01/03/2026
La inteligencia emocional es la capacidad de reconocer, comprender y regular nuestras propias emociones, así como de percibir y responder de manera empática a las emociones de los demás. Tal como plantearon varios psicólogos, no se trata solo de “sentir”, sino de integrar emoción y pensamiento para orientar la conducta de manera adaptativa.
La dimensión emocional es inherente al ser humano, independientemente de la presencia o no de una discapacidad. Todas las personas experimentan emociones, construyen vínculos y desarrollan estrategias —con apoyos diversos— para expresar lo que sienten. La discapacidad puede incidir en los modos de comunicación o regulación, pero no anula la vida emocional ni la capacidad de establecer lazos significativos. Desde esta perspectiva, promover inteligencia emocional es también promover derechos, inclusión y reconocimiento de la subjetividad.
En relación con la inteligencia cognitiva, tradicionalmente asociada al coeficiente intelectual y al rendimiento académico, la inteligencia emocional no la reemplaza ni la contradice: la complementa. Mientras la inteligencia cognitiva se vincula con procesos como la memoria, el razonamiento y la resolución de problemas, la inteligencia emocional aporta habilidades como la autorregulación, la motivación y la empatía, fundamentales para el bienestar y la adaptación social.
La evidencia actual muestra que ambas dimensiones interactúan constantemente. Pensamiento y emoción no son sistemas aislados, sino procesos integrados que configuran nuestra manera de aprender, decidir y vincularnos. Reconocer esta interacción nos permite comprender a la persona en su totalidad, más allá de etiquetas diagnósticas o mediciones estandarizadas.