01/01/2026
Papá…
Hoy no vengo a preguntarte por qué te fuiste.
Hoy vengo a darte las gracias.
Y eso, curiosamente, es lo que más me quiebra.
Gracias por haber sido mi hogar
antes de que yo supiera qué era el mundo.
Gracias por haber sido esa presencia
que no hacía ruido
pero lo sostenía todo.
Gracias por mirarme
como solo un padre mira a su hija:
con orgullo silencioso,
con cuidado profundo,
con un amor que no pedía nada a cambio.
Gracias por las veces
que me protegiste sin que yo lo notara.
Por las veces que cargaste preocupaciones
para que yo pudiera dormir tranquila.
Por las veces que fuiste fuerte
para que yo no tuviera que serlo.
Gracias por enseñarme, sin palabras,
qué significa amar sin condiciones.
Porque hoy sé amar así
solo porque primero fui amada así.
Papá,
si hoy puedo seguir de pie,
no es porque no duela.
Es porque tu amor se me quedó adentro.
Se volvió raíz.
Se volvió columna.
Se volvió voz cuando me digo
“puedo”
aunque esté cansada.
Gracias incluso por el dolor de extrañarte.
Porque solo duele así
lo que fue inmensamente verdadero.
Gracias porque tu ausencia
no me dejó vacía,
me dejó llena de ti.
Gracias por cada recuerdo sencillo
que ahora es un tesoro:
tu forma de estar,
tu manera de cuidar,
tu manera de quererme sin condiciones.
Si hoy lloro, papá,
no es solo porque no estás.
Lloro porque tuve el privilegio
de tenerte.
Porque no todos conocen
un amor así de limpio,
así de protector,
así de eterno.
Gracias por seguir acompañándome
aunque no pueda verte.
Gracias porque cuando respiro hondo
y sigo adelante,
sé que no camino sola.
Y si algún día me ves llorar desde la luz,
sonríe.
No es tristeza.
Es gratitud desbordada.
Es amor que no se acabó con la muerte.
Es una hija que tuvo un padre
tan grande
que aún le sigue dando fuerza
desde el cielo.
Gracias, papá.
Por mi vida.
Por mi fortaleza.
Por mi capacidad de amar.
Yo sigo aquí.
Y todo lo bueno que soy
también es tuyo.