21/12/2025
24 DE DICIEMBRE DE 2053. LA NAVIDAD DEL JESUS DE TAYRONA. El 24 de diciembre de 2052, a las 5 horas y 22 minutos llegaron a un paraíso, la ciudad perdida de los Tayronas, y divisaron el Mar Caribe y el rio Buritaca, desde las estribaciones de la Sierra Nevada. Eran los únicos sobrevivientes del apocalipsis mundial que cumplieron con el mandato eterno de refugiarse entre sus piedras cuando el mundo estuviera en peligro. Eran solo doce, como los apóstoles de Jesucristo, todos asintomáticos. Solo niños y jóvenes.
José y María de 25 años, tomados de sus manos buenas, imaginaron un nuevo mundo de luces. Repartieron peces, panes y agua pura entre los presentes, que provenían de los territorios más distantes de este mundo arrasado. Sin que ambos lo notaran, una luz cristalina encendía sus rostros de amor, proyectando el claroscuro del alba en sus deseos premonitorios y terrenales.
Pero no estaban solos. Las almas y los espíritus de siglos los abrigaron con la sabiduría de los ancestros.
- Debemos organizarnos, alumbrar el futuro, encender los nuevos días y aprender de los errores de nuestros mayores. Una nueva sociedad está por nacer - arengo María, esa joven de piel morena y ojos de cielo. José, longilíneo y musculoso descendiente tehuelche, armo el fuego y le dio calor a los panes de maíz, que lucían crocantes y tentadores. El frijol guajiro y la yuca saciaron el hambre de meses.
La fiebre roja había exterminado al 99 % de la población de ese mundo humano decadente. Fiebre, pústulas rojas y sangrantes devoraron las pieles en pocas horas, cual hogueras para sumisos pecadores desprevenidos.
Millones de cuerpos inermes y pestilentes yacían en las grandes avenidas de las urbes del mundo. Las multinacionales de la enfermedad, que esparcieron el mal por motivos comerciales, no lograron frenar la novena ola. Justo cinco años después de la primera pandemia, contemporánea con la cuarta guerra nuclear apocalíptica, allá por el 2047. Enfermedad de inmunodeficiencia adquirida con especificidad etaria selectiva, inducida por el calentamiento global y la depredación del mundo sano, rezaba el prolijo parte de la desaparecida Organización Mundial de la Salud, institución de la Organización de las Naciones Desunidas y Dominantes, siempre tan serviles a los intereses del mercado mundial de la muerte. Las ratas y las palomas urbanas fueron el reservorio del agente causal, la miyagawanella rossa, resistente a antibióticos de ultima generación, vacunas y a la paupérrima condición de las mayorías mal alimentadas en un escenario de pocos dueños y multitudes anhelantes, hambrientas y sumisas.
Siglos de miseria colectiva, inequidad y extractivismo habían tornado a la tierra en un in****no sin Lucifer, programado por diez grupos mesiánicos, concentrados, crueles y sin moral.
Horas después y desde la Guajira llegaron cuatro niños Wayuu. Urayoan y Guayacanla, los varoncitos y Aramana y Iyuma, dos princesitas morenas. Gente del sol, las arenas y el viento. Vinieron desde Jepirra el sitio donde descansan las almas de sus ancestros y donde inician el tránsito hacia lo desconocido, sito en el Cabo de la Vela, entre el desierto de la Guajira y el mar transparente del Caribe. Trajeron chinchorros, hamacas geométricas y luminosas y diez cabritos inquietos.
Acarrearon desde Punta Espadas, no se sabe cómo, la Piedra del Destino, que iría a predecir cuanto vivirán los sobrevivientes, de acuerdo a la sabiduría guajira.
En las orillas del Rio Ranchería percibieron y pidieron ayuda a Maleiwa, su dios creador, el espíritu que interviene en el nacimiento y la muerte. El que produce la lluvia y despierta los vientos dormilones.
María pensaba en un mundo ya sin adultos que se enfrentaría a un destino incierto. Poblado solo por algunos niños, niñas y adolescentes, sin recursos y con tierras devastadas por el fuego y la parca, ríos contaminados, calentamiento global, glaciares destilando aguas, ciudades derruidas. Solo con la “pachamama” brotando esperanzas en flores a pesar del abuso de siglos a la que fue sometida por la “civilización adulta, patriarcal, occidental e inequitativa.”.
Paradojalmente, y a pesar de las previsiones y de los seculares avisos y advertencias, los pocos dueños del mundo exterminaron y fueron exterminados por una pandemia provocada. Destruyeron el mundo adulto con sus cegueras deshumanizadas, pero fueron víctimas de sus propias atrocidades de siglos.
Desaparecieron los Bancos Mundiales, las financieras de pocos papers, las monedas negras, blues u oficiales. Las veleidades de mundos de máquinas y de consumo para los dueños de todo, aun de las vidas. Desaparecieron las armas nucleares y la industria bélica de las guerras genocidas que mato niños.
Desaparecieron monumentos, museos, parlamentos, cárceles, regimientos. Desapareció la historia frustra de una humanidad desaparecida.
Solo hay vida en esta aldea plena de espíritus, poblada por adolescentes y niños huérfanos. En las laderas de la Sierra Nevada.
José palpitaba prolijo y enamorado de su dulce compañera de miel. Soñaba con hijos multicolores de su morada. Sus brazos fuertes construían febriles los aposentos de este poblado original que era la cuna de una nueva civilización. Tres tambores, un acordeón pequeño y dos maracas susurraban cumbias y vallenatos desde la arena blanca del mar transparente.
Pasado el mediodía y volando desde la playa aterrizaron Peter Pan, Campanita y los niños descarriados. Desde el fondo de un acantilado emergió Alicia en ese, el nuevo país de las Maravillas. Desde las misiones Jesuíticas del pueblo guaraní Yaci, la luna, alumbro en plata esa noche estrellada y Arai, la nube rosa, la protegió desde la ribera de las arenas doradas.
Kuaral, el rey guaraní, trajo al alba su ardiente sol y una planta de yerba mate. José trituro sus verdes y generosas hojas para compartir un mate con la comunidad juvenil de este mundo naciente. Bombilla mediante.
Caminando sobre las ruinas y esquivando la muerte por miles de kilómetros llego desde la Patagonia un descendiente del Cacique Sayhueque, con la nostalgia de abandonar el país de los manzanos verdes, tierra de mapuches y tehuelches. En su inconsciente sonaba un loncomeo tristón, pero con el dulzor de las frutas del origen.
María se encendía en sus mejillas al mirar tímidamente el interior de los ojos buenos de José y percibía en su piel el calor de un futuro que abrazaba.
Ella era hija de tayronas, los hijos del tigre. Su felina figura de bella joven pronto presumió las gargantillas, las orejeras y las plumas de papagayo, tan típicas de la se*******ad de sus ancestros.
Desde la Isla del Sol, en el Lago Titicaca, se sintió el influjo espiritual de Inti con su bagaje de calor, luz y esperanza. Una imagen espectral de Tupac Amaru con su cuerpo integro se reflejó esa noche en la ladera sur de la Sierra Nevada, iluminando la bahía de Santa Marta, la perla del Caribe.
Los espíritus de siglos pergeñaron este poderoso símbolo del renacer.
A las 23 hs. y 59 minutos de ese mágico día las aguas del Caribe comenzaron a exhalar un v***r cálido y perfumado. María y José, con la complicidad de la luna llena, bailaban la sinfonía acuática de Haydin, torneando sus cuerpos y sus deseos compartidos. El calor del amor incendió las aguas y ahuyento las brujas y los fantasmas de ese mundo apocalíptico y secuelar. Brotaron flores multicolores desde la roca misma y un cardumen danzarín bailo entre los enamorados. Los pájaros de la costa dibujaron el cielo con un corazón en carrusel de plaza de domingo.
El embarazo fue tan veloz que el trabajo de parto empezó a las 8hs y 05 minutos de la mañana siguiente. Se cree que interfirió Maleiwa con sus poderes, el dios espiritual que interviene en el nacimiento entre los guajiros de José.
Jesús, el recién nacido, lloro al nacer. Algunos suponen que recordaba la matanza de los menores de 2 años en manos de Herodes en Belén, pero la verdad es que lloro emocionado por su renacimiento y el del mundo nuevo.
Sus pañales fueron brillantes y coloridos, tejidos por las manos hábiles
del pueblo wayuu. La cuna fue tallada por José en la piedra generosa de la Sierra.
Desde Ciénaga les enviaron toneladas de plátanos, ya del pueblo y no de la United Fruit, la responsable de los mu***os narrados por el Gabo en sus “Cien años de Soledad. Los granos rojos de café eran de la zona. Mágica infusión de vida.
José, mal dormido por los cólicos nocturnos del recién venido, lidero la primera asamblea de los niños, las niñas y los adolescentes de un nuevo mundo en pañales, el mundo reconstruido. Un joven mundo. Reflexiono frente a los 147 sobrevivientes, con Jesús entre sus brazos.
-Hermanos y hermanas, un tiempo de horror y tristeza ha finalizado.
Aprendamos de los errores y banalidades de los adultos de tantos siglos.
Reorganicemos nuestras vidas. Seamos todos iguales y fraternos, dividamos las tierras y los panes en partes iguales, trabajemos para alimentarnos y ser felices.
Brotemos alimentos, pájaros, cielos, aires puros, aguas transparentes.
Estudiemos, decidamos en asambleas lo mejor para un futuro de soles con brillos y lunas gordas. Enredemos nuestras manos, blancas, negras, amarillas y pardas. Hagamos de la vida un trayecto de felicidad. Nunca más banderas, guerras, armas, exclusión, hambre. La construcción de un mundo nuevo exige respetar la tierra y las especies que la habitan. Respetarnos el mandato de vivir para bien ser, bien estar, ayudar y humanizar la condición del humano.
El 25 de diciembre de 2052 el sol no descansó en el horizonte. La luna reflejó ilusiones, pues se quedó sin tantas noches. Tres girasoles pampeanos, calcinados de horror, viraron hacia el sol de Santa Marta sus elegantes cabezotas curiosas. Un colibrí verde flúor revoloteo, inquieto, cerca del mar susurrante.
El nahual, esa serpiente dorada y gigante que cuida el lago de Atitlan en Guatemala, festejo bailando en Samajab, la ciudad maya sumergida.
El Jesús de Tayrona creció feliz con la leche de María, en la ciudad perdida, la nueva tierra prometida. PINTURA. LA NAVIDAD DE JUANITO LAGUNA DE ANTONIO BERNI