04/12/2025
Una dulce historia romántica de Patricia y Erkan
Patricia nunca creyó en el amor a primera vista. Para ella, el amor era algo que crecía silenciosamente, como una semilla que necesitaba tiempo, cuidados y luz. Pero todo cambió el momento en que conoció a Erkan una tarde lluviosa en Estambul. Estaba perdida, aferrada a su mapa bajo la llovizna, cuando una voz con acento cálido le dijo: «Parece que necesitas un poco de ayuda».
Cuando levantó la vista, Erkan estaba allí con un paraguas en la mano y una sonrisa que podía derretir cualquier nube. Se ofreció a acompañarla a su destino y, de alguna manera, lo que debería haber sido un paseo de diez minutos se convirtió en horas de risas, historias y miradas tímidas. Patricia era española y estaba de visita por trabajo; Erkan era un arquitecto local que encontraba belleza en cada esquina. Ese día, encontraron algo más: el uno al otro.
Todas las noches después, Erkan la veía en el café cerca del Bósforo. Él le traía té turco y ella le traía risas. Compartían sueños: el de él de construir un hogar lleno de amor, el de ella de encontrar a alguien que viera su corazón, no solo su sonrisa. La conexión entre ellos creció sin esfuerzo, como una canción que no necesitaba palabras.
Pero el tiempo, como siempre, tenía sus propios planes. El proyecto de Patricia terminaba y ella tenía que volver a casa. La idea de la despedida flotaba entre ellos como un pesado nubarrón. En su última noche, Erkan la llevó a la Torre de Gálata. La ciudad brillaba abajo, y él susurró: «La distancia no puede acabar con lo que el destino comenzó». Le puso un pequeño anillo de plata en la mano: una sencilla banda con un pequeño corazón grabado en su interior.
Pasaron los meses, y su amor sobrevivió a través de pantallas y cartas. Cada mensaje transmitía calidez; cada videollamada se sentía como un latido más cerca. Entonces, un día, Patricia recibió una carta, escrita a mano, con el toque familiar de Erkan. Dentro había un billete de avión a Estambul y una nota que decía: «Vuelve a casa conmigo».
Cuando llegó, él la esperaba en el mismo café, con dos tazas de té y el mismo paraguas. Esta vez, no necesitaba indicaciones; su corazón ya conocía el camino.
Y allí, bajo la suave llovizna, Patricia y Erkan comprendieron que el amor verdadero no necesita la sincronización perfecta; solo se necesitan dos almas lo suficientemente valientes como para encontrarse y nunca separarse.