22/01/2026
LOS CUERPOS NO SE EVALÚAN
Ana Bragaccini
Foro de Géneros de Hurlingham
Opinar sobre las corporalidades no es un gesto inofensivo: es una práctica social que reproduce desigualdades, controla y violenta.
Hablar del cuerpo ajeno —y, peor aún, evaluarlo— no es un acto inocente. Es una práctica profundamente política, atravesada por relaciones de poder, mandatos culturales y desigualdades históricas. Implica reducir a las personas a su apariencia física. Desde los feminismos se cuestiona esta mirada porque un cuerpo evaluado es un cuerpo controlado.
Estas prácticas no es un hecho aislado ni un simple error de lenguaje. La evaluación de las corporalidades forma parte de una estructura que sostiene desigualdades y violencias simbólicas. Incluso la evaluación “positiva” sobre los cuerpos no es neutral. Decir que una persona “está hermosa”, “se ve mejor”, “adelgazó” o “se mantiene bien” sigue colocando el cuerpo en el centro del valor social y refuerza la idea de que debe ser observado, aprobado y celebrado por otres.
Los medios de comunicación a través de titulares, imágenes, zócalos televisivos y comentarios supuestamente “ligeros” refuerzan la idea de que los cuerpos, especial el de las mujeres, son objetos de escrutinio público antes que un sujeto de derechos. Esta lógica no es neutra: funciona como un mecanismo de disciplinamiento que indica qué cuerpos son aceptables y cuáles deben corregirse, esconderse o ser ridiculizados.
En el caso de las mujeres, esta reducción opera desde edades tempranas y se vuelve una constante: se las mira, se las mide, se las compara. Pocas veces el foco está puesto en lo que dicen, en lo que hacen o en el impacto de sus acciones políticas, culturales o sociales. El cuerpo femenino ha sido, durante siglos, un territorio público habilitado para la opinión, la corrección y el castigo social.
Por otra parte, evaluar corporalidades tiene consecuencias concretas en las personas y deja marca: genera culpa, vergüenza, autoexigencia extrema y exclusión. Refuerza un modelo único de cuerpo “válido” y deja fuera a la diversidad corporal: cuerpos flacos, gordos, viejos, jóvenes, discapacitados, racializados, trans, no normativos.
Que las mujeres evaluemos los cuerpos de otras mujeres no es una contradicción, sino una consecuencia del sistema en el que fuimos socializadas. El patriarcado no opera solo desde afuera: también se internaliza. Desde muy pequeñas se aprende que el cuerpo es un capital social, una fuente de aprobación o castigo y que compararnos es una forma de sobrevivir. Repetimos miradas, comentarios y juicios que nos enseñaron como norma. Nombrar esta violencia internalizada no busca señalar culpables, sino desarmar una lógica que nos enfrenta entre nosotras y nos aleja de la construcción de alianzas y cuidados colectivos.
Revisar cómo se habla de los cuerpos es revisar cómo se ejerce el poder. Las personas y los medios de comunicación tienen la capacidad —y la responsabilidad— de dejar de ser reproductoras de mandatos patriarcales para convertirse en herramientas de transformación social.
Cambiar la cultura de la evaluación corporal empieza por decisiones cotidianas. Desde los feminismos, la propuesta es colectiva: dejar de competir, dejar de compararnos para reconocernos por lo que somos, hacemos y defendemos.
Porque cuando los cuerpos dejan de ser el centro del juicio, se gana libertad. Y esa transformación —silenciosa pero profunda— también es política.
Esta nota fue publicada por el periódico: LA HORA DE HURLINGHAM https://lahoradehurlingham.com.ar/page14.html
Versión revista virtual completa de La Hora de Hurlingham.
https://www.calameo.com/read/0061207435f1c96e85ca3