me llamo Lucía y tengo 55 años. Vivo en las afueras de Guadalajara, en una colonia donde los vecinos se conocen por el apodo y las noticias vuelan más rápido que el camión. Si conocieras a mi esposo, Ernesto, te dirías: “Qué suerte la de esa mujer”. Trabaja, paga la hipoteca, no se emborracha, no grita. Mi mamá lo defiende como si fuera su hijo:

—Es un buen hombre, mija. No te pega, no te engaña. Agradece.

Pero qué triste que el listón esté tan bajo que haya que aplaudir lo mínimo.

La verdad la aprendí en una clínica veterinaria de urgencias, con olor a cloro, a madrugada y a miedo, a las tres de la mañana, sentada en una silla de plástico. Ahí entendí algo que duele decir en voz alta: amar no es solo decir “te quiero”. Amar es cargar con el peso para que el otro no se rompa… o no se haga el ciego.

El corazón de esta historia se llama Pancho.

Pancho es nuestro perro rescatado, mestizo, de hocico canoso y patas tiesas, como si el frío se le hubiera quedado guardado en los huesos. Tiene epilepsia fuerte. Lo adoptamos hace ocho años, cuando los hijos ya estaban grandes y la casa se nos estaba quedando demasiado silenciosa. Pancho se pegó a mí desde el primer día, como si mi sombra le diera techo.

Para vivir, Pancho necesita su medicamento exacto a las siete de la tarde. No a las siete y media. No “al ratito”. No “cuando termine el partido”. A las siete. Punto.

Yo trabajo cuidando personas mayores, por horas, en casas distintas. A veces también hago limpiezas. Y cuando falta dinero, vendo tamales los fines de semana con una comadre. Así vivimos muchas: con el orgullo amarrado al mandil y la esperanza doblada en la bolsa, cuidando de todos.

Durante veintisiete años yo he sido el motor invisible de esta familia: sé cuándo vence el seguro del coche, dónde está el acta de nacimiento del muchacho, a qué nieta le da alergia el cacahuate, cuál recibo falta por pagar, cuál llave no cierra bien, cuál vecina está enferma y hay que llevarle caldito.

Ernesto “ayuda”.

Si le digo: “lava los trastes”, los lava. Si le pongo una lista, compra lo de la lista. Si le marco la hora, hace lo que le marco. Es un buen empleado. Yo soy la jefa agotada que nunca firmó para dirigir una empresa llamada “Hogar”.

El domingo pasado fue el quiebre.

Esa tarde me tocó quedarme más tiempo en casa de una señora, Doña Teresa, que vive sola y se me puso mala. No podía dejarla así. Cuando vi el reloj, ya eran las cinco cuarenta y cinco. Saqué el celular con manos temblorosas y llamé a Ernesto.

—Amor, voy a llegar tarde. Se complicó aquí. Por favor, esto es urgente: la pastilla de Pancho es a las siete en punto. Está en la alacena, en el frasco naranja. Pon una alarma.

—Sí, sí, ya quedó, vieja —me contestó tranquilo—. Estoy viendo el juego. No te preocupes. Yo me encargo.

A las seis cincuenta le mandé un mensaje: “RECUERDA: faltan 10 min. Pastilla a las 7. Te quiero.” Me respondió con un pulgarcito, como si con eso se curara todo.

Llegué a casa a las nueve cuarenta y cinco, con los pies ardiendo, el olor a medicamento ajeno pegado en el uniforme y el alma cansada. La sala estaba demasiado callada.

Ernesto dormía recostado en el sillón, con la televisión encendida y una caja de pizza en el piso, abierta como una boca vacía. La luz azul le pintaba la cara como si estuviera en paz con el mundo.

Yo me quedé parada un segundo, escuchando. No se oía el golpeteo de uñas en el piso. No se oía el jadeo de Pancho. Nada.

—¿Dónde está el perro? —pregunté, sintiendo cómo se me apretaba el pecho.

Ernesto abrió un ojo, se talló la cara.

—¿El perro?… Ah, por ahí anda. Estaba medio raro hace rato, como nerviosón. Lo dejé tranquilo.

“Nerviosón”.

Corrí al patio. Luego a la cocina. Luego al cuarto de lavado. Y ahí lo vi.

Pancho estaba atorado entre la lavadora y la pared, tieso, empapado de saliva, con los ojos volteados, temblando como si le estuvieran pasando corriente por el cuerpo. No era “nerviosón”. Era una crisis. Una de esas fuertes. Una de esas que se llevan a los perros si no llegas a tiempo.

