26/01/2026
En la estructura perversa, el sujeto se ofrece como objeto para colmar la falta del Otro, rechazando la castración y orientándose no por el deseo sino por un goce asegurado por el acto. Tal como Lacan lo desarrolla en Kant con Sade, el acto perverso impone una escena donde el goce funciona como mandato —imperativo de gozar— y donde el partenaire queda subordinado o suspendido como sujeto. El perverso no ignora la castración: la forcluye localmente en la escena del goce, sosteniendo la ficción de un goce sin límite.
Cuando el cuerpo se inviste del lenguaje, algo se pierde: ese resto no simbolizable es el objeto a. La posición perversa consiste en rechazar esa pérdida y ubicarse del lado del “no hay castración”. A diferencia del neurótico, que mantiene la escena del goce en el fantasma como defensa, el perverso la actúa en lo real, encarnándose como objeto de goce para el Otro. En la lógica sadeana, el deseo queda absorbido por un goce que se vuelve ley absoluta, reduciendo al sujeto a instrumento del goce y borrando la falta que separa al sujeto del goce absoluto.
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