20/10/2025
A veces, en el intento de criar “niñxs buenxs”, sin darnos cuenta seguimos reproduciendo las heridas de nuestra propia infancia.
El desarrollo saludable no se trata de moldear a un niño para que encaje, sino de crear un entorno donde pueda ser auténtico sin temor al rechazo. Sin embargo, cuando en nuestra historia aprendimos que solo seríamos amados si éramos obedientes, fuertes, silenciosos o complacientes, esa huella se activa en el vínculo con nuestros hijos.
Desde el psicoanálisis, Freud ya señalaba que la infancia no es solo un período biográfico, sino el núcleo desde el cual se estructura el deseo, el síntoma y la subjetividad. Lo no resuelto retorna, especialmente en la crianza, donde lo infantil en nosotros se despierta ante lo infantil del otro. Y, como advierte Lacan, “el deseo del Otro” es constitutivo del sujeto: el niño se constituye en la mirada y el deseo de quienes lo rodean. Por eso, cuando ese deseo está cargado de nuestras propias carencias, expectativas o ideales no tramitados, corremos el riesgo de amar más a la imagen del hijo que soñamos que al niño real que tenemos delante.
Educar desde la conciencia implica animarnos a mirar hacia adentro:
🌱 ¿Qué partes de mí quedaron esperando aprobación?
🌱 ¿Qué aspectos de mi historia busco reparar a través de mi hijo/a?
🌱 ¿Qué deseo inconsciente se cuela en mis exigencias cotidianas?
Cuando podemos hacer ese trabajo interno, dejamos de criar para que “sean buenos” y comenzamos a acompañar para que sean ellos mismos. Porque ningún niño necesita merecer el amor: necesita sentir que puede existir tal como es, con su luz y su sombra, con su potencia y su fragilidad.
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💜 En Espacio Arévalo acompañamos procesos donde el trabajo con la infancia incluye también al adulto que fuimos. Porque sanar el vínculo empieza por sanar nuestra propia historia.