No grité. No lloré. Me apagué por dentro y me prendí por fuera.

Lo levanté como pude, sesenta libras de amor y hueso, y lo cargué hasta el coche. Mis brazos no daban, pero mi miedo sí. Arranqué. Me pasé altos. Me temblaban las manos en el volante. Mientras manejaba, le pedía perdón a Pancho, en voz bajita, como si él me pudiera entender entre convulsión y convulsión:

—Perdóname, mi niño… perdóname por confiar en quien no debía…

La veterinaria de urgencias estaba llena. Gente con gatos, con perros, con caras de “por favor que no se muera”. Yo esperé cinco horas en una silla dura, viendo una pared blanca, con un recibo que parecía una amenaza: 33,000 pesos. El equivalente a lo que yo gano en mucho tiempo.

Me lo entregaron vivo, pero sedado, con la lengua todavía húmeda y la mirada perdida. Lo acomodé en el asiento de atrás como si fuera un bebé.

Volví a casa casi a las cuatro de la mañana. Y ahí estaba Ernesto, en la puerta, con una cara de desconcierto, como si yo hubiera salido por capricho a pasear de madrugada.

—¿Está bien? —preguntó.

Y luego dijo la frase. La frase que me rompió el último hilo.

—Lucía, creo que estás exagerando. Se me fue la onda porque el juego se alargó… Además, si era tan importante, tú me hubieras llamado otra vez justo a las siete para asegurarte.

Yo me hubiera asegurado.

Yo, otra vez, haciéndome responsable de que un adulto haga lo mínimo.

En ese instante, bajo el foco blanco del porche, entendí todo con una claridad que asusta: para Ernesto, la seguridad de la casa, la salud del perro, el orden del mundo… era “mi chamba”. Él era un voluntario en su propia vida. Y si el voluntario fallaba, la culpa era de la encargada por no vigilarlo.

Lo miré como no lo miraba desde hacía años. No como esposa. No como compañera. Sino como una mujer que se da cuenta de que ha estado criando a un hombre como si fuera otro hijo.

—No soy tu madre, Ernesto —le dije, con una calma que ni yo conocía—. No soy tu secretaria. Te llamé. Te escribí. Te dejé todo listo. La única manera de que hicieras eso era que yo viniera, tomara la pastilla y se la metiera yo misma a Pancho en la boca. Y si tengo que hacerlo yo… dime, ¿para qué te necesito?

Él abrió las manos, ofendido.

—¡Pero ayer barrí el patio! ¡Yo pago la casa!

—No es “hacer cosas” —le contesté, sin gritar—. Es esperar órdenes. Y hoy tu manera de vivir casi mata al único ser en esta casa que me mira cuando le hablo.

Ahí fue cuando supe que ya no podía seguir.

No por la pastilla. Por todo lo que la pastilla representaba.

Hoy estoy empacando cajas. No hago drama. Doblo ropa. Meto papeles. Busco recibos. Lo de siempre… solo que ahora lo hago para irme. Mis manos hacen lo que han hecho toda la vida: sostener. Pero esta vez me sostengo a mí.

Pancho está echado cerca de la puerta, todavía atontado, con la cabeza sobre las patas. Cada vez que me ve pasar con una caja, levanta un poco la cola, como diciendo: “Estoy contigo.” Sin que yo le explique nada.

En el barrio ya empezaron los murmullos. Que si “cómo se va a separar si él es bueno”, que si “no le falta nada”, que si “las mujeres de ahora ya no aguantan”.

No saben que lo que cansa no es el golpe que no existe. Es el abandono disfrazado de “yo soy tranquilo”. Es la irresponsabilidad envuelta en sonrisa. Es cargar sola, día tras día, la lista invisible: citas, pastillas, pagos, comida, emociones, urgencias. Es vivir con un hombre que te dice “dime qué hago” como si el amor fuera un mandado.

Nos enseñan a nuestras hijas a cuidarse de los borrachos, de los violentos, de los que gritan. Pero nadie les advierte de los “buenos” que se te sientan al lado en la mesa… y te dejan sola con todo hasta vaciarte por dentro.

Un compañero no es el que “ayuda” cuando se lo pides. Un compañero ve lo que hace falta y lo hace. Un compañero no espera recordatorios para salvar una vida. Un compañero cuida al perro porque lo ama, no porque teme que su mujer se enoje.

Cuando terminé la última caja, abrí la puerta del coche.

—Vámonos, Pancho —le dije.

