21/11/2025
El amor que aprendimos y el amor que somos
TODOS VENIMOS DEL AMOR… PERO NO SIEMPRE APRENDIMOS A AMAR DESDE EL AMOR.
El niño no interpreta: siente, registra y convierte cada experiencia en un programa de supervivencia. Si el amor llegaba con sacrificio, aprendimos a esforzarnos para merecerlo. Si llegaba con ausencia, aprendimos a conformarnos migaja a migaja. Si llegaba con miedo, nuestra forma de amar se volvió cautelosa, vigilante, desconfiada.
Así nace nuestro “modo automático” de amar.
Y entonces crecemos.
Y sin darnos cuenta, repetimos.
Amamos como pudimos aprender: cuidando de más, callando para no molestar, entregándonos sin límites, esperando ser elegidos, salvando a otros, o construyendo murallas para que nadie vea lo que dolió.
La adultez se vuelve el escenario donde nuestros patrones infantiles se ponen en movimiento otra vez.
Pero llega un punto en el camino en que el alma empieza a recordar.
Recordar que somos más que nuestras heridas.
Que el Amor no es falta, lucha ni sacrificio.
Que el Amor —el verdadero— no necesita demostrarse porque es nuestra identidad profunda.
La invitación de la vida es a volver al origen:
a desandar lo aprendido, a mirar con compasión la historia que nos formó y a permitir que la Luz corrija la percepción del niño herido.
Un Curso de Milagros dice: “Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe. En esto radica la paz de Dios”.
Lo irreal es el miedo, la falta, la idea de no merecer.
Lo real es el Amor que siempre estuvo en nosotros.
Sanar nuestra forma de amar no es dejar de ser quienes somos, sino recordar quiénes fuimos antes de aprender el miedo.
Es abrazar al niño que hizo lo mejor que pudo y permitir que el adulto elija desde la conciencia, no desde el dolor.Cuando reconocemos que el Amor no se pide, no se negocia y no se gana…
recién ahí comienza el verdadero acto de libertad:
amar desde la abundancia y no desde la carencia, desde la presencia y no desde la huida, desde la verdad y no desde los viejos mecanismos de protección.
Porque el Amor, cuando se recuerda, no se repite: se expande.
Y cuando se expande, sana.
Sana lo que fuimos, lo que somos y lo que entregamos al mundo.