03/03/2026
Ser mamá
Nunca me identifiqué con la idea de la madre sacrificada. No creo que el sacrificio sea la medida del amor ni la única forma de cuidar. Para mí, maternar no es anularse; es acompañar.
Cuando pensamos en hijos solemos decir que es lo más bello que existe. Y es verdad que la vida cambia para siempre. A algunas mujeres las transforma para bien, a otras las confronta con partes de sí mismas que no habían mirado. La maternidad no es un destino obligatorio ni una garantía de plenitud.
No todas las mujeres desean ser madres. Y no todas las que lo son saben maternar desde un lugar consciente. Algunas crían desde la responsabilidad, otras desde la obligación, otras desde el amor profundo. También hay quienes maternan desde sus heridas, desde la carencia o desde lo que nunca recibieron. Y todo eso deja huella.
Yo amo a mi hijo con la vida. Con él me río, me siento en casa, encuentro refugio. No soy una madre perfecta. He fallado. Me he equivocado. Como toda figura de apego, estoy aprendiendo mientras acompaño. Y sé que algún día él también tendrá que revisar su historia, como todos lo hacemos.
Lo que sí intento hacer cada día es algo simple y profundo: escucharlo. Escuchar lo que dice y lo que no dice. Observar si algo le gusta, si algo le incomoda. No imponer autoridad por el simple hecho de ser su madre. La autoridad que humilla o silencia deja marcas. Yo prefiero una autoridad que guía, que pone límites con respeto y que reconoce al otro como sujeto.
A veces pierdo la paciencia. A veces me regulo y lo ayudo a regularse. A veces lo logro, a veces no. La crianza no es perfección, es vínculo. Es reparar cuando fallamos. Es volver a mirarnos.
Si hay algo que quiero ofrecerle no es una madre sacrificada, sino una infancia donde se sienta escuchado, respetado y valorado. Porque un niño que fue visto y validado tiene más herramientas para convertirse en un adulto que no tenga que mendigar amor.
Y eso, para mí, es maternar desde la conciencia.