Él se levantó despacio, caminó como pudo y se subió sin instrucciones, sin preguntas, sin excusas. Como si entendiera que hay momentos en que una mujer se elige a sí misma por primera vez.

Me fui no porque dejé de querer a mi esposo.

Me fui porque por fin me quise más a mí.

Y aprendí algo que quiero que se quede aquí, para quien lo necesite leer: tú no eres un centro de rehabilitación para un hombre adulto. Si tienes que cargar todo el peso, a veces caminar sola es más ligero… aunque duela al principio. Porque el amor, el verdadero, no se duerme mientras alguien tiembla en la oscuridad.

Desconozco el autor

Te sentis identificada?
Primero el orden, despues el amor.

Hellinger


Counseling para adolescentesAcompañamos a adolescentes en una etapa clave de su desarrollo emocional, brindándoles un es...
26/01/2026

Counseling para adolescentes
Acompañamos a adolescentes en una etapa clave de su desarrollo emocional, brindándoles un espacio de escucha, contención y orientación.
Trabajamos temas como:
• Manejo emocional
• Autoestima
• Ansiedad y estrés
• Vínculos y comunicación
Un acompañamiento oportuno puede generar cambios significativos





25/01/2026

Un poco de ustedes....

La única persona que no puede ser ayudada es la que culpa a los demás.Crecer empieza cuando dejamos de señalar afuera y ...
14/01/2026

La única persona que no puede ser ayudada es la que culpa a los demás.
Crecer empieza cuando dejamos de señalar afuera y nos atrevemos a mirar dentro.
La responsabilidad personal no es culpa, es poder.

¿Qué cambiaría hoy si asumieras tu parte?

🛟 ¿Siempre querés “salvar” a los demás?Tal vez no es solo empatía…El síndrome del salvavidas aparece cuando sentís la ne...
07/01/2026

🛟 ¿Siempre querés “salvar” a los demás?
Tal vez no es solo empatía…
El síndrome del salvavidas aparece cuando sentís la necesidad constante de ayudar, rescatar o resolver los problemas de otros, incluso a costa de tu propio bienestar.

🚩 Algunas señales: • Te hacés cargo de problemas que no son tuyos
• Te cuesta decir “no”
• Sentís culpa si no ayudás
• Atraés personas que siempre necesitan ser rescatadas

✨ Ayudar no está mal.
Pero olvidarte de vos sí.
💬 ¿Te sentís identificado/a?

EJERCICIO ENERGETICO SANADOR PARA DECIRADIOS 2025 (Año 9),  BIENVENIDO 2026  (Año 1) El Año 9 – 2025En numerología, el 9...
30/12/2025

EJERCICIO ENERGETICO SANADOR PARA DECIR
ADIOS 2025 (Año 9), BIENVENIDO 2026 (Año 1)

El Año 9 – 2025

En numerología, el 9 es cierre, culminación y trascendencia.
No es un final triste, es un acto de maestría.

El 9 nos pide:
• Soltar lo que ya cumplió su función
• Perdonar, integrar, agradecer
• Dejar ir identidades, vínculos, hábitos, versiones viejas
• Honrar lo vivido sin cargarlo al futuro

👉 Si no se cierra el 9, el 1 nace con ataduras.

✨ El Año 1 – 2026

El 1 es origen, semilla, identidad nueva.
Es el número del YO SOY.

El 1 nos invita a:
• Elegir conscientemente quién soy ahora
• Iniciar desde el vacío fértil
• Plantar intención clara, no desde el miedo sino desde la presencia
• Encarnar liderazgo interno

👉 El 1 no repara el pasado: crea realidad nueva.

🔮 Ejercicio :

“Cruzar el Umbral: del 9 al 1”

⏳ Duración: 10–15 minutos
🕯️ Ideal con una vela blanca o dorada
📍 Puede hacerse solo o guiado en grupo

🔹 PARTE 1 — Cierre consciente del Año 9 (2025)
1. Postura
• Sentados con la espalda recta
• Manos sobre el corazón
• Ojos cerrados
2. Respiración
• Inhala profundo contando 9
• Exhala lento contando 9
• Repite 3 veces
3. Visualización
Imagina frente a ti una puerta con el número 9.
Detrás de ella está todo lo que fue 2025.
4. Declaración vibratoria (en voz alta o mental)
“Honro todo lo que viví en el 2025.
Reconozco mis aprendizajes, mis cierres y mis procesos.
Hoy libero con amor lo que ya no vibra conmigo.
Agradezco sin apego y suelto sin culpa.”
5. Acto cuántico
• Imagina que de tu pecho salen símbolos, imágenes o palabras
• Entrégalas a la luz de esa puerta
• Observa cómo la puerta del 9 se cierra suavemente

💫 Siente alivio, vacío limpio, espacio interno

🔹 PARTE 2 — El Umbral (el vacío creador)

Permanece unos segundos sin visualizar nada.
Este espacio representa el campo cuántico puro.

Repite:

“Estoy en el punto cero.
Todo es posible.
No cargo el pasado al futuro.”

🔹 PARTE 3 — Activación del Año 1 (2026)
1. Visualización
Frente a ti aparece una puerta luminosa con el número 1.
Es clara, viva, abierta.
2. Respiración
• Inhala contando 1
• Exhala contando 1
• 3 veces
3. Declaración de identidad
“Entro al 2026 como un nuevo origen.
Elijo conscientemente quién soy ahora.
Me permito comenzar desde la claridad, la valentía y la verdad.”
4. Cruce
Visualízate dando un paso hacia adelante, cruzando esa puerta.
5. Anclaje
Coloca ambas manos en el corazón y afirma:
“Yo Soy la semilla de este nuevo ciclo.
Yo Soy presencia.
Yo Soy inicio.”

🌱 DECRETO PARA 2026 :

“Cerré con conciencia.
Comienzo con intención.
Camino liviano hacia lo nuevo.”

Con amor y gratitud
Bendición infinitas
Antonio Negrete Coach Angelical

🎄 Espíritu de la Navidad o NativitasEs una energía simbólica asociada al amor, la gratitud, la unión, el perdón y la esp...
21/12/2025

🎄 Espíritu de la Navidad o Nativitas
Es una energía simbólica asociada al amor, la gratitud, la unión, el perdón y la esperanza. Representa un momento ideal para reflexionar, cerrar ciclos y sembrar buenos deseos.
📅 ¿Cuándo viene?
Tradicionalmente se dice que llega la noche del 21 al 22 de diciembre, coincidiendo con el solsticio de verano en el hemisferio sur.
✉️ ¿Cómo hacer la carta?
Buscá un momento tranquilo. Agradecé lo vivido, escribí a mano qué querés soltar, expresá tus deseos para el año que viene y cerrá con una intención positiva. Podés guardarla o quemarla como símbolo de renovación. Aca te dejamos una modelo.
Lo ideal es que la escribas a mano, para que tenga tu energía.

¿Sabes qué es más peligroso que colocar a alguien en un pedestal?👉 Creer que, desde esa altura que tú mismo construiste,...
29/11/2025

¿Sabes qué es más peligroso que colocar a alguien en un pedestal?
👉 Creer que, desde esa altura que tú mismo construiste, no pueda tambalearse.

Las relaciones verdaderas no nacen de la idealización, sino de la mirada honesta:
reconocer en el otro su luz, su sombra, sus dudas, sus quiebres y su sagrada humanidad.

Cuando dejamos de exigir perfección y empezamos a ver almas, no personajes…
✨ la decepción deja de doler como una caída y comienza a revelarse como un maestro.

Permite que el pedestal se disuelva.
Mira al otro tal como es.
Y elige amar desde la verdad, no desde la ilusión.

Amar lo real también es un acto espiritual.

Los hijos no pueden salvar a sus padres.En el orden natural del amor, los padres son los grandes: los que dan.Los hijos ...
26/11/2025

Los hijos no pueden salvar a sus padres.

En el orden natural del amor, los padres son los grandes: los que dan.
Los hijos son los pequeños: los que reciben para, algún día, dar a su propia familia y a la vida.

En la mirada sistémica vemos con frecuencia a hijos intentando rescatar a sus padres de su dolor, de sus heridas, o queriendo completar lo que ellos no pudieron cerrar.
Pero cuando este orden se invierte, nace el sufrimiento: confusión, dependencia, pérdida de rumbo y de propósito.

Por más amor que haya, los hijos no pueden ni deben salvar a sus padres. No les corresponde.

Cuando el orden se restablece, el hijo puede ocupar su lugar, tomar su fuerza, honrar su historia y elegir su propio camino.

Ese es el amor adulto:
el que reconoce su lugar,
el que honra el origen,
y el que, con gratitud y confianza, se abre a la vida…
a su propia vida, donde florecen nuevas posibilidades.

Dirección

Wilde
Buenos Aires
1875

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Martes 08:00 - 21:00
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