15/01/2026
⛔️Aclaración: el diagnóstico no lo realicé de manera individual. Fue establecido por el equipo de salud mental con el que trabajamos de forma interdisciplinaria, a partir de la observación de rasgos obsesivos en una paciente de 14 años, vinculados al skincare y al uso compulsivo de productos. El cuadro se enmarca dentro de lo que hoy conocemos como cosmeticorexia.⛔️
Como lo expone el artículo de El País: “Diferente canon, misma obsesión: la piel ‘perfecta’ de la Gen Z es la delgadez de las millenials” ,esto significa que aunque los estándares estéticos cambian de forma (antes era la delgadez extrema, hoy la perfección cutánea), la presión social sobre los cuerpos y rostros de las generaciones jóvenes sigue siendo igual de insana e inalcanzable.”
En la práctica clínica vemos cómo esa obsesión por una piel sin poros, sin textura, sin líneas y siempre “perfecta” lleva a rutinas compulsivas y a un uso excesivo de productos que no solo no están consensuados para menores, sino que pueden generar irritación, dermatitis, acné y ansiedad constante, esas mismas sensaciones que años atrás se veían con la dieta extrema y la delgadez como ideal.
Y esa lógica es la que necesitamos empezar a cuestionar.
¿Me cuido porque me quiero
o me cuido porque, si no cumplo ese ideal, siento que no valgo?
El ideal de la piel perfecta: luminosa, sin marcas, sin textura, “coreana”, no calma. Exige.
Y siempre exige un poco más.
Más productos.
Más rutinas.
Más control.
Más insatisfacción.
En la práctica clínica vemos cómo el cuidado deja de ser un gesto de salud y empieza a solapar alteraciones en la salud mental: rigidez, ansiedad, culpa, miedo a “arruinar” la piel, dependencia del espejo y de la validación externa.
Hablar de esto no es demonizar el skincare.
Es volver a poner el cuidado en un marco clínico, humano y saludable.
Porque no todo lo que se presenta como autocuidado lo